La política dominicana: pasión heredada, desastre asegurado
Por Manuel Jiménez V
Desde los tiempos en que se debatía a sablazos quién mandaba en esta media isla, se dice que los dominicanos llevamos la política en la sangre. Y sí, parece que la tenemos tatuada en el ADN, justo al lado de la afición por el béisbol.
Pero mientras el deporte une, la política —esa sí— tiene el poder sobrenatural de dividir familias, enemistar amigos de infancia y provocar cenas navideñas en silencio sepulcral, con una tensión que ni el Consejo de Seguridad de la ONU.
Este frenesí político se transmite de generación en generación como si fuera una herencia sagrada, y no es para menos: cuando da frutos, los beneficios no son nada despreciables.
Llegar al poder en este país es como sacarse la lotería… pero con pensión incluida. Para muchos, la política es la verdadera escalera social. Olvídese de títulos universitarios, de emprender o de ahorrar: si usted logra una candidatura, su futuro (y el de su círculo cercano) está asegurado.
Claro, no todo ha sido clientelismo y ambiciones desmedidas. Hemos tenido figuras políticas que han apostado por el bien común, y en este punto el libreto obliga a mencionar a Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez. Nombres sagrados que, en mayor o menor medida, pusieron el país por encima del bolsillo. Lamentablemente, esos casos son minoría en un océano de oportunistas.
En República Dominicana, la política no tiene horario. Es 24/7, como las tiendas en época de especiales. Aquí no salimos de una elección cuando ya estamos hablando de la próxima. Y aunque se han hecho tímidos intentos por “poner orden” (entre muchas comillas), la realidad es que la ley que regula los partidos y movimientos políticos fue desmembrada por el Tribunal Constitucional como si se tratara de un rompecabezas con piezas defectuosas. Lo que quedó en pie, vive, pero vive como esos electrodomésticos que prenden pero no funcionan: sin fuerza, sin autoridad, sin propósito.
Y no olvidemos a nuestra querida Junta Central Electoral, que tiene el Código Electoral como su espada de justicia. El problema es que esa espada parece de goma, porque cada vez que intenta cortar alguna ilegalidad, el Tribunal Superior Electoral aparece y la manda a guardar. Y así seguimos, atrapados en una institucionalidad que se pisa los talones entre sí, pero nunca a los verdaderos infractores.
Para rematar el panorama, no pasaron ni tres semanas de la reelección presidencial cuando ya el propio presidente Luis Abinader estaba reuniendo a sus «presidenciables» en el PRM, abriendo la caja de Pandora de las aspiraciones fuera de tiempo.
Activismo precoz, banderines en plena pandemia económica, y hasta reprimendas públicas recientes a quienes se les fueron los humos. Pero claro, si el gobierno empuja, ¿por qué no habría la oposición de responder? Así que todos se tiraron al ruedo, y aquí estamos, en una campaña disfrazada de gestión.
El presidente responde cada lunes en La Semanal, aunque promete que no es para hablar de política —y todos fingimos creerlo—. La oposición aprovecha el eco, y de paso, nos regalan ese “debate nacional” que gira en torno a si fulano construyó más escuelas o si zutano subsidió más funditas. Mientras tanto, los apagones siguen, los precios no bajan, los útiles escolares escasean en agosto y las promesas de siempre siguen acumulando polvo en algún archivo del Congreso.
En definitiva, estamos en un eterno déjà vu, bailando al mismo ritmo de siempre, en una pista que necesita urgente una reforma… estructural, profunda y real.
Pero para eso tendríamos que dejar de mirarnos el ombligo político y empezar a ver el país que heredarán las próximas generaciones. Aunque claro, mientras haya banderines, consignas y el sueño de “llegar”, ¿quién piensa en eso?