“Las vainas” de mi país

Por Anthony Franco Montero

Abogado – Autor y comunicador

Por años hemos normalizado lo inaceptable. No suelo utilizar ese término, pero la indignación ciudadana obliga a nombrar la realidad sin adornos: la burocracia y la desigualdad están asfixiando a este país.

¿Cómo es posible que a un emprendedor se le coloquen tantas trabas para acceder a un crédito? ¿Cómo es posible que los más pobres y vulnerables sean burlados dentro del sistema de justicia, mientras grandes empresarios y funcionarios que han desfalcoado el erario regresan a sus hogares en cuestión de meses, como si nada hubiese ocurrido?

Resulta igualmente alarmante que jóvenes que han invertido más de cuatro años en una licenciatura universitaria, sumados a estudios de especialización, no logren insertarse en el mercado laboral porque muchos cargos públicos se asignan por amiguismo, clientelismo político o conveniencia partidaria. Más grave aún es que profesionales altamente capacitados sobrevivan con salarios de apenas 20,000 pesos dominicanos mensuales, una cifra que no garantiza condiciones mínimas de dignidad.

La pregunta es inevitable: ¿cómo se justifica pensar en mayores cargas impositivas para los sectores más vulnerables, cuando los de mayores ingresos continúan evadiendo impuestos y apropiándose de millones pertenecientes al Estado?

No obstante, la responsabilidad no recae exclusivamente sobre los gobiernos. Como sociedad, también hemos fallado. Hemos callado ante las injusticias, tolerado los abusos y postergado la transformación estructural que el país necesita con urgencia.

Conozco jóvenes que, tras enviar cientos de currículums, se vieron obligados a colgar sus títulos universitarios en la pared de la casa familiar para emigrar y desempeñar oficios lejos de su vocación. Se graduaron con honores, pero nunca tuvieron la oportunidad de vivir dignamente en su propio país.

Este es un momento decisivo. Es tiempo de levantarnos, de no renunciar a los sueños colectivos y de avanzar sin retrocesos. Porque, como suele decirse, la noche es más oscura justo antes del amanecer.

Desde la llegada de Luis Abinader a la presidencia, deposité mi confianza en la promesa de un cambio real. Sus intenciones parecen genuinas, aunque ha tenido que enfrentar estructuras internas y funcionarios que no comparten esa visión transformadora. Aun así, su postura firme frente a la corrupción y su llamado a la institucionalidad merecen reconocimiento, en un país marcado históricamente por prácticas de desfalco y corrupción.

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