Los liberales de la resistencia tenían razón

Por Michelle Goldberg

Columnista de Opinión

The New York Times

Durante la última década ha habido un debate, entre la gente a la que no le agrada Donald Trump, sobre si es un fascista.

El argumento de que no lo es suele basarse en dos cosas. En primer lugar, cuando Trump llegó al poder, carecía de una fuerza de lucha callejera como los camisas negras de Benito Mussolini, aunque haya sido capaz de reunir a una muchedumbre violenta el 6 de enero. “Trump no procedió a desatar un ejército de partidarios paramilitares en una Kristallnacht estadounidense ni emprendió acciones dramáticas para rehacer el Estado estadounidense a su imagen”, escribieron los políticos de izquierda Daniel Bessner y Ben Burgis en Did It Happen Here?, una antología de 2024 que examina la cuestión del fascismo.

En segundo lugar, Trump no llevó a cabo campañas de expansión imperial, que algunos estudiosos consideran intrínsecas al fascismo. “A pesar de toda la hostilidad de Trump hacia los países que percibe como enemigos de Estados Unidos, especialmente Irán, no hay indicios de que buscara una guerra con ninguna potencia extranjera, y menos aún de que lo haya consumido un deseo de conquista extranjera y de creación de un imperio estadounidense”, escribió Richard J. Evans en su ensayo de 2021 “Why Trump Isn’t a Fascist”.

Es sorprendente lo mucho que se han debilitado los argumentos de que Trump no es un fascista en tan solo los primeros días de este año, en el que nos hemos sumido en nuevas profundidades de locura nacional.

Ahora que Estados Unidos ha arrancado del poder al dictador Nicolás Maduro en Venezuela y ha anunciado que se haría con el petróleo del país, otras naciones se están adaptando a una realidad en la que somos más depredadores que aliados. Los países europeos contemplan aumentar su presencia militar en Groenlandia para protegerla de Estados Unidos. Un titular de The Economist proclama: “Las fuerzas armadas de Canadá se preparan para las amenazas de Estados Unidos”.

En el Medio Oeste, las fuerzas paramilitares de Trump mataron a una ciudadana en Mineápolis y ahora parecen utilizar su muerte para amenazar a otros activistas, gritándole a un observador: “¿No aprendiste de lo que acaba de pasar?”. Videos de la ciudad muestran a hombres armados, enmascarados y camuflados, que descienden sobre la gente para exigir pruebas de ciudadanía, lanzan gases lacrimógenos en calles atestadas y, a veces, atacan a quienes los graban. Mientras tanto, un nuevo anuncio de reclutamiento del ICE declara: “Volveremos a tener nuestro hogar”, que casualmente forma parte del estribillo de un himno nacionalista blanco.

Tanto la ocupación de Mineápolis por el ICE como la amenaza de Trump de apoderarse de Groenlandia forman parte de la misma historia: un régimen cada vez más impopular se radicaliza rápidamente y prueba hasta dónde puede llegar en el camino hacia la autocracia. Si la gente hubiera predicho en 2024 exactamente cómo iba a ser el regreso de Trump a la Casa Blanca, sospecho que se les habría acusado de padecer el síndrome de trastorno por Trump. Pero los liberales de la resistencia más estridentes siempre han entendido a Trump mejor que quienes hacen alarde de su desapego. Como dijo el heterodoxo escritor Leighton Woodhouse en X: “Los histéricos con gorros rosas tenían razón”.

Por supuesto que la tenían. Desde el momento en que descendió por su escalera eléctrica dorada, el mensaje de Trump, el núcleo emocional de su movimiento, ha sido el fascismo clásico de manual. En su libro de 2004 Anatomía del fascismo, el eminente historiador Robert O. Paxton describió las “pasiones movilizadoras” que constituyen los cimientos del fascismo. Entre ellas se encuentran una “sensación de crisis abrumadora” que deja obsoletas las soluciones tradicionales; la creencia de que el propio grupo ha sido victimizado, lo que justifica casi cualquier acción de reparación; “el temor a la decadencia del grupo a causa de los efectos corrosivos del liberalismo individualista, la lucha de clases y las influencias extranjeras”; y la necesidad de un líder masculino fuerte con instintos más poderosos que la mera “razón abstracta y universal”.

Las premoniciones de nuestro régimen actual en la obra de Paxton no se detienen ahí. El fascismo, según él, está marcado por su actitud contradictoria hacia la modernidad: un odio a la vida urbana atomizada combinado con un fetichismo por la tecnología. Los movimientos fascistas “explotaron las protestas de las víctimas de la industrialización rápida y de la globalización”, escribió, aunque en el poder redoblaron la concentración industrial. Y, por supuesto, los fascistas “necesitan un enemigo demonizado contra el que movilizar seguidores”.

Si Trump no siempre actuó conforme a sus predilecciones más fascistas en su primer mandato, fue porque se vio frenado por las figuras del poder establecido que le rodeaban. Mark Esper, exsecretario de Defensa de Trump, dijo que Trump abordó repetidamente la idea de bombardear México. En 2019, Trump canceló una reunión con la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, después de que esta se negara a considerar la idea de venderle Groenlandia. Su gusto por la violencia contra sus enemigos políticos nunca ha sido un secreto, y quedó más claro el 6 de enero, cuando ocurrió el acontecimiento que llevó a un Paxton antes dubitativo a concluir que la palabra “fascista” se aplicaba a Trump.

Nada de esto significa que Estados Unidos esté destinado a convertirse en un país plenamente fascista. Por ahora, estamos atrapados en el espacio entre la democracia liberal en la que creció la mayoría de los estadounidenses y el oscuro y beligerante estado autoritario que nuestro gobierno trata de imponer. Lo importante no es realmente el nombre que demos a este desarrollo político, sino nuestra capacidad para ver claramente lo que está ocurriendo y dar sentido a su probable trayectoria.

En la última página de Anatomía del fascismo, Paxton ofrece una advertencia. “Sabemos, por haber seguido su rastro, que el fascismo no precisa de una ‘marcha’ espectacular sobre alguna capital para arraigar”, escribe. “Basta con decisiones aparentemente anodinas de tolerar un tratamiento ilegal de ‘enemigos’ de la nación”.

The New York Times

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