Opinión

Beijing: la cumbre transaccional de Trump y Xi Jinping

Por Juan González

La cuestión de Taiwán y el conflicto entre Estados Unidos e Irán se han convertido en piezas clave en las negociaciones de Trump y Xi Jinping.

La reciente visita de Donald Trump a Beijing ha generado diversas lecturas en la prensa internacional. Algunos medios y líderes de opinión sostienen que el mandatario estadounidense no obtuvo resultados concretos frente a Xi Jinping; otros la interpretan como una señal de pérdida de influencia de Estados Unidos, al trasladarse al territorio de su principal rival sistémico.

Sin embargo, evaluar el alcance real de esta visita de Estado exige ir más allá de la coyuntura. La cita había sido pactada el pasado 30 de octubre en Busán, Corea del Sur, durante el encuentro que Trump y Xi Jinping sostuvieron al margen de la Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC). Desde la perspectiva del diseño ceremonial, el encuentro evoca inevitables paralelismos con la histórica visita de Estado que realizó el presidente Richard Nixon en 1972, cuando logró acercar a China a Estados Unidos para debilitar al bloque soviético. Pero, a diferencia de la diplomacia ideológica propia de la Guerra Fría, la cumbre de Beijing reveló un enfoque transaccional, ya que ambos líderes son conscientes de que las piezas de sus respectivos rompecabezas estratégicos, lejos de excluirse, se complementan de manera pragmática.

La postura oficial china fue amplificada por medios estatales como Global Times, que resaltó que Xi Jinping calificó la visita como histórica y trascendental. Igualmente, el referido medio destacó nociones como «respeto mutuo», «relación constructiva», «estabilidad estratégica» y «beneficio compartido», articulando una narrativa que proyecta paridad jerárquica entre Washington y Beijing.

Además, Xi Jinping expresó: «Mientras el presidente Trump espera hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, yo estoy dedicado a guiar al pueblo chino hacia la revitalización nacional», quedando plasmado en las palabras del anfitrión los intereses estratégicos de ambas superpotencias.

La declaración del mandatario chino fue refrendada por Donald Trump al sostener que «Estados Unidos y China son los países más importantes y poderosos del mundo» y que la cooperación entre ambas superpotencias genera beneficios mutuos. Esta correspondencia discursiva los sitúa en un plano de simetría estratégica y evidencia que se está consolidando un orden bipolar.

Detrás del diseño diplomático se dirimieron intereses económicos, tecnológicos y geopolíticos, por esta razón, la comitiva estadounidense estuvo integrada mayoritariamente por directivos de los sectores financiero y de tecnología de punta (tales como NVIDIA, Apple, Micron, Qualcomm, Tesla, BlackRock, Goldman Sachs, Visa o Mastercard).

En ese sentido, Donald Trump pidió a los líderes chinos una mayor apertura del sector tecnológico y financiero al capital estadounidense, debido a las fuertes restricciones que aún enfrentan los inversionistas extranjeros en esas áreas. Igualmente, solicitó una mayor flexibilidad del mercado chino para reducir el amplio déficit comercial, que el año pasado se situó en 202 mil millones de dólares, su nivel más bajo en las últimas dos décadas, aunque todavía considerablemente elevado.

También el presidente Trump solicitó que China aumente la compra de productos estadounidenses, especialmente agrícolas, como la soya, y combustibles fósiles, como el gas y el petróleo. Además, solicitó una flexibilización en la exportación de tierras raras, dado que China controla alrededor del 70 % de la producción mundial y cerca del 90 % del procesamiento y la fabricación de imanes clave para las cadenas de suministro de la industria de alta tecnología. También, China se comprometió a comprar alrededor de 200 aviones Boeing sujeto a que Estados Unidos.

Mientras, los líderes chinos pusieron sobre la mesa la flexibilización de licencias para adquirir semiconductores avanzados, clave para el desarrollo de la inteligencia artificial, como los H200 que diseña Nvidia. Asimismo, China reclama que Estados Unidos levante las restricciones a la exportación de los motores LEAP-1C turbofán, indispensables para impulsar su industria de aviación comercial, segmento dominado por Boeing y Airbus en los aviones de pasajeros de pasillo único y de fuselaje ancho. Aunque el avión modelo C919 ya opera comercialmente en el mercado interno, la madurez de la industria aeronáutica china sigue cautiva de la tecnología occidental.

