El Niño podría traer un adelanto de las temperaturas, y la vida, de 2035
Por David Wallace-Wells
Columnista de Opinión
Un monstruo climático está creciendo ahora mismo en el océano Pacífico, quizás El Niño más temible desde antes incluso de que los científicos empezaran a elaborar modelos sobre él. Ahora conocen el patrón bastante bien: una ola de calor marino en el océano Pacífico desordena el clima mundial y produce en algunos lugares sequías más graves y en otros lluvias e inundaciones más intensas; alteraciones en los patrones de los huracanes y las estaciones monzónicas, que pueden causar pérdidas generalizadas de cosechas, y un calor mucho más castigador.
El Niño que se está formando en estos momentos, y que se espera que llegue a su cúspide hacia finales del año próximo, se suma a todo el calentamiento global que ya estamos viviendo. Y parece estupendamente intenso, casi con toda seguridad más fuerte que el “súper” El Niño de 2015-2016 y quizás el más intenso desde el histórico El Niño de 1877. Las consecuencias globales de aquel acontecimiento climático fueron tan devastadoras que el historiador medioambiental Mike Davis las llamó Los holocaustos de la era victoriana tardía.
El subtítulo del libro de Davis de 2001 es “El Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo”, pero su argumento no es que las catástrofes climáticas fueran las únicas responsables del sufrimiento masivo, ni siquiera en el siglo XIX. A lo largo de décadas de trabajo de erudición independiente y activismo de izquierda, Davis tocó con frecuencia notas de alarma medioambiental, pero siguió siendo un radical demasiado comprometido para caer víctima del determinismo ecológico. Por el contrario, sostenía que el desastre medioambiental castiga a quienes se les ha hecho más vulnerables, y que El Niño del siglo XIX era tanto una prueba para la economía política mundial como una parábola de la fragilidad ecológica. Casi con toda seguridad, el próximo El Niño será lo mismo para nosotros. Ni siquiera un El Niño monstruoso va a provocar tanto sufrimiento humano como el de hace 150 años. Pero vamos a aprender muchísimo sobre a cuánta perturbación climática podemos hacer frente en este momento y, probablemente, a cuánta no.
Los fenómenos de El Niño castigadores no surgieron por primera vez a finales del siglo XIX. Para entonces, los pescadores peruanos conocían el ritmo básico desde hacía cientos de años, y en años más recientes los historiadores han establecido una relación con el colapso de antiguas dinastías egipcias y civilizaciones en Perú, y quizás con la Revolución Francesa, que empezó con revueltas por el pan y coincidió casi perfectamente con lo que a veces se denomina el “Meganiño” de 1789-1793.
Pero por pura intensidad, la mayoría de los científicos están de acuerdo, el acontecimiento climatológico que comenzó en aguas del Pacífico en 1877 —que el próximo El Niño puede igualar o superar, recuérdalo— destaca por encima de los demás. Para ilustrar su impacto global y genuinamente histórico, Davis sigue la gran gira que emprendió Ulises Grant al dejar la presidencia en 1877: primero a Egipto, donde miles de personas morían de hambre y los disturbios eran generalizados; luego a India, donde oficialmente más de cinco millones habían muerto de hambre en los tres años anteriores, y después a China, donde la sequía y la hambruna recientes habían matado entre ocho y 20 millones de personas. Las cifras pueden resultar abrumadoras, pero no se trataba de sucesos normales ni en el siglo XIX ni en ningún otro. “Era casi como si los estadounidenses siguieran inadvertidamente las huellas de un monstruo cuyo colosal rastro de destrucción se extendiera desde el Nilo hasta el mar Amarillo”, escribe Davis.
El monstruo era El Niño y también provocó sequías devastadoras y hambrunas en Filipinas, Corea, Brasil y en toda África, entre otras regiones del mundo. Durante la década siguiente, se produjeron varios años similares, y en total esta breve serie de fenómenos intensos de El Niño provocó decenas de millones de muertes, calcula Davis: entre 31,7 y 61,3 millones solo en India, China y Brasil, y al menos 10 millones solo en India. Siguieron epidemias en poblaciones debilitadas por la hambruna —paludismo, peste, disentería, viruela y cólera— y en el mismo medio siglo, escribe Davis, en el que el hambre y la hambruna estaban desapareciendo rápidamente de Europa occidental.
