Segundo apagón general en menos de tres meses: ¿Qué tan sólido es nuestro sistema eléctrico?

Luisana Lora Perelló

El Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI) fue restablecido en un 100 % a las 11:53 de la noche de este lunes, luego de más de doce horas de interrupciones que afectaron al Gran Santo Domingo y a diversas provincias del país desde las 10:53 de la mañana.

Durante la jornada, hogares, comercios, instituciones públicas y el Metro de Santo Domingo experimentaron la paralización de sus operaciones. La reposición progresiva permitió estabilizar la frecuencia y sincronizar los circuitos, según informó el ministro de Energía y Minas, Joel Santos, quien permaneció en sesión permanente en el Centro de Control mientras se ejecutaban los protocolos técnicos.

Sin embargo, más allá de la recuperación, los datos del Organismo Coordinador del Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (OC-SENI) revelan un elemento clave: en el momento crítico del evento, la generación real fue de 1,308 MW frente a una programación de 2,658.48 MW. Es decir, el sistema perdió más de 1,350 megavatios, más de la mitad de lo previsto.

¿Cómo un desbalance de esa magnitud logra escalar hasta convertirse en un apagón nacional?

¿Está el sistema diseñado para absorber salidas abruptas de generación sin colapsar?

¿Existen suficientes mecanismos de respaldo para evitar que una desviación técnica impacte a todo el territorio?

No se trata de emitir juicios anticipados ni de señalar responsables antes de que concluyan las investigaciones. Pero sí de analizar un patrón: es el segundo blackout general en menos de tres meses. Y cuando los eventos comienzan a repetirse, dejan de ser hechos aislados y pasan a ser señales.

Un país que apuesta al crecimiento económico, la inversión y la modernización del transporte masivo no puede ver la estabilidad eléctrica como un elemento secundario. La energía es la base de la productividad, del comercio, de la salud, de la seguridad y de la vida cotidiana.

La reposición total del servicio demuestra capacidad operativa. Pero la pregunta estructural permanece: ¿estamos fortaleciendo el sistema para prevenir, o seguimos reaccionando cuando ya el colapso ocurrió?

Porque más allá de las cifras técnicas, lo que está en juego es la confianza en la infraestructura que sostiene el desarrollo nacional.

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