Aliados cuando conviene, espectadores cuando arde el Golfo

Hay algo casi irónico —por no decir francamente predecible— en la actual situación geopolítica que enfrenta Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump. El mismo mandatario que, desde su regreso al poder, decidió tensar las relaciones con sus aliados tradicionales, hoy se sorprende porque esos mismos socios no corren, obedientes, a respaldarlo en una guerra que él mismo ayudó a escalar.
Trump no llegó con guantes de seda. Retomó, con renovado entusiasmo, su vieja política de confrontación con la Unión Europea y Canadá. Aranceles unilaterales, discursos despectivos sobre la OTAN, amenazas económicas y hasta insinuaciones geopolíticas de alto calibre —como la absurda idea de “tomar” Groenlandia, incluso por la vía militar— marcaron una relación que pasó de ser estratégica a francamente incómoda.
Europa, que durante décadas ha sido el socio fiel de Washington, fue tratada más como competidor que como aliado. Canadá, vecino histórico y aliado indiscutible, tampoco escapó de los dardos. Trump no negocia, presiona; no persuade, impone. Y en ese estilo, sembró lo que hoy está cosechando: distancia.
El Golfo en llamas y la soledad estratégica

Ahora, con el conflicto en el Golfo Pérsico en plena ebullición, la Casa Blanca ha hecho un llamado —casi desesperado— a sus aliados para que participen en la contención de la crisis en el estrecho de Ormuz. La respuesta ha sido tan diplomática como contundente: no.
Reino Unido, Francia, Alemania y Japón, entre otros, han dejado claro que no tienen intención de involucrarse directamente en un conflicto que consideran mal calculado desde su origen. No es solo prudencia; es memoria. Son los mismos aliados que fueron ignorados, presionados o menospreciados en los últimos meses.
Estados Unidos, todo indica, entró en esta confrontación sin medir con precisión las consecuencias. Y no se trata solo del plano militar. El impacto en los precios del petróleo ya es evidente, y con ello, el fantasma de la inflación global y hasta de la escasez de alimentos comienza a asomar.
Una guerra que no sale según el guion

La guerra entra casi en su cuarta semana y dista mucho de ser el conflicto rápido que Trump insinuó. Irán, lejos de ceder, se muestra firme, incluso desafiante. Ha rechazado cualquier posibilidad de negociación de alto el fuego y amenaza con llevar el conflicto “hasta el final”.
Los ataques iraníes a instalaciones petroleras, embajadas y posiciones estadounidenses en el Golfo —incluidas bases militares— han demostrado algo incómodo: la presencia militar de Estados Unidos no ha servido como disuasión efectiva. Más aún, los daños para Washington e Israel comienzan a ser significativos, incluso en términos de vidas humanas.
Sí, es cierto que Estados Unidos e Israel han ejecutado ataques contundentes, golpeando estructuras militares, políticas y religiosas en Irán. Pero el cálculo de que eso bastaría para doblegar a Teherán parece, por ahora, erróneo. Irán resiste, responde y escala.
China observa… y el mundo paga

Otro elemento revelador es la cancelación del viaje de Trump a China para reunirse con Xi Jinping. Una señal clara de que la crisis ha alterado prioridades. La pausa, que podría extenderse por un mes, deja en evidencia que Washington está concentrado —y posiblemente desbordado— por el conflicto.
China, por su parte, no muestra intención alguna de mediar. Y eso, en sí mismo, dice mucho. Mientras tanto, ya sufre las consecuencias: escasez de combustible, largas filas en estaciones de servicio y presión sobre su economía.
La decisión de Estados Unidos de flexibilizar sanciones al petróleo ruso también deja entrever la urgencia por estabilizar los precios. Una jugada pragmática, sí, pero también una admisión tácita de que el mercado energético está bajo estrés.
La prensa, el enemigo conveniente

Como si el escenario no fuera suficientemente complejo, la administración Trump ha intensificado sus ataques contra la prensa estadounidense. Acusa a los medios de distorsionar la realidad, de no respaldar el esfuerzo de guerra, de no contar “la verdad”.
Pero la crítica constante a los medios parece responder más a una preocupación interna: el control del relato. Porque cuando la guerra no avanza como se prometió, cuando los aliados no responden y cuando los costos comienzan a sentirse en casa, el manejo de la opinión pública se vuelve crucial.
Un final incierto
El conflicto en Medio Oriente se intensifica y la incertidumbre crece. Nadie puede prever con claridad cómo terminará esta guerra. Lo que sí está claro es que no será rápida ni sencilla.
Trump apostó por la fuerza, pero subestimó las variables. Irán no es un actor menor, y su capacidad de resistencia ha quedado demostrada. Los aliados, distantes. China, expectante. El mercado nervioso. Y el mundo, una vez más, pagando el precio.
Desde esta trinchera, la conclusión es simple: iniciar una guerra es relativamente fácil; salir de ella, con dignidad y sin costos desbordados, es otra historia muy distinta.

