Más civismo, mejor sociedad
Por Pablo Vicente
La reciente decisión de incorporar formalmente la asignatura de Moral, Cívica y Ética Ciudadana al currículo escolar dominicano marca un punto de inflexión en el debate sobre el papel de la educación en la construcción de la sociedad. No se trata de una medida coyuntural ni de una simple reorganización académica, sino de una definición de rumbo sobre el tipo de país que se quiere formar desde las aulas.
Durante décadas, el sistema educativo ha sido evaluado casi exclusivamente por indicadores cuantificables como cobertura, infraestructura y rendimiento académico. Sin embargo, la experiencia social demuestra que el desarrollo no puede medirse solo en términos técnicos, cuando persisten debilidades profundas en la cultura cívica, el respeto a las normas y la convivencia democrática.
Desde la mirada del ciudadano común, esta decisión conecta directamente con la vida diaria: el respeto a las filas, el cumplimiento de las normas de tránsito, el cuidado de los espacios públicos, la tolerancia frente a la diferencia y la participación responsable en los asuntos comunitarios. La educación moral y cívica no es una abstracción académica; es la base de una convivencia más ordenada y solidaria. Cuando la escuela asume esta tarea de manera explícita, contribuye a formar ciudadanos conscientes de que vivir en sociedad implica derechos, pero también deberes compartidos.
Devolverle centralidad a la formación ética supone reconocer que la democracia no se hereda, se aprende, y que ese aprendizaje debe comenzar temprano. La ciudadanía no se construye únicamente al ejercer el voto, sino en la conducta cotidiana, en el respeto a la ley y en la responsabilidad individual frente a lo colectivo.
La escuela, como uno de los pocos espacios que iguala a todos los sectores sociales, tiene la capacidad de sembrar valores compartidos que fortalezcan la cohesión social y contribuyan a restaurar la confianza en lo público.
El desafío, sin embargo, no termina con la aprobación de la asignatura. Su impacto dependerá de la calidad de la enseñanza, de la preparación del personal docente y, sobre todo, de la coherencia entre lo que se enseña en las aulas y lo que los estudiantes observan en la práctica social e institucional del país. No hay lección de civismo más poderosa que el ejemplo.
Aun así, la decisión representa un avance significativo. Apostar por la educación en valores es apostar por el largo plazo, por una ciudadanía más consciente y por una democracia más sólida. En tiempos de desconfianza y polarización, formar carácter es tan importante como formar conocimientos, y cuando la escuela asume ese compromiso, toda la sociedad se beneficia.