El economista y asesor del gobierno chino, Bai Chongen, en una entrevista especial con el periódico hongkonés South China Morning Post, sostuvo que su país aún mantiene una brecha tecnológica frente a Estados Unidos. A su juicio, esto se debe a que, a diferencia de Estados Unidos, China todavía no cuenta con una amplia red de universidades de élite capaces de generar contribuciones fundamentales al desarrollo científico y tecnológico. Además, carece de una política suficientemente sólida para atraer jóvenes talentos de distintos países, fortalecer la innovación tecnológica y consolidar un mercado de capitales más robusto.

Por ende, Washington utiliza la asimetría a su favor en el área de semiconductores para forzar la apertura de los sectores más protegidos de la economía china: el financiero y el de inversiones tecnológicas. Al remover las restricciones regulatorias a cambio del acceso condicionado componente avanzado, las corporaciones estadounidenses obtienen por esta vía la inserción directa en el tejido económico interno de la República Popular China.

Este pragmatismo comercial se entrelaza directamente con los intereses geopolíticos. Durante la Guerra Fría, lo que institucionalizó formalmente el mundo en dos bloques rígidos no fue solamente la retórica ideológica, sino también la gestión directa de la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962. La tensión extrema, provocada por el despliegue previo de misiles de alcance intermedio por parte de Estados Unidos en Turquía y el subsiguiente emplazamiento soviético en Cuba, solo halló solución cuando ambas superpotencias apartaron a sus respectivos aliados y se sentaron a pactar, bilateralmente, las reglas de su coexistencia en el orden internacional.

Para Beijing, Taiwán es el asunto más sensible con Washington. En la cumbre, Xi Jinping preguntó: “¿Podrán China y Estados Unidos superar la trampa de Tucídides y forjar un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?”. La interrogante revela el temor a una confrontación militar por Taiwán, agravado desde que la primera ministra japonesa Sanae Takaichi declaró en noviembre de 2025 que un ataque chino contra la isla constituiría una “situación que amenaza la supervivencia” de Japón, lo que obligaría a Tokio a intervenir para garantizar la libre navegación en el estrecho de Taiwán.

En el escenario actual, la cuestión de Taiwán y el conflicto entre Estados Unidos e Irán se han convertido en piezas clave en las negociaciones de Trump y Xi Jinping.El presidente Donald Trump declaró que el líder chino, Xi Jinping, se ofreció a cooperar en las negociaciones para poner fin al conflicto con Irán. Y que, además, se comprometió a garantizar la apertura y estabilidad del Estrecho de Ormuz. Como contrapartida estratégica, tras partir de China, el mandatario estadounidense confirmó que la ejecución de la venta de armamento a Taiwán, valorada en más de 14 mil millones de dólares, se encuentra actualmente en suspenso y supeditada a la evolución de los compromisos bilaterales asumidos con Beijing.

China y Estados Unidos encaran la necesidad de gestionar sus diferencias, a fin de garantizar la estabilidad del sistema internacional. Desde el enfoque neorrealista formulado por Kenneth Waltz, la consolidación de un orden bipolar mitiga la incertidumbre sistémica al simplificar el cálculo estratégico de las superpotencias. A diferencia de las configuraciones multipolares, cuya dinámica alberga una tendencia inherente a la inestabilidad, al caos y al conflicto debido a la complejidad de conciliar múltiples intereses estratégicos. La evidencia histórica de los últimos 500 años demuestra que las mayores conflagraciones globales se han producido bajo sistemas multipolares, como lo ilustran la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

En conclusión, mientras Washington y Beijing están dando forma a un orden internacional bipolar y transaccional, los países que quedan bajo sus respectivas esferas de influencia tendrán cada vez menos margen de maniobra frente a los conflictos que surjan entre ambas superpotencias. Por tal motivo, los líderes mundiales deberán actuar con prudencia, cautela y ecuanimidad ante las decisiones de Estados Unidos y China, porque, como advierte el experto británico en Relaciones Internacionales Robin Niblett, estamos volviendo a una nueva Guerra Fría.

Comentarios
Difundelo