Trump en su segundo mandato: un año de terror político, desgaste popular y retroceso democrático
Por Doctor Ramón Ceballo
El primer año del segundo mandato de Donald Trump no ha sido, como prometía su propaganda, una etapa de “orden y grandeza recuperada”, sino un período marcado por el miedo como método de gobierno, el fracaso político electoral y un acelerado deterioro de la confianza ciudadana.
Lejos de consolidar liderazgo, Trump ha demostrado que su regreso al poder se sostiene más en la confrontación y el terror que en resultados reales.
Uno de los indicadores más elocuentes de este desgaste es el terreno electoral. En lo que va de este primer año, bajo su influencia directa, el trumpismo ha enfrentado 90 elecciones especiales en distintos niveles, logrando apenas 34 victorias.
No se trata de una estadística menor: es una señal clara de pérdida de popularidad, incluso en territorios donde antes el discurso radical encontraba eco. La narrativa de invencibilidad se resquebraja cuando el voto ciudadano comienza a pasar factura.
En el plano económico, la realidad contradice el relato. La inflación continúa golpeando a las familias trabajadoras, encareciendo alimentos, vivienda y servicios básicos.
Trump prometió soluciones rápidas y mano dura contra los “culpables”, pero su gobierno ha demostrado ser más eficaz en señalar enemigos que en controlar el costo de la vida.
El resultado es una creciente frustración social, especialmente entre sectores que creyeron en el discurso de prosperidad inmediata.
La seguridad, otro de los pilares retóricos del trumpismo, tampoco muestra avances consistentes. Por el contrario, decisiones políticas y negociaciones opacas han llevado a la excarcelación de confesos delincuentes y narcotraficantes, enviando un mensaje devastador a la ciudadanía: la ley no se aplica con justicia, sino con conveniencia política.
Mientras se persigue al migrante, al activista o al disidente, criminales confesos recuperan la libertad bajo acuerdos que nadie explica con transparencia.
Este doble rasero se inscribe en una lógica más amplia: el uso del terror como instrumento político. Trump ha impulsado un clima de intimidación permanente, donde el miedo sustituye al debate y la fuerza reemplaza a la institucionalidad.
Redadas espectaculares, discursos de odio, amenazas veladas a opositores y ataques sistemáticos a jueces y medios configuran un ecosistema autoritario que debilita los cimientos democráticos.
El punto más grave de este primer año ha sido el secuestro de un presidente, un hecho de enorme impacto político y simbólico que generó rechazo internacional y encendió alarmas sobre el rumbo del poder en Estados Unidos.
Lejos de contribuir a la estabilidad global, Trump ha quedado asociado a prácticas que recuerdan más a regímenes de fuerza que a democracias consolidadas.
La condena de organismos y gobiernos no fue casual: fue la respuesta lógica ante un acto que rompe todos los códigos del derecho internacional y la convivencia política.
Trump no gobierna para garantizar derechos ni fortalecer instituciones. Gobierna para infundir temor, para disciplinar, para castigar. Su segundo mandato no ha sido un proyecto de país, sino un proyecto de control.
Y ese modelo empieza a mostrar grietas: en las urnas, en la economía, en la seguridad y en la percepción ciudadana.
A un año de su retorno, el balance es claro: más polarización, menos democracia; más miedo, menos futuro. El trumpismo ya no avanza con la fuerza del entusiasmo, sino con la inercia del miedo.
Y la historia demuestra que los gobiernos que se sostienen en el terror terminan siendo derrotados por la realidad que intentaron reprimir.