Y las hambrunas de El Niño de finales del siglo XIX no solo se vieron agravadas por la incompetencia autocrática y la crueldad colonialista, sino que, tal como muestra Davis, quizás también exacerbaron esos problemas, lo que permitió a Europa lanzarse a un último intento de establecer y extender el control imperial sobre las poblaciones del Sur global a las que el hambre y la enfermedad habían despojado de su poder. “Lo que, desde una perspectiva metropolitana, parecía el último resplandor de gloria imperial del siglo XIX era, desde un punto de vista asiático o africano, solo la horrible luz de una gigantesca pira funeraria”.
¿Cuánto arderá en los próximos 18 meses? Aún es demasiado pronto para afirmarlo con certeza, ya que, aunque los modelos emiten señales de alerta, estamos en una fase tan temprana de la temporada que los científicos tienden a mostrarse cautelosos en sus previsiones. Pero algunos ya lo califican de “súper dúper El Niño”, y otros de “El Niño Godzilla”, y el calentamiento subyacente se ha acelerado en los últimos años, de forma desconcertante, lo que plantea la posibilidad de que incluso un breve pico empuje al planeta a un territorio realmente desconocido en cuanto a temperatura. De hecho, es casi seguro que este El Niño hará que 2027 sea el año más caluroso jamás registrado, y existe la posibilidad, según ha sugerido el científico del clima James Hansen, de que las temperaturas globales promedio aumenten en 1,7 grados por encima del promedio preindustrial el año que viene.
Los científicos suelen hablar de umbrales de calentamiento en términos de promedios a largo plazo y no de estallidos de un solo año, pero un El Niño monstruoso nos dará al menos un breve adelanto de un mundo más caluroso y caótico: un 2027 como el que podríamos haber esperado ver en 2035, y que no hace tanto no parecía probable antes de 2050. “Prepárate para una casa de locos”, escribió a principios de año el escritor ecologista Bill McKibben como anticipo.
Pero si el súper El Niño ofrecerá una especie de breve adelanto del calentamiento futuro, también ofrecerá una prueba de lo bien preparado y adaptado que está el mundo a ese futuro. Si las sequías se intensifican en algunas partes de África, ¿cuánto empeorará la crisis mundial del hambre, que ya es el doble de grande que en 2019, según el Programa Mundial de Alimentos? ¿Los probables incendios forestales en Australia causarán tantos daños a la población como el Verano Negro de 2019-20, que destruyó miles de casas, mató a decenas de personas y obligó a evacuar, con ayuda del ejército, a cientos de otras de las playas cercadas por las llamas? (Por no mencionar que cubrió Sídney con un humo tan denso que los transbordadores no podían navegar por el puerto y las alarmas de incendio de los edificios de oficinas se activaban con regularidad debido al humo ambiental).
Hace unos años, con un El Niño débil, las inundaciones desplazaron a medio millón de personas en un solo estado de Brasil, ¿qué podría suceder con uno intenso? ¿Significarán la adaptación y la aclimatación que el calor extremo —en Estados Unidos y en otros lugares— resulte menos mortífero que en los últimos tiempos? El mes pasado, el científico del clima Andrew Dessler calculó que el calentamiento global es responsable de alrededor del 1,7 por ciento de las muertes de la época de verano en su estado natal de Texas. Según la imperfecta —pero aún así esclarecedora— base de datos internacional sobre catástrofes EM-DAT, entre 2022 y 2024 murieron en todo el mundo un promedio de más de 59.000 personas a causa de las temperaturas extremas, unas 20 veces más que el promedio de la década anterior.
También ofrecerá otros desafíos, quizá no menos consecuentes. El primero se refiere a la ciencia del calentamiento, dados los debates desde hace tiempo sobre cuánto se está acelerando el aumento de la temperatura, y por qué. A lo largo de la última década, un grupo de alarmistas de alto perfil encabezado por Hansen ha publicado una serie de artículos y comentarios que sugieren que la comunidad científica ha subestimado significativamente el ritmo del calentamiento, que, según ellos, se ha acelerado más rápidamente de lo que la comunidad en general ha reconocido. Y que el hecho de que se esté acelerando tan rápidamente es una señal, según ellos, de que muchos modelos de predicción convencionales están calibrados erróneamente, de que nos dirigimos hacia un calentamiento mucho peor en las próximas décadas de lo que casi nadie aprecia. En los últimos meses, Hansen ha propuesto que este El Niño ofrecerá una prueba explícita de la tesis. En uno o dos años, espera, lo sabremos con certeza.
