Serenata petrolera en Miraflores: del “antiimperialismo” al karaoke geopolítico

Hay imágenes que valen más que mil discursos. Y hay serenatas que desnudan más que cualquier rueda de prensa. La autodenominada revolución bolivariana —esa que juró defender el petróleo “como patrimonio sagrado de la patria”— recibió con música al Secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, en el Palacio de Miraflores. Música. No consignas antiimperialistas. No pancartas contra el “enemigo histórico”. Música.
La anfitriona fue Delcy Rodríguez, hoy convertida en una suerte de presidenta encargada de facto, en un país donde los títulos importan menos que las correlaciones de fuerza. La visita fue elevada a categoría de histórica. Y, siendo justos, lo fue. No todos los días el mismo proyecto político que construyó su identidad demonizando a Washington termina celebrando con acordes la presencia de un alto funcionario de la administración de Donald Trump.
Tras el “cálido y amistoso” recibimiento, vino el recorrido a la joya de la corona: la Faja Petrolífera del Orinoco, donde opera Chevron, la principal petrolera estadounidense con presencia en Venezuela. Allí, en esos 55.314 kilómetros cuadrados que —según PDVSA— concentran el 87 % de las reservas nacionales y constituyen “la mayor reserva de crudo del mundo”, se estaría gestando un acuerdo energético a largo plazo cuyos detalles no son públicos. Histórico, sí. Transparente, no tanto.
Y aquí empieza lo interesante.

Durante años, el discurso oficial fue claro: soberanía petrolera, control nacional de los recursos, rechazo frontal al “imperialismo”. Hugo Chávez reformó leyes, expulsó empresas, redibujó contratos y levantó la bandera de que el oro negro estaría bajo dominio exclusivo del Estado venezolano.
Hoy, en cambio, bajo una reforma de la ley de inversión extranjera aprobada por un Parlamento presidido por Jorge Rodríguez —hermano de Delcy—, se reconfigura el marco legal para facilitar acuerdos cuyo contenido real permanece bajo llave.
No es una transición menor. Es un giro de 180 grados.
Pero nadie en Miraflores parece incómodo. Al contrario. La narrativa ahora se acomoda con sorprendente elasticidad. Donde antes había denuncias contra el “saqueo imperial”, ahora hay visitas oficiales, recorridos a instalaciones operadas por empresas estadounidenses y, según titulares de agencias internacionales, el reconocimiento de Donald Trump al Ejecutivo encabezado por Delcy Rodríguez como gobierno oficial de Venezuela.
Ese detalle no es trivial.
Porque si algo había sostenido al chavismo en el relato internacional era su resistencia frente a Washington. La épica antiestadounidense fue durante dos décadas su combustible político.
Hoy, en cambio, lo que se materializa es una relación pragmática en la que el petróleo vuelve a ser ficha de negociación. Y no precisamente bajo los términos de aquella revolución que prometía independencia absoluta.
La pregunta no es si Venezuela necesita inversión extranjera. La necesita. La industria petrolera está golpeada, la producción ha caído durante años y la economía requiere oxígeno.
El punto es otro: ¿qué se negoció? ¿Bajo qué condiciones? ¿Con qué garantías? ¿En nombre de quién?
El llamado “acuerdo histórico” no ha sido sometido a escrutinio público. No se conocen cláusulas, porcentajes, compromisos, ni alcances. Lo único evidente es el cambio de tono: de la confrontación ideológica a la cordialidad estratégica.
Mientras tanto, en el plano interno, el discurso duro no ha desaparecido. Simplemente se administra con selectividad quirúrgica. Juan Pablo Guanipa —cercano colaborador de María Corina Machado— pasó de la cárcel a la prisión domiciliaria, en una muestra de que la tolerancia tiene límites estrictamente definidos por el poder. Delcy Rodríguez advirtió a María Corina Machado que deberá “responder ante el pueblo” si regresa a Caracas. Y Jorge Rodríguez, con un toque que roza lo irónico, proclamó que la Ley de Amnistía en discusión no beneficiará a quienes aplaudieron la intervención militar estadounidense que terminó con la salida de Nicolás Maduro.
La escena es casi teatral.

Por un lado, se estrechan manos con Washington. Por otro, se mantiene el discurso de firmeza revolucionaria hacia la oposición interna. El enemigo externo se convierte en socio estratégico; el adversario doméstico sigue siendo blanco de advertencias.
Y en el centro de todo, el petróleo.
La Faja del Orinoco, con su promesa de reservas para tres siglos, se transforma nuevamente en el eje del tablero geopolítico. Si antes fue el símbolo del desafío al orden internacional liderado por Estados Unidos, hoy parece ser la puerta de entrada a una nueva etapa de pragmatismo energético donde los principios ideológicos ceden ante la necesidad económica y el cálculo político.
Donald Trump, siempre directo, remató la escena anunciando su intención de visitar Venezuela y reconociendo al Ejecutivo de Delcy Rodríguez como gobierno oficial. Nada más elocuente. El reconocimiento político llega acompañado del interés energético. El ajedrez se juega con piezas de crudo pesado.
¿Es esto una traición a la revolución bolivariana? ¿O simplemente su fase más descarnada de realismo?

Desde esta trinchera, la conclusión es menos épica y más terrenal: el poder, cuando se siente acorralado, negocia. Y negocia con quien tenga capacidad de garantizar estabilidad, reconocimiento o supervivencia. El relato antiimperialista fue útil mientras funcionó como herramienta de cohesión. Ahora, el pragmatismo manda.
La serenata en Miraflores no fue un detalle folclórico. Fue un símbolo. Un símbolo de que el discurso puede cambiar, que las alianzas pueden reconfigurarse y que la soberanía, tantas veces invocada, puede reinterpretarse según las circunstancias.
Ese es el nuevo capítulo. No el de la revolución en permanente confrontación, sino el de la revolución que negocia con quien antes denunciaba. Un capítulo donde Washington no es el enemigo, sino el socio necesario.
Y donde el pueblo, como casi siempre, se entera por los titulares.

