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Encuesta Gallup-Diario Libre revela creciente pesimismo económico y mayor atención de los dominicanos a los asuntos públicos

Santo Domingo, 13 mayo. — La más reciente encuesta Gallup-Diario Libre refleja una sociedad dominicana cada vez más preocupada por la economía, más atenta a los acontecimientos nacionales e internacionales y menos fascinada por el ruido pasajero de las redes sociales.

Los resultados muestran no solo hábitos de consumo informativo, sino también un estado emocional colectivo marcado por la incertidumbre, la vigilancia y el desgaste económico.

El dato más contundente del estudio aparece en la percepción sobre la situación económica nacional. Un 62.9 % de los consultados considera negativa la economía del país. De ese total, un 22 % entiende que la situación es “muy mala”, mientras un 40.9 % la define simplemente como “mala”. En contraste, apenas un 21.6 % considera que la economía dominicana es “buena” o “muy buena”.

Sin embargo, cuando la evaluación se traslada del país hacia la situación personal y familiar, el panorama cambia ligeramente. La valoración negativa sobre la economía individual baja a 43.9 %, mientras las opiniones positivas ascienden a 30 %. A su vez, un 25.7 % afirma que su situación económica no es “ni buena ni mala”.

La diferencia entre ambas percepciones revela una paradoja importante. Muchos dominicanos consideran que el país atraviesa dificultades económicas serias, aunque no todos sienten que su economía personal haya colapsado con la misma intensidad.

El pesimismo parece más fuerte cuando se observa el panorama nacional que cuando se analiza la realidad doméstica inmediata.

Ese fenómeno suele aparecer en sociedades donde existe una combinación de inflación persistente, incertidumbre sobre el futuro y desgaste emocional colectivo.

Aunque diariamente se habla de crecimiento económico, récord turístico o estabilidad macroeconómica, gran parte de la población mide la realidad desde factores más concretos: el precio de los alimentos, el costo del transporte, los alquileres, la factura eléctrica y la dificultad creciente para ahorrar.

Otro aspecto revelador del estudio es el enorme peso de la categoría “mala” frente a “muy mala”. La mayoría de los ciudadanos no habla de derrumbe total ni de una crisis extrema, sino de una sensación constante de deterioro y pérdida gradual del poder adquisitivo. Predomina la percepción de una vida cada vez más costosa y exigente.

Ese sentimiento parece extenderse especialmente entre sectores de clase media y trabajadores asalariados que todavía conservan cierta estabilidad económica, pero sienten que el dinero rinde menos que antes. No necesariamente existe desesperación abierta, pero sí agotamiento, preocupación y una percepción de desgaste continuo.

También resulta significativo el crecimiento de las respuestas neutrales respecto a la situación económica personal. El 25.7 % que afirma estar “ni bien ni mal” refleja una sociedad que comienza a adaptarse a la incertidumbre.

Muchas personas no sienten bienestar económico pleno, pero tampoco consideran que hayan caído en una situación de colapso. Aprenden a sobrevivir dentro de un ambiente de inseguridad económica permanente.

La encuesta también revela un cambio importante en el interés ciudadano. Un 44.6 % de los consultados asegura tener “mucho interés” en los asuntos nacionales, mientras un 28.4 % afirma sentir gran atención por los temas internacionales.

Si se agrega el 19.2 % que dice tener “algún interés” en los acontecimientos mundiales, queda claro que la atención pública hacia la realidad internacional ha aumentado considerablemente.

En contraste, las tendencias y conversaciones virales de redes sociales parecen perder fuerza como principal foco de interés colectivo. Un 56.6 % asegura sentir poco o ningún interés por las tendencias digitales y contenidos virales.

Los resultados contradicen parcialmente la idea de una sociedad completamente absorbida por la banalidad digital.

La encuesta sugiere que, en momentos de incertidumbre económica y tensión social, las personas comienzan a concentrarse más en aquellos temas que pueden afectar directamente su estabilidad cotidiana: empleo, inflación, inseguridad, salud, educación y decisiones políticas.

Cuando el futuro parece incierto, los asuntos públicos dejan de percibirse como discusiones abstractas y pasan a verse como factores capaces de alterar la vida diaria. La ciudadanía se vuelve menos distraída y más vigilante.

República Dominicana tampoco aparece aislada dentro de esta tendencia. En buena parte de América Latina se observa desde hace años un crecimiento sostenido del pesimismo social y de la desconfianza hacia las instituciones.

Estudios regionales como Latinobarómetro muestran que, aunque la democracia sigue siendo respaldada como sistema político, aumenta simultáneamente la percepción de que los gobiernos no logran resolver los principales problemas económicos y sociales.

Países como Chile, Argentina, Perú, Colombia y México viven fenómenos similares. En algunos casos predominan la inflación, la inseguridad, la polarización política o el desgaste institucional. En todos se repite un patrón común: mientras mayor es la incertidumbre colectiva, mayor atención reciben los acontecimientos nacionales e internacionales.

La encuesta Gallup-Diario Libre parece indicar que República Dominicana comienza a moverse en esa misma dirección emocional.

Los dominicanos observan con más atención la política, la economía y los conflictos internacionales no necesariamente por entusiasmo cívico, sino porque sienten que esos acontecimientos condicionan cada vez más su estabilidad personal y familiar.

La principal lectura de estos resultados apunta a una sociedad que atraviesa un momento de vigilancia emocional, menos fascinada por el espectáculo digital y más concentrada en comprender un entorno económico y político que percibe cada vez más incierto.

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