Los marines en el Estrecho de Ormuz

Por Víctor Grimaldi

En el mapa del mundo hay lugares que parecen pequeños accidentes geográficos y que, sin embargo, sostienen el equilibrio de la historia.

El Estrecho de Ormuz es uno de ellos. Allí, entre las costas de Irán y Omán, el mar se estrecha como una garganta azul por la que pasa casi una quinta parte del petróleo que consume la humanidad.

Durante décadas ha sido una arteria vital del comercio mundial y, al mismo tiempo, uno de los puntos más frágiles del sistema internacional.

Ahora, en medio de la guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con la República Islámica de Irán, ese estrecho vuelve a ocupar el centro del tablero.

Hacia esa garganta marítima se dirige una de las unidades más peculiares del poder militar estadounidense: la 31st Marine Expeditionary Unit, la unidad expedicionaria de los Marines desplegada permanentemente en el Pacífico.

Esta fuerza, estacionada en Okinawa, Japón, es una herramienta diseñada para intervenir en los lugares donde la historia se acelera.

No es un ejército de ocupación ni una gran división de combate. Es algo más flexible, más rápido y, a menudo, más decisivo.

Son alrededor de dos mil quinientos Marines, acompañados de helicópteros, aviones de despegue vertical, unidades logísticas y barcos anfibios, capaces de aparecer en cualquier costa del planeta con muy poco aviso.

Desde su creación en 1967, en los días turbulentos de la guerra de Vietnam, esta unidad ha vivido una vida militar que parece escrita por un novelista de aventuras.

Desembarcó en las playas del sudeste asiático, evacuó embajadas bajo fuego enemigo, rescató náufragos, combatió en Irak y distribuyó alimentos y agua en los lugares devastados por terremotos y tifones en Asia.

A veces ha sido fuerza de guerra; otras veces, fuerza de auxilio. Pero siempre ha tenido la misma misión: llegar primero cuando el mundo se desordena.

Ahora se dirige hacia el Golfo Pérsico.

La razón es simple y peligrosa a la vez. Las fuerzas iraníes han demostrado durante años que pueden cerrar o perturbar el tráfico marítimo del Estrecho de Ormuz mediante minas navales, lanchas rápidas y misiles costeros.

No necesitan destruir grandes flotas para hacerlo. Basta con sembrar el miedo entre los buques petroleros para paralizar el comercio.

Una mina flotando en el lugar equivocado puede tener consecuencias que se sienten a miles de kilómetros.

Un solo ataque contra un petrolero puede hacer subir el precio del crudo en Nueva York, en Londres o en Shanghái. El estrecho es, en realidad, una válvula de presión de la economía mundial.

Por eso los Marines entran en escena.

La llegada de la unidad expedicionaria permite algo que los bombardeos aéreos no pueden hacer por sí solos: intervenir físicamente en las pequeñas islas y bases desde donde se podrían lanzar ataques contra el tráfico marítimo.

Los Marines están entrenados para desembarcar desde el mar, ocupar posiciones estratégicas durante horas o días y retirarse antes de que el enemigo pueda reaccionar con fuerza.

Son, en cierto modo, cirujanos de la guerra moderna.

Un grupo de helicópteros puede despegar de un buque anfibio en la oscuridad de la madrugada.

En cuestión de minutos, una pequeña isla aparentemente olvidada en el Golfo Pérsico puede llenarse de soldados, radares portátiles y equipos de vigilancia.

Los Marines observan, destruyen instalaciones si es necesario, y desaparecen otra vez hacia el mar.

Todo ocurre rápido, casi en silencio.

Pero detrás de esa rapidez se esconde una verdad más grande: cuando la infantería entra en una guerra, la naturaleza del conflicto cambia.

Los bombardeos pueden destruir fábricas, bases o depósitos de armas. Pero controlar un territorio, aunque sea una pequeña isla de roca en medio del mar, es otra cosa.

El despliegue de la 31st Marine Expeditionary Unit sugiere precisamente eso: que la guerra podría estar entrando en una nueva fase.

Una fase en la que ya no se trata solamente de golpear desde el aire, sino de asegurar físicamente los puntos estratégicos del mapa.

El Estrecho de Ormuz es uno de esos puntos.

En los grandes conflictos del siglo XX hubo lugares así: el Canal de Suez, el Estrecho de Gibraltar, el Canal de Panamá.

Quien controla esos pasos controla el flujo del comercio y, en cierto modo, el pulso de la economía global.

Ormuz pertenece a esa categoría.

Por eso, mientras los aviones bombardean objetivos en Irán y los discursos políticos se multiplican en Washington, Tel Aviv y Teherán, un grupo de Marines se prepara en la cubierta de un barco anfibio que navega hacia el Golfo.

Revisan su equipo, revisan sus mapas, revisan una vez más los planes de desembarco.

Saben que el lugar al que se dirigen es pequeño en el mapa.

Pero también saben que, a veces, el destino de los imperios pasa por lugares así de estrechos.

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