Los que matan la reputación

Por Anthony Franco Montero

Con asombro, el país ha conocido las acusaciones formuladas contra Rafael Félix García a través de un reportaje de la periodista de investigación Nuria Piera. En el mismo se señalan supuestas deducciones de salarios a empleados del Instituto Tecnológico de Las Américas (ITLA), al tiempo que se expone el crecimiento económico de este joven profesional de la sociología, políglota, líder social y actor político.

La discusión pública debe partir de una pregunta esencial: ¿qué hechos están debidamente probados y cuáles corresponden a interpretaciones o percepciones?
La superación personal y el progreso económico no pueden ser criminalizados cuando se logran dentro del marco legal, mediante préstamos, inversiones y trabajo sostenido. El crecimiento profesional, especialmente en jóvenes preparados, no debe convertirse automáticamente en motivo de sospecha.

En relación con las alegadas deducciones salariales, se ha explicado que Rafael Félix encabeza el movimiento Jóvenes Unidos por el Cambio, y que los aportes reflejados en transferencias correspondían a contribuciones voluntarias destinadas a actividades sociales: entrega de juguetes, útiles escolares, encuentros con jóvenes líderes y otros operativos comunitarios. Estos elementos, que forman parte del debate público, debieron ser evaluados con mayor equilibrio y contexto.

Más allá del caso particular, preocupa profundamente el ambiente social que se genera cuando se instala un juicio mediático sin que medie una investigación concluyente. La presión de la opinión pública, muchas veces alimentada por emociones como la envidia, el resentimiento o la rivalidad política, puede derivar en decisiones apresuradas que afectan no solo a una persona, sino a la confianza institucional y al derecho a la presunción de inocencia.

Aún más inquietante resulta observar cómo sectores de la sociedad celebran la caída ajena. Existe una cultura peligrosa que se regocija en el descrédito del otro, que no tolera el ascenso ni el brillo de quienes, viniendo de abajo, logran abrirse camino mediante el esfuerzo, la preparación y la disciplina. Son los nuevos “verdugos morales”, que no disparan armas, pero sí intentan destruir honras y reputaciones.

La reputación, una vez dañada, no siempre se repara con la verdad. Por eso, como sociedad, debemos reflexionar sobre la responsabilidad con la que consumimos, compartimos y celebramos ciertas narrativas. La crítica es necesaria, pero la condena sin pruebas es injusta.

Confío en que Rafael Félix encontrará la fortaleza para levantarse y continuar su camino. Y aspiro a que como país aprendamos a debatir con madurez, justicia y humanidad, sin convertir el éxito ajeno en motivo de linchamiento público.

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