Mientras haya café
Marino Beriguete
La noche había decidido llover con disciplina, como si cumpliera un turno. Salí de mis clases del doctorado de filosofía en la universidad más vieja del mundo, que no es tanto un edificio como una costumbre, y entré en un café a eso de las seis. Allí me esperaba un amigo dramaturgo y director de teatro, de los que aún creen que una mesa es un escenario y una taza de café, un telón que se abre.
Hablamos de intelectuales, palabra que suele llegar con mochila. Algunos la cargan llena de agravios, otros de citas mal digeridas. A cierta edad, esa mochila pesa más que el cuerpo. Yo le conté un desencuentro con uno de esos personajes que se creen dueños del mundo, aunque solo lo sean de su versión privada, mal iluminada. Mi amigo escuchó y dijo algo sencillo: esa misma historia me la contó él, pero tú la narras sin rencor, como quien recuerda que perdió un paraguas. Me pareció una observación exacta. El rencor siempre exagera la lluvia.
Alrededor del café hablamos también de la rutina y de los amigos que se reúnen para mirar el teléfono con devoción religiosa, como si en la pantalla se ocultara la verdad revelada. Se ha ido perdiendo el hábito de sentarse a conversar sin intermediarios. Ya casi nadie se sienta a hablar de un libro con el entusiasmo de quien comparte una dirección secreta.
Esa noche, mi amigo mencionó una novela breve y casi clandestina: La tumbadora, de Pedro Peix, publicada por la Editora Nacional, con prólogo de Danilo Manera. Me picó la curiosidad. Antes de escribir estas líneas llamé al ministerio para pedirla prestada. Todo buen libro empieza así, por una conversación.
Creo que para eso deberían existir los encuentros de los preocupados por la literatura: para intercambiar ideas, escenarios, libros que no hacen ruido. No para hablar de monstruos ajenos como si fueran novelas de terror. En esta isla abundan los aprendices de Víctor Frankenstein, obsesionados con crear criaturas y luego huir de ellas.
Mientras haya café, todavía hay tiempo. Tiempo para hablar sin prisa, para disentir sin dramatismo y para recordar que la literatura, como la amistad, se sostiene mejor sentada a una mesa pequeña, bajo una lluvia que no pide explicaciones.
Demuéstrame que estoy equivocado….

