Para Putin, la guerra en Irán lo cambió todo

Por Mikhail Zygar

Zygar es un periodista ruso y autor del boletín The Last Pioneer.

A principios de año, la economía rusa parecía estar cediendo. Bajo la presión de la guerra y las sanciones, los ingresos caían, la producción se reducía y el comercio se agotaba. Con el aumento de los aranceles, el crédito era prohibitivamente caro y pedir prestado casi imposible: una oleada de quiebras se vislumbraba en el horizonte. A finales de enero, Rusia se vio obligada a vender petróleo a la India a solo 22 dólares por barril, aproximadamente un tercio del precio de mercado. Como símbolo de insostenibilidad, eso era difícil de superar.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha escuchado quejas de este tipo durante toda la guerra. Sin embargo, según quienes le rodean, ha optado en gran medida por no escuchar. Los funcionarios y los líderes empresariales, por su parte, entendían que la continuación de la guerra era su prioridad absoluta y que la situación económica del país tenía poca importancia. Pero en febrero algo cambió. Putin empezó, de repente, a prestar atención a la vacilante economía. Incluso hubo indicios de que podría estar cambiando de opinión sobre las negociaciones con Ucrania, quizás buscando una salida al conflicto.

Luego llegó la guerra en Irán. De un golpe, se echaron por tierra las condiciones para la conciliación. En medio de los boyantes precios del petróleo, la división occidental y la extralimitación estadounidense, la presión sobre Putin para llegar a un acuerdo se esfumó. Por un extraño giro de la historia, el inicio de la guerra en Irán detuvo la perspectiva de poner fin a la guerra en Ucrania, justo en el momento en que Putin parecía dispuesto a considerarlo.

En febrero, Putin parecía dispuesto a cambiar de rumbo y revisar su equipo negociador. Kirill Dmitriev, el principal enviado del Kremlin, a quien muchos consideran una figura insustancial sin mandato real, estaba al parecer a punto de ser destituido. El principal candidato para sustituirlo era Igor Sechin, el jefe del gigante petrolero estatal Rosneft. Considerado la mano derecha de Putin, Sechin supervisó anteriormente las relaciones de Rusia con América Latina, así como el cultivo de estrechas relaciones con ejecutivos petroleros estadounidenses. Este era un indicio de que Putin podría empezar a tomarse en serio las conversaciones.

Al mismo tiempo, empezaron a circular rumores de un inminente reajuste a gran escala del gobierno ruso. Si Putin quisiera entablar negociaciones como es debido y buscar la paz con Ucrania, tendría que reconstruir por completo la estructura de poder. Según personas cercanas al Kremlin, eso podría incluir la destitución del gobierno actual. Ya habían empezado a cernirse nubarrones sobre el primer ministro Mijaíl Mishustin: personas cercanas a él se han convertido recientemente en acusados en casos penales.

Nunca sabremos lo que podría haber ocurrido. El 28 de febrero, el ayatolá Alí Jameneí fue asesinado en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel. En los días siguientes, todo cambió. Los precios del petróleo subieron por encima de los 100 dólares el barril y, en un gran revés, Estados Unidos levantó las sanciones al petróleo ruso. La demanda de fertilizantes rusos se disparó mientras el mundo se tambaleaba por las interrupciones en el suministro de alimentos. De repente, los problemas económicos que acosaban a Rusia parecieron evaporarse.

Es más, se profundizaron las divisiones entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, quienes se negaron a enviar barcos al Estrecho de Ormuz. El presidente Trump lo calificó de “error muy tonto”. Para Putin, cuya política exterior se ha construido en torno a cultivar el desorden en Occidente, esto fue bienvenido. Igualmente importante es la absorción de la atención de Estados Unidos en Medio Oriente, lo que ha alejado a Ucrania de su mente. No solo se está desviando la atención: Estados Unidos está consumiendo armamento y municiones que de otro modo podrían enviarse a Ucrania.

También en Estados Unidos, el Kremlin anticipa una ventaja. No es difícil ver cómo un conflicto prolongado con Irán podría erosionar la posición política de Trump y debilitar al Partido Republicano, haciendo que las próximas elecciones intermedias sean especialmente precarias. Esto refuerza la convicción de Putin sobre la fugacidad de la política estadounidense. Trump, como cualquier presidente estadounidense, es una figura temporal: con el tiempo llegará un nuevo gobierno, potencialmente con un enfoque muy diferente hacia Rusia. La guerra en Irán puede acelerar ese cambio. Desde este punto de vista, las concesiones sobre Ucrania no tendrían sentido.

Todas estas son ventajas considerables para el Kremlin. Pero el dinero que ahora inunda Rusia no es en absoluto una garantía de que Putin pueda continuar la guerra indefinidamente. Al contrario, algunas personas cercanas al gobierno creen que la situación actual durará poco. Para mayo, esperan muchos en Moscú, la guerra en Irán podría haber terminado y se podrían restablecer las sanciones contra Rusia. Para la atribulada economía rusa, no hay salvación permanente.

La situación dentro de Rusia también se está volviendo turbulenta. En vísperas de las elecciones parlamentarias de este otoño, el Kremlin se encuentra en un estado de anticipación casi paranoica, dando bandazos nerviosos sobre los planes de llenar el Parlamento de veteranos y tratando con dureza a un bloguero favorable al régimen que se volvió públicamente contra Putin. El gobierno ruso ha tomado medidas para bloquear Telegram, la plataforma de mensajería más utilizada del país, mientras que los cortes de internet son cada vez más frecuentes en Moscú y San Petersburgo. Los rumores de amplios cambios al interior del gobierno no han desaparecido.

Un nivel de descontento público que hasta hace poco habría sido impensable forma ahora parte de la vida cotidiana. Antes de que pase demasiado tiempo, parece, Putin tendrá que tomar una decisión de consecuencia: o acepta alguna forma de desescalada en Ucrania, que podría incluir el fin de la guerra, o se mueve en la dirección opuesta: endurecer los controles en general, incluso hasta el punto de una nueva movilización. Es imposible predecir qué decisión tomará Putin. Pero un factor importante será si Estados Unidos continúa en su propia guerra.

The New York Times

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