Opinión

El retorno de la fuerza: crisis del orden internacional liberal

Por Juan Temístocles Montás

crisis del orden internacional liberal geopolítica Estados Unidos ONU conflicto global

El liberalismo institucional es una corriente de las relaciones internacionales que sostiene que la cooperación entre Estados es posible y sostenible a través de organizaciones y normas compartidas. Se diferencia del realismo político —otra corriente central del pensamiento internacional— en que este último concibe el mundo como una lucha constante por el poder, donde, en última instancia, el más fuerte impone sus intereses.

De manera sintética, la premisa central del liberalismo institucional es que, aunque los Estados siguen siendo los actores principales, operan en un sistema de interdependencia en el que cooperar resulta más racional que competir de forma permanente. En este contexto, las instituciones funcionan como “reglas del juego”: prescriben comportamientos, reducen la incertidumbre y disminuyen los costos de transacción en las negociaciones internacionales. Además, esta corriente se apoya en la idea de que las democracias, conectadas por el comercio y por organismos comunes, tienden a no entrar en guerra entre sí.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, esta visión sirvió de base para la construcción del llamado orden liberal internacional, impulsado por Estados Unidos. Bajo este enfoque, se crearon instituciones multilaterales destinadas a gestionar la seguridad y la economía global, con el objetivo de evitar el caos que caracterizó el período de entreguerras. Surgieron así las Naciones Unidas, como espacio para la diplomacia y la resolución de conflictos y los acuerdos de Bretton Woods dieron origen al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial para estabilizar la economía mundial.

La crisis del orden internacional liberal y el equilibrio de poder

Desde entonces, la política internacional puede entenderse como una coexistencia —y una tensión permanente— entre el liberalismo institucional y el realismo político, más que como el dominio exclusivo de una de estas corrientes. Lo que ha prevalecido es un orden híbrido, en el que el poder (realismo) y las normas e instituciones (liberalismo) han operado simultáneamente. Esta dinámica fue particularmente evidente durante la Guerra Fría.

Tras la disolución de la Unión Soviética el 26 de diciembre de 1991, se abrió una nueva etapa caracterizada por la expansión de la globalización, la proliferación de acuerdos comerciales y el fortalecimiento de las instituciones internacionales. Puede hablarse, en ese contexto, de un momento de hegemonía del liberalismo institucional, en el que Estados Unidos promovió activamente la democracia, los mercados abiertos y el multilateralismo.

La expansión de instituciones, reglas y alianzas —desde la ampliación de la OTAN hasta la integración de China en la Organización Mundial del Comercio— respondió a la idea de que un mundo interdependiente, regido por normas, favorecería tanto la estabilidad como la primacía estadounidense. Se asumió que la incorporación de China al sistema económico global conduciría, eventualmente, a la liberalización de su régimen político. Sin embargo, la experiencia demostró lo contrario: el notable éxito económico chino puso en evidencia que el desarrollo no conduce necesariamente a la democracia.

En el contexto más reciente, particularmente durante la actual administración de Donald Trump, se observa un giro significativo en la política exterior estadounidense, caracterizado por un cuestionamiento explícito del sistema internacional basado en reglas. Dos ejemplos ilustran esta tendencia: el uso de la fuerza sin mandato multilateral en el caso de Venezuela y las acciones militares contra Irán, llevadas a cabo por Estados Unidos en el primer caso, y por Estados Unidos e Israel en el segundo. Estos hechos han reavivado una interrogante fundamental: ¿sigue existiendo realmente un orden internacional basado en reglas o estamos asistiendo a su progresiva descomposición?

Desde la perspectiva del liberalismo institucional, la respuesta es preocupante. El sistema atraviesa una crisis profunda. El uso de la fuerza sin el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU socava el principio fundamental sobre el cual descansa el orden jurídico internacional. Si las normas que prohíben la agresión pueden ser ignoradas por las grandes potencias, la credibilidad del sistema se erosiona inevitablemente. En este contexto, el problema no es únicamente legal, sino también institucional: el debilitamiento del multilateralismo abre la puerta a un entorno internacional más inestable e impredecible.

La cuestión de fondo es si nos encontramos ante una crisis transitoria o frente al inicio de una nueva era en la que la fuerza, más que el derecho, vuelva a convertirse en el principio organizador de las relaciones internacionales. La respuesta a esta interrogante no solo definirá la evolución del sistema internacional, sino también el margen de maniobra de los Estados en las próximas décadas.

Comentarios
Difundelo