Estados Unidos se ha convertido en una nación peligrosa

Por Carlos Lozada

Columnista de Opinión

The New York Times

Tuvimos una buena racha; ocho décadas, más o menos. Pero a estas alturas está claro que Estados Unidos ya no es el líder del mundo libre. No se ha designado a un sucesor para ese puesto, y parece poco probable que la Unión Europea, la OTAN, o lo que sea que estos días constituya “Occidente”, vaya a darle el puesto a uno de sus miembros. El cargo incluso podría desaparecer; otro recorte cortesía del presidente Donald Trump.

En lugar de liderar el mundo libre, Estados Unidos va dando grandes zancadas por todo el planeta, aparentemente sin restricciones, planificación o estrategia, ejerciendo su poder porque puede. En cuestión de meses, el gobierno de Trump ha capturado al presidente de Venezuela y lo ha encarcelado en Brooklyn y ha golpeado a los dirigentes teocráticos de Irán en una guerra que está rebotando por todo Medio Oriente y trastornando la economía mundial; y ahora el presidente dice que, para continuar, tendrá “el honor de tomar Cuba”. Trump en su segundo mandato es como Michael Corleone en El padrino, arreglando todos los asuntos de la familia.

Hace casi dos décadas, el columnista de asuntos internacionales Fareed Zakaria publicó un libro superventas titulado El mundo después de USA, que pronosticaba el relativo declive de Estados Unidos frente a otros países económicamente ascendentes, a lo que él se refería como “el ascenso del resto”. (El senador Barack Obama fue visto con el libro durante su primera campaña presidencial, la influencia de la obra entre las élites). Estados Unidos seguiría siendo preeminente en lo militar y lo económico, sostenía Zakaria, pero podría asumir un nuevo papel político, una especie de presidente del consejo de administración del planeta, apoyado en “la consulta, la cooperación e incluso las concesiones”.

Con Trump, la idea del liderazgo estadounidense ciertamente ha cambiado; pero de la autoridad al dominio, de la persuasión a la intimidación, de alimentar alianzas a destruirlas. (La consulta, la cooperación y las concesiones todavía no se unen a la coalición MAGA). “No necesitamos a nadie”, dijo Trump la semana pasada, molesto, cuando los líderes europeos se negaron inicialmente a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz. “Somos la nación más fuerte del mundo. Tenemos el ejército más fuerte del mundo, por mucho. No los necesitamos”.

Lanzar una guerra con un solo aliado y luego esperar que todos los demás se alineen es un ejemplo perfecto de las tensiones inherentes al nuevo enfoque de Estados Unidos. El país quiere los beneficios de la hegemonía, pero sin aceptar las responsabilidades —garantizar la seguridad colectiva, promover la apertura económica, cuidar las alianzas clave— que conlleva. A Trump no le interesa ser una superpotencia; simplemente le gusta ejercer el poder de una superpotencia. Quiere actuar en el mundo limitado solo por “mi propia moralidad” y “mi propia mente”, como declaró recientemente al Times.

¿Qué significa esto para el papel y el propósito de Estados Unidos en un mundo que por demasiado tiempo ha estado definido por lo que no es (la era posterior a la Guerra Fría)? Significa que lo que una vez llamamos Pax Americana, ese sistema de alianzas e instituciones dirigido por Estados Unidos que promovía los intereses y valores estadounidenses y ayudaba a evitar conflictos importantes en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido, y de forma irremediable. En lugar de la Pax Americana estamos viendo una especie de Lax Americana, un mundo en el que una superpotencia estadounidense descuidada y desinhibida y poco curiosa se pavonea por el tablero de ajedrez, amenazando a viejos amigos y dando alas a viejos rivales, buscando ganancias a corto plazo sin reparar en los peligros que está creando para sí misma y para el mundo.

Se trata de una aberración histórica: una superpotencia que abdica libremente de su papel de liderazgo porque ha llegado a la conclusión de que el liderazgo es para tontos; que ya no promueve sus valores porque ha decidido que esos valores eran falsos de todos modos; que renuncia a las normas e instituciones que pasó tanto tiempo construyendo, porque asume que ya no valen la pena.

Si Washington sigue imaginando que es líder del mundo libre, eso es porque se está replanteando quién pertenece a ese mundo y porque está minimizando lo que significa liderar.

Para comprender mejor la manera en que opera este nuevo Estados Unidos, me remonté a la última gran transición —cuando pasábamos de un estancamiento de la Guerra Fría a un periodo de primacía estadounidense sin rival— y volví a leer algunos de los libros y ensayos influyentes que intentaron vislumbrar lo que se avecinaba. Entre ellos destaca Auge y caída de las grandes potencias, del historiador de Yale Paul Kennedy, que se publicó en 1987 y rápidamente se convirtió en uno de los textos sagrados de la decadencia estadounidense.