Otro desafío tiene que ver con la respuesta del público y la opinión pública. Hace una década, era sabiduría convencional entre quienes ponían más atención al cambio climático que un clima más extremo y los desastres climáticos en cascada elevarían inevitablemente la preocupación pública y, con ella, idealmente, la necesidad de una acción colectiva. Hoy, mientras arden incendios sin precedentes en los bosques del Sur arrasados por el huracán Helene, prevalece una nueva sabiduría convencional: que el público ha dejado atrás la ansiedad por el clima, agotada por el alarmismo de los años de Greta Thunberg y fijada ahora en una serie de pánicos sucesores, muchos de ellos no menos apocalípticos: primero sobre la covid y luego sobre la IA, sobre los celulares y las tasas de fertilidad y la desigualdad de ingresos y la crisis de la democracia estadounidense (por nombrar solo algunos).
En la política y en los medios de comunicación, es cierto, la preocupación por el clima ha disminuido y ha sido sustituida en los titulares por debates sobre la asequibilidad, historias sobre la demanda de electricidad de los centros de datos y una especie de triunfalismo energético simplista. Pero la opinión pública se ha mostrado sorprendentemente resistente, pues casi tantos estadounidenses dicen “preocuparse mucho” por el calentamiento como en los picos anteriores de 2017, justo después de la primera toma de posesión de Donald Trump, y de 2020, justo antes de la pandemia. La proporción es mayor que en cualquier año de las presidencias de Joe Biden, con su importante legislación climática y el desastre de los incendios forestales de Los Ángeles; de Barack Obama, con el huracán Sandy y el acuerdo de París, o de George W. Bush, con el huracán Katrina y Una verdad incómoda. Y aunque esas respuestas a la encuesta pueden parecer un poco huecas, dado la poca gente que realmente orienta su política en torno a la acción climática, tampoco está claro que el clima haya caído tanto como prioridad política liberal: en una encuesta de Pew realizada en agosto de 2020, después de los debates sobre el “Nuevo Acuerdo Verde” durante las primarias demócratas, el clima ocupaba el quinto lugar entre 12 temas entre los partidarios de Biden; en otra realizada en otoño de 2024, cuando había desaparecido casi por completo de la campaña electoral, el clima ocupaba el quinto lugar entre 10 temas.
¿Qué hará un super El Niño al acuerdo efectivo que ha prevalecido desde el final de las protestas climáticas y la condenada aprobación de la Ley de Reducción de la Inflación? En su Substack, McKibben predice que acabará rápidamente con la idea de que “el calentamiento global se ha acabado”, a medida que los estadounidenses se preocupen más por la velocidad a la que el mundo se dirige hacia puntos de inflexión irreversibles, en el Ártico, en la Amazonia, en el Atlántico. En la publicación sobre clima y energía Heatmap, Jeva Lange argumentó que, por el contrario, serían “malas noticias para la política climática”, sobre todo en Estados Unidos, donde muchos de los efectos de El Niño podrían parecer bastante benéficos a los observadores despreocupados: más lluvia en lugar de menos, por ejemplo, lo que pondría fin a la sequía récord que ahora asola gran parte de Estados Unidos y quizás limitaría los daños causados por los incendios forestales (entre otros efectos). Y luego está la eterna objeción de que El Niño es muy anterior al calentamiento global, que no es, estrictamente hablando, un fenómeno del calentamiento, y que causó muchos más daños humanos en el pasado de los que causará hoy.
¿Y yo? Depende muchísimo de la magnitud real de El Niño y de la escala y distribución concretas del sufrimiento que pueda desencadenar. En general, tiendo a pensar que los climatólogos sobrestiman el impacto político de las distintas catástrofes, y que procesamos incluso las catástrofes más alucinantes normalizándolas, como hemos hecho en los últimos años con los incendios forestales de Los Ángeles y Maui, las muertes masivas por calor en el noroeste del Pacífico y en el Hajj, y las inundaciones en lugares como España y Brasil, más allá de lo que se ha observado, en esos lugares, durante décadas. Sin embargo, durante la presidencia de Trump, aún más hostil a la preocupación por el clima que la anterior, y tras una guerra que ha ilustrado de forma inequívoca los peligros de la dependencia de los combustibles fósiles y ha disparado el precio de los alimentos y la energía, creo que un patrón de perturbaciones climáticas globales inequívocas podría hacer mucho para disipar nuestra aparente complacencia. Lo que venga después, como siempre, será tanto una cuestión de economía política como de clima.
Fuente: The New York Times
