Trump, el Nobel y el síndrome del galardón imaginario
María Corina, Noruega, Gaza, Venezuela y Groenlandia… cuando la política internacional parece una tragicomedia global
Trump y el Nobel que nunca fue

Desde que el expresidente Donald Trump insinuó que merecía el Premio Nobel de la Paz —y no una, sino varias veces— el mundo ha presenciado uno de los actos más peculiares de autofelicitación de la historia reciente. Pero ahora la escena ha subido de tono: María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, le “entrega” el galardón. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿De qué comité? Las respuestas no están claras. Lo que sí parece claro es que no fue el comité noruego el que estampó su firma en esta jugada.
Los políticos en Noruega, naturalmente, se revolcaron incómodos ante semejante gesto. Y no es para menos: el Premio Nobel no es transferible, no es una copa de fútbol que se puede heredar ni un trofeo escolar que se puede compartir. La Fundación Nobel lo ha recordado con diplomacia escandinava, pero firmeza jurídica. Aún así, ¿a Trump qué le importa eso? Si él decide que se lo ganó, se lo cuelga en la pared.
¿Promotor de paz o experto en tensiones geopolíticas?
Según Trump, él merece el Nobel porque «acabó con ocho guerras». A saber, no hay una lista clara, pero se han mencionado algunos frentes congelados: tensiones entre India y Pakistán, algunas gestiones en Asia y presiones para lograr un alto al fuego en Gaza. ¿Eso alcanza para un Nobel?
Sí, Estados Unidos (léase: el Departamento de Estado, no precisamente Mar-a-Lago) presionó a Israel para un cese al fuego. Pero el futuro de Gaza sigue siendo un interrogante sangrante. ¿Qué será de sus habitantes? ¿A dónde irán? ¿Serán desalojados para convertir la Franja en esa “Riviera de Oriente Medio” que alguna vez soñó Trump?
El panorama suena más a rediseño geopolítico con fines comerciales y turísticos que a una estrategia de paz genuina. Así no se ganan Nobeles… o al menos, no oficialmente.
Ucrania, Irán y otras contradicciones de la «paz trumpista»

Sobre la invasión rusa a Ucrania, Trump ha mostrado una postura más ambigua que neutral. En momentos clave, su cercanía con Putin ha generado más escalofríos que confianza en Kiev. ¿Defensor de la paz? Difícil de sostener cuando su retórica se desliza peligrosamente hacia un nacionalismo que justifica la pasividad ante las agresiones.
Y luego está Irán, ese enemigo favorito para cualquier político estadounidense que quiera subir sus números en las encuestas. Trump ha coqueteado con la idea de un enfrentamiento. ¿Justificado? Tal vez. Pero el problema es cómo y con qué consecuencias. Porque si se incendia el avispero en Teherán, el fuego no se apaga con tuits, y menos con elogios a dictadores reciclados.
Venezuela: ¿Justicia o maquillaje político?

Volvamos al corazón del drama: Venezuela. La “hazaña” de ver a Nicolás Maduro y su esposa tras las rejas en una cárcel neoyorquina ha sido aplaudida en muchas capitales. Pero esa justicia, celebrada por el mundo democrático, se tiñe de dudas cuando vemos que muchos de sus cómplices están siendo tratados ahora como “personas fantásticas”.
Delcy Rodríguez, sobre quien han pesado señalamientos de la DEA, recibe ahora halagos del hombre que promete restaurar el orden mundial. ¿Amnesia diplomática o simple estrategia electoral?
María Corina Machado, por su parte, ha sido arrinconada políticamente, mientras la “transición” parece dirigida por quienes ayer reprimieron, encarcelaron y saquearon a Venezuela. El error no está en liberar presos políticos, sino en maquillar a los opresores como salvadores. Un Nobel imaginario no resuelve eso.
Groenlandia, ¿nuevo epicentro de la locura global?

Y como si faltara un ingrediente en esta ensalada geopolítica, ahora Groenlandia entra al escenario. Trump, en un acto que rozó la sátira diplomática, ha vuelto a insinuar que EE. UU. debería tener control sobre esta isla. ¿Por qué? Porque sí. Porque es estratégica. Porque hay recursos. Porque es blanco. ¿Y si eso genera tensiones con aliados históricos? Bueno, parece que es parte del plan.
Epílogo: El Nobel que refleja el mundo de hoy
Lo que estamos viendo no es una entrega de premios, sino una puesta en escena. Un performance global donde los valores se negocian y los símbolos se desdibujan. Trump no tiene el Nobel, pero se lo adjudica. María Corina no puede transferirlo, pero lo “entrega”. El mundo democrático celebra arrestos, mientras se reconcilia con cómplices de dictaduras. Y todo esto, mientras el planeta se tambalea entre guerras, amenazas energéticas y futuros inciertos.
En resumen: más que un Nobel, lo que nos merecemos todos es una buena dosis de sentido común. Y ese, lamentablemente, no se entrega en Oslo.