En el curso normal de la historia, escribió Kennedy, las grandes potencias suelen renunciar al liderazgo mundial involuntariamente; ya sea perdiendo un conflicto importante contra un rival advenedizo, desaprovechando alguna innovación tecnológica transformadora, a menudo en el ámbito militar, o erosionándose económicamente hasta el punto en que las cargas de la hegemonía resultan demasiado pesadas. Kennedy advirtió sobre lo que denominó como “sobredimensionamiento imperial” y argumentó que “la suma total de los intereses y obligaciones globales de Estados Unidos actualmente es mucho mayor que el poder del país para defenderlos todos simultáneamente”.

Si desea conservar su estatus, una superpotencia normalmente necesita lograr tres cosas difíciles, dijo Kennedy, y las debe hacer todas a la vez. Primero, proporcionar y pagar la seguridad militar, tanto para sí misma como para sus aliados; segundo, satisfacer las necesidades económicas de su población, por no hablar de sus deseos; y tercero, garantizar un crecimiento económico a largo plazo que alcance para poder acumular armas y sostener el consumo interno.

“Lograr esas tres hazañas durante un periodo prolongado será una tarea muy difícil”, sostenía Kennedy. “Sin embargo, lograr las dos primeras hazañas —o cualquiera de las dos— sin la tercera, inevitablemente conducirá a un eclipse relativo a largo plazo”. Ese ha sido el destino de las grandes potencias del pasado, como la España imperial, la Francia napoleónica y el Imperio Británico cuando dio paso a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Un presidente estadounidense que se jacta de que su ataque militar a Irán puede seguir “por siempre” y que les dice a los niños de su país que se conformen con “dos muñecas en lugar de 30 muñecas” está ejemplificando el argumento de Kennedy. “Los ritmos desiguales de crecimiento económico provocarían, tarde o temprano, cambios en los equilibrios políticos y militares del mundo”, escribió Kennedy. En pocas palabras, mantener una superpotencia es costoso.

Visto así, la obsesión de Trump por la manera en que Estados Unidos está siendo “estafado” por el resto del mundo —ya sea a través del déficit comercial, la pérdida de fábricas o del insuficiente gasto militar de los miembros de la OTAN— no es solo el mantra de un tipo del sector inmobiliario obsesionado con negociar un mejor trato. También es el resentimiento que las potencias dominantes siempre sienten hacia las más débiles, como explicó Robert Gilpin, teórico de las relaciones internacionales, en War and Change in World Politics, su clásico estudio de 1981 sobre lo que hace que las hegemonías surjan y desaparezcan.

Los atenienses querían que sus aliados aportaran más recursos para defenderse de los persas; los británicos querían que sus revoltosos colonos americanos pusieran de su parte para las luchas contra los indígenas y los franceses (aunque los impuestos excesivos sobre las colonias acabaron volviéndose en contra del Imperio británico); y tanto la Unión Soviética como Estados Unidos querían que sus respectivos estados clientes compartieran los costos de la confrontación de la Guerra Fría. “Dado que la potencia dominante defenderá el statu quo en función de sus propios intereses”, escribió Gilpin, “los estados más débiles tienen pocos incentivos para pagar su ‘parte justa’ de esos costos de protección”.

Para Trump, el problema de liderar el mundo libre es que el mundo libre no tiene que aportar nada.

En la década de 1980, tanto Kennedy como Gilpin ya advertían sobre el relativo declive de Estados Unidos —y después de las diversas crisis que hubo en la década de 1970, ¿quién puede culparlos?— pero entonces Washington logró un respiro, y uno grande. “La historia está de nuestra parte”, había dicho en una ocasión el líder soviético Nikita Jrushchov. “¡Los vamos a enterrar!”. Pero ahora, solo unos años después de que Ronald Reagan declarara el amanecer en Estados Unidos, fue la Unión Soviética la que quedó enterrada. La historia parecía estar del lado de Estados Unidos; para algunos, incluso había llegado a su fin.

En el siglo XIX, y principios del XX, muchas grandes potencias lucharon entre sí; durante la segunda mitad del XX, eran solo dos potencias mirándose desde detrás de sus arsenales nucleares. Ahora, en lugar de la rivalidad Este-Oeste, los comentaristas imaginaban un “momento unipolar” de supremacía estadounidense. George H. W. Bush declaró un “nuevo orden mundial” de mercados y democracia; Bill Clinton imaginó un “puente hacia el siglo XXI”.

Pero otros vieron un giro más oscuro en el horizonte. El implacable politólogo Samuel Huntington imaginó un “choque de civilizaciones” basado en la cultura y la fe. En La anarquía que viene, Robert Kaplan, corresponsal en el extranjero, previó catástrofes ambientales y conflictos por raza y tribu. Fue especialmente clarividente sobre Estados Unidos, prediciendo la polarización, la fragmentación y la disfunción política; unos medios de comunicación electrónicos que “adoptarían las aspiraciones de la turba”; y un complejo tecnológico-militar que podría resultar tan peligroso como su predecesor militar-industrial.

The New York Times

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