Esto es lo que realmente quieren los venezolanos

Por Colette Capriles

The New York Times

Capriles es profesora en la Universidad Simón Bolívar. Escribe desde Caracas, Venezuela.

El presidente Nicolás Maduro se ha ido por fin de Venezuela. Fue capturado por las fuerzas estadounidenses y extraído del país el primer sábado del año. El presidente Donald Trump ha dicho que Estados Unidos manejará el país en el futuro inmediato.

Para los venezolanos, la situación no se arreglará con la sola salida de Maduro, y mucho menos con una fuerza de ocupación extranjera. No somos una nación unida por un gobierno o un contrato social, sino un conjunto de individuos en una lucha por su supervivencia. Sustituir a la persona que está a la cabeza no desmantelará la red de jefes, lealtades privadas, prácticas corruptas y ruinas institucionales que han sustituido a la vida pública.

Hace algunas semanas conversé con un alumno mío de la Universidad Simón Bolívar, la universidad en Caracas donde enseño desde hace casi tres décadas. Como muchos estudiantes de allí, solía encerrarse en un silencio agotador y defensivo. Pero en un arranque de franqueza, me habló un poco de su vida a dos horas de la capital, donde su madre lleva un puesto de comida rápida y su padre, policía jubilado, alquila unas motos a repartidores. Su silencio volvió cuando mencionó a su hermano mayor, miembro de la guardia nacional venezolana. “No le gusta hablar de su trabajo”, dijo.

El hermano, que estaba en condiciones de dar algunos pequeños beneficios reservados a los miembros de la guardia y otras fuerzas armadas, es probablemente el último hilo de conexión de su familia con un Estado que ha fallado por completo al pueblo de Venezuela. Para la mayoría de los venezolanos, la vida se ha convertido en un ejercicio de lucha en una economía de sobras y favores, conformándose con un atado de trabajos y relaciones informales que nunca pueden llenar del todo el vacío dejado por la corrupción y la ineficacia del gobierno. Este es el rostro de nuestro autoritarismo desde hace años: no un socialismo autocrático, sino la peor clase de capitalismo primitivo.

En Venezuela, llevamos mucho tiempo enfrentándonos a una paradoja cruel: un Estado ausente pero omnipotente. Está en todas partes y en ninguna. Ha fracasado en ofrecer los servicios esenciales que alguna vez, bajo la presidencia de Hugo Chávez, justificaron su monstruoso crecimiento y sus ambiciones revolucionarias: agua, electricidad, atención de salud, educación. Nuestra sociedad ha quedado huérfana, reducida a sus capacidades más básicas. El gobierno ha quedado reducido a un mero aparato para asegurar su propia continuidad. Las viejas promesas del chavismo se han desvanecido, y el pozo de las grandes historias que el gobierno solía contar se ha secado.

Chávez llegó al poder con promesas revolucionarias: refundar la república, borrar la distinción entre los que tienen y los que no tienen, dar a los marginados un asiento en la mesa del poder. Su movimiento se apoyaba en dos pilares: la victoria de Chávez en las elecciones democráticas y la redistribución de la riqueza petrolera. Gracias a esta combinación, consiguió mantener su discurso antisistema, su ejercicio hegemónico del poder y el fervor revolucionario del país.

Tal vez los venezolanos aún recuerden el esplendor del auge del petróleo y las elecciones casi constantes que confirmaron la invulnerabilidad política de Chávez. Pero es poco probable que olvidemos el daño causado por el desmoronamiento de esos dos pilares tras la llegada de Maduro al poder en 2013. Cuando el mercado del petróleo se desplomó en 2014 y el gobierno redobló sus ruinosas medidas de control monetario, entre otras disposiciones, el costo del resultado de la catástrofe económica se trasladó brutalmente a la población. El gasto público se redujo, salvo para reforzar el aparato policial y militar, lo que dejó vacías nuestras instituciones cívicas. Millones de personas huyeron del país. Los venezolanos que se quedaron tuvieron que aprender a sobrevivir por su cuenta.

Por supuesto que los venezolanos quieren un cambio. Lo dijimos en las elecciones de 2024, en las que los recuentos recogidos por miles de voluntarios mostraron una aplastante victoria de la oposición. Para muchos, la exigencia de cambio no es ideológica, ni se limita a un nuevo liderazgo. Los venezolanos quieren un cambio en su calidad de vida; quieren recuperar un mayor control sobre su futuro y no estar en deuda con las redes corruptas del poder. Quieren un Estado con capacidad para cumplir sus obligaciones, cuyo poder sea equilibrado y limitado.

El gobierno venezolano ya no presta servicios básicos de forma fiable, pero eso no significa que se haya debilitado. Simplemente ha cambiado de forma. El poder del régimen se ha extendido por toda Venezuela. Miles de “comunas”, puestos avanzados del Estado repartidos por todo el país, realizan ahora a menudo vigilancia política bajo la apariencia de proyectos de gestión comunitaria. Millones de personas —compradas, forzadas o verdaderas creyentes— siguieron votando por Maduro en 2024. Sería un error suponer que no mantiene una base política organizada.

Incluso sin Maduro, el Estado sigue siendo un laberinto, compuesto por una extensa red de servicios de inteligencia superpuestos, grupos paramilitares conocidos como colectivos y jefes regionales que compiten por sobornos. Esta fragmentación ha sido la póliza de seguro definitiva: ha contribuido a garantizar que ningún general o ministro tuviera suficiente poder unificado para liderar un golpe de Estado, al tiempo que mantenía a todos los funcionarios vinculados al centro por la necesidad compartida de protección y ganancia.

Trump no ha dicho cómo empezará Estados Unidos a manejar Venezuela ni cuándo dejará de hacerlo, salvo para decir que lo hará hasta que “podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”. Venga lo que venga, el sistema que ha supervisado Maduro no puede desmantelarse de la noche a la mañana. Sus seguidores, chavistas de toda la vida u oportunistas armados, podrían muy bien montar una insurgencia prolongada, el tipo de guerra en la que la población es mantenida como rehén, independientemente de sus preferencias políticas. Es muy fácil crear el caos y hacer ingobernable un país cuando las instituciones formales ya están rotas. Independientemente de quién esté en el poder, no está claro el camino para curar la ansiedad, la desconfianza y el aislamiento que han florecido en la última década.

Los venezolanos nos despertamos cada día con muchos miedos diferentes: que nosotros o nuestros familiares desaparezcamos, que la hiperinflación vuelva a destrozar nuestros ahorros, que nuestros seres queridos emigrantes no estén seguros en los lugares donde buscaron refugio.

Ese estudiante pasó los últimos meses en mi clase aprendiendo sobre el ascenso y la caída de la democracia venezolana durante el siglo pasado. Pero él, como el resto de nosotros, está atrapado en un presente eterno, y no sé si puede imaginar un futuro diferente. Todo lo que podemos hacer es ir día a día.

The New York Times

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