La revolución de la IA te saturará de trabajo
Por Carl Benedikt Frey
Frey es economista de la Universidad de Oxford y autor del libro How Progress Ends: Technology, Innovation and the Fate of Nations.
Mi esposa y yo encontramos hace poco una rata en nuestro jardín. Normalmente habría llamado a un exterminador, pero en su lugar recurrí a ChatGPT, que me sugirió que instalara una trampa cebada con carne. Lo hice y sentí una pequeña oleada de satisfacción, la satisfacción de ocuparse de algo uno mismo, sin pagar a un profesional y sin esperar a que apareciera uno. (No funcionó. La rata ignoró la trampa).
La experiencia personal de un académico de Oxford no suele ser representativa, pero sé que no soy el único que últimamente se ha convertido en su propio exterminador, reparador o contador. Aproximadamente una cuarta parte de los estadounidenses recurrieron a la inteligencia artificial para que les ayudara a declarar sus impuestos. Un estudio de 1,1 millones de conversaciones de ChatGPT descubrió que casi tres cuartas partes de los mensajes no estaban relacionados con el trabajo. La gente recurría con más frecuencia a ChatGPT para obtener orientación práctica: sobre salud, reparaciones domésticas, decisiones financieras y otros asuntos sobre los que antes podía haber opinado o gestionado un profesional.
Se nos ha dicho que la IA le quitará el trabajo a la gente. Lo que nadie menciona es que muchos de esos empleos recaerán sobre nosotros. La revolución de la IA implica una enorme transferencia de mano de obra, no del trabajador a la máquina, sino del trabajador al consumidor. La capacidad de hacerlo todo nosotros mismos puede ser satisfactoria, pero puede sobrecargarnos gradualmente de trabajo sin que nos demos cuenta. Las tareas que antes delegábamos seguirán haciéndose. Simplemente saldrán de la fuerza de trabajo y se trasladarán al hogar como nuevas formas de trabajo invisible y no remunerado.
El movimiento hacia el autoservicio es una de las fuerzas más poderosas y menos apreciadas de la historia del trabajo. Consideremos la lavadora. En muchas ciudades del siglo XIX, el lavado de ropa era una de las principales ocupaciones de servicios urbanos y una de las más duras. El trabajo consistía en acarrear agua, cortar leña, hervir la ropa blanca en lejía y tallar cada prenda a mano en el lavadero, escurrir, secar, almidonar y planchar con pesadas planchas planas calentadas en una estufa. Consumía la mayor parte de una semana. Las lavanderas trabajaban en todas partes: incluso las familias que cocinaban y cosían por su cuenta le pagaban a alguien para que les lavara la ropa. En la década de 1880, cuando las lavanderas negras de Atlanta organizaron una huelga, la ropa blanca se amontonó y la ciudad se paralizó.
La lavadora, junto con la infraestructura que la hizo posible —agua corriente, electricidad, detergentes sintéticos— acabó gradualmente con ese mundo. Pero no acabó con el trabajo. Los clientes compraron máquinas y lavaron ellos mismos. La lavandera fue desplazada por sus antiguos clientes.
La historiadora Ruth Schwartz Cowan documentó otra ironía. El ama de casa acabó haciendo más trabajo doméstico, con más frecuencia, a un nivel más alto… y no remunerado. Los hombres dejaron de usar cuellos y puños desmontables, lo que significaba que había que lavar camisas enteras. La ropa de los niños se cambiaba a diario en lugar de semanalmente. La lavandera perdió su trabajo. El ama de casa ganó una tarea.
Ese patrón se ha repetido desde entonces. El autoservicio hace que escanear y embolsar sea tarea del comprador. Internet da a los viajeros acceso directo a los horarios de los vuelos y a las reseñas de los hoteles que antes eran controlados por los agentes. Los corredores de bolsa en línea ponen una terminal de transacciones en cada bolsillo. Y los celulares eliminan al cajero del banco y en su lugar te ponen a ti.
Estamos acostumbrados a ser nuestros propios asistentes de caja, agentes de viajes y cajeros. Manejar estas tareas nosotros mismos a menudo hace que nuestras vidas sean más eficientes. Pero la IA está extendiendo ahora la economía de las tareas a territorios que antes requerían años de formación, como el derecho y la medicina. En enero, más de 40 millones de personas de todo el mundo utilizaban ChatGPT a diario para cuestiones de salud, desde comprobar síntomas hasta descifrar facturas y luchar contra las aseguradoras.
Hay beneficios tangibles. Un hombre dijo que su familia utilizó Claude para reducir la factura de un hospital de 195.000 dólares a menos de 33.000, identificando cargos duplicados y errores de codificación. Un chatbot les proporcionó servicios de contabilidad a los que de otro modo no habrían tenido acceso. Cuando la lavadora se hizo lo suficientemente barata para la clase media, supuso una fuerza democratizadora. Millones de familias tuvieron acceso a ropa limpia en un horario regular. Lo mismo ocurre hoy en día.
Sin embargo, el autoservicio no reproduce automáticamente el criterio de un profesional. El especialista en facturación se fija en el código que al paciente no se le ocurrió cuestionar. El contador señala la deducción que el contribuyente no sabía que existía. La herramienta responde a lo que tú le preguntas, mientras que el experto te dice lo que tienes que preguntar. Ese es el intercambio de la IA: mayor acceso pero menor pericia.
En segundo lugar, ningún acto de autoservicio se siente como una gran carga. Notamos los honorarios del contador que no pagamos. Rara vez notamos la tarde que pasamos haciendo su trabajo. Esto tiene un nombre: descuido del costo de oportunidad, la tendencia bien documentada a pasar por alto el valor de aquello a lo que renunciamos cuando el costo es tiempo y no dinero.
A medida que más consumidores recurren a la IA, los profesionales pueden ser más difíciles de encontrar; es difícil encontrar una línea de caja con personal o una sucursal bancaria con un cajero.
Cuando el trabajo se traslada al consumidor, el trabajo desaparece de las estadísticas laborales. Una empresa puede sustituir a un empleado por una máquina o ceder la tarea al cliente; en ambos casos, ha desaparecido un trabajo remunerado. Si tú realizas el trabajo en tu casa, nadie te cuenta las horas. Por eso la revolución digital mejora la productividad laboral –y dispara las ganancias de las empresas– pero deja a la gente sobresaturada.
La lavandera desapareció de las estadísticas mucho antes de que desapareciera de la memoria. Muchos más oficios y profesiones están a punto de sufrir el mismo cambio. Puede que la revolución de la IA aún no te haya quitado el trabajo. Pero ya te ha puesto a trabajar.
Fuente: The New York Times
