La rebelión de los Pachecos
Marino Beriguete
La política tiene algo de resaca. No importa cuánto dure la fiesta del poder, siempre llega la mañana siguiente, con la boca seca y la memoria selectiva. En el Partido Revolucionario Moderno, esa mañana parece haber llegado con ruido, reproches y una rebelión doméstica que huele más a carrera interna que a defensa de “los compañeritos”. Cuando el café no alcanza, empiezan las declaraciones.
La llamada rebelión de los Pachecos no nace de una herejía ideológica ni de una causa épica. Nace, como casi todo en política, de las remociones. El presidente Luis Abinader movió fichas y, como suele pasar, alguien sintió que la silla ya no estaba tan firme. Alfredo Pacheco, presidente de uno de los poderes del Estado y aspirante a la secretaría general del partido, decidió que el desacuerdo no se cocina a fuego lento, sino en micrófono abierto.
Al diputado de Cristo Rey, curtido en batallas parlamentarias, parece habérsele borrado del recuerdo lo que significa estar fuera del poder. Ser minoría. Contar los votos como quien cuenta monedas sueltas en el bolsillo. El poder no se conserva dinamitando los caminos por donde uno mismo camina. Se conserva con unidad, con críticas internas y con silencios oportunos. La ropa sucia, por vieja que sea, rara vez se lava en la sala.
Lo más delicado no fue la rebelión en sí, sino el método. Pacheco no solo protestó, también ventiló conversaciones privadas con el presidente de la República. En política, como en la vida, hay verdades que, aun siendo ciertas, no conviene decirlas en voz alta. La confianza, una vez rota, no se recompone con discursos ni con aclaraciones tardías. Se queda como un vaso astillado, útil solo hasta que corta.
A la escena se sumó Hipólito Mejía, veterano de mil campañas, que cada vez que entra al ruedo lo hace como toro con ruidos. Su presencia suele erosionar más de lo que construye, como si el pasado insistiera en cobrar facturas pendientes al presente.
No soy nadie para dar consejos, y menos a políticos con más kilómetros que uno. Pero la historia enseña algo simple. Si quieren que el día amanezca Pacheco, sigan socavando la base de la unidad partidaria. No hay forma más rápida de alejarse del poder que dejar de razonar a puertas adentro y empezar a gritarse en público. El poder, cuando se pierde, no avisa. Simplemente no vuelve. Demuéstrenme que estoy equivocado.
El Caribe

