Los trofeos de los partidos políticos
Marino Beriguete
Hay partidos que coleccionan imputados como otros coleccionan copas antiguas, fotografías firmadas o medallas de guerra. Los exhiben con una mezcla extraña de resignación y orgullo, como si cada dirigente señalado por corrupción fuese una cicatriz heroica y no una sospecha vergonzosa. A veces hablan de persecución política antes de explicar el expediente. Otras veces guardan silencio, que es una forma elegante de esconder la basura debajo de la alfombra mientras la casa sigue llena de invitados.
La política moderna tiene un problema de higiene moral. No basta con repetir discursos sobre transparencia en una tarima llena de banderas y aplausos. La gente mira alrededor. Observa quién acompaña al líder, quién aparece en las fotos, quién ocupa la primera fila y quién entra por la puerta trasera cuando llegan las preguntas incómodas. El ciudadano ya no vota solamente un programa. También vota por un círculo, una conducta y una reputación.
Por eso todos los partidos deberían apartar de inmediato a cualquier miembro con procesos abiertos por corrupción contra el Estado. No porque todos sean culpables antes de un juicio, sino porque el servicio público exige una responsabilidad más alta que la simple presunción de inocencia. Quien administra dinero de todos debe entender que la confianza también es un patrimonio público.
Cuando un partido protege dirigentes sospechosos, termina pareciéndose a una familia que defiende al primo ladrón durante la cena de Navidad. Nadie ignora lo ocurrido, pero todos prefieren mirar el techo para evitar el escándalo. El problema es que el país entero paga esa cena.
Después los líderes se sorprenden de que la ciudadanía desconfíe, se aleje de las urnas y mire a la política como una organización dedicada al saqueo elegante. Y quizá el error comenzó cuando confundieron la lealtad con encubrir compañeros y la decencia con una simple estrategia electoral.
Un dirigente honesto debería sentir vergüenza de compartir escenario con alguien señalado por robar escuelas. La corrupción no es un accidente administrativo. Es una forma de despreciar al ciudadano que trabaja, paga impuestos y espera servicios dignos. Por eso, cada vez que un partido conserva a uno de esos trofeos humanos, pierde algo más importante que una elección. Pierde autoridad moral ante su pueblo.
Demuéstrame que estoy equivocado.
