Por un nuevo sistema electoral
Por Juan Llado
Los partidos políticos tienen una reputación muy cuestionada. Tanto la población dominicana como la del resto de America Latina registran una escasísima confianza en ellos. A eso se le suma el descredito de que no están resolviendo los grandes problemas del desarrollo nacional. Tal situación es suficiente para cuestionarnos si el sistema electoral vigente debe seguir con el diseño organizacional actual o si, por el contrario, debemos embarcarnos en una búsqueda de un sustituto que resuelva. Con el embeleso eterno del que simpatiza con las utopías, más abajo se propone un ejemplo de una alternativa.
La imagen de los partidos no podría ser más indeseable. En el 2024 Latinobarómetro reportó que “solo un 17% de los latinoamericanos declaro tener “mucha” o “algo” de confianza en los partidos políticos.” (Para nuestro pais ese informe cifró el nivel de confianza en un 28%.) “Esto convierte a los partidos en la institución peor evaluada de la democracia latinoamericana, por debajo incluso de congresos, gobiernos y sistemas judiciales.” Amplios sectores de la población consideran que los partidos no representan a la ciudadanía, defienden intereses propios y están asociados a corrupción, clientelismo e ineficiencia. Distan de concentrarse en conquistar el bienestar de la población, aunque esa sea su misión institucional.
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En la presente coyuntura nacional, el accionar de los partidos prácticamente no aborda los graves problemas que actúan de retranca al desarrollo. La gráfica adjunta muestra, a guisa de ejemplo, una retahíla de entuertos que deben resolverse o eliminarse para avanzar hacia el progreso. Tomados en su conjunto dan la impresión de que el sistema electoral ha devenido en una decrepitud institucional. Para colmo, y aunque el partido de gobierno muestra cierta proactividad hacia ellos, los partidos de oposición se decantan repetida y exclusivamente con diatribas y maledicencia que critican la gestión de gobierno. Estos últimos nunca presentan propuestas de solución a los atascos nacionales, una falencia que los inculpa frente a una ciudadanía sedienta de realizaciones.
La hipótesis aplicable es que tal empantanamiento se deriva de la motivación que nuestra cultura política ha entronizado entre la dirigencia y la militancia de los partidos. Los partidos y su militancia simplemente emulan al empresariado: mientras este último actúa socialmente motivado por el afán de lucro, la gran mayoria de los miembros de los partidos son motivados por lo mismo. No es que el afán de lucro sea esencialmente deleznable. Es más bien que en el accionar partidario debe primar el altruismo patriótico, el deseo de contribuir pro bono al desarrollo del lar nativo. Es dable estimar que menos de un 10% de los militantes son movidos por esa nobleza y casi todo el que se afilia a un partido “busca lo suyo”. No se generan propuestas de solución efectiva a los problemas nacionales porque estos se perciben como problemas del otro. El egoísmo ontológico impone una actuación egocéntrica.
Algunos dirán que eso no es así, que para eso están los famosos “programas de gobierno”. Pero en una coyuntura nacional donde no afloran marcos ideológicos que orienten esos programas, no sorprende que la costumbre sea prepararlos para descartarlos. Los que asumen el gobierno se circunscriben a responder a desafíos circunstanciales con medidas terapéuticas que, a veces, producen avances puntuales. Eso dista mucho del respaldo unánime o mayoritario que se requiere para que algunas de las medidas más truculentas puedan ser aplicadas. Por eso tareas pendientes como la de la reforma fiscal se esquivan reiteradamente a pesar de existir un amplio consenso en la percepción de su urgente necesidad. Ni siquiera en materia de política migratoria se ha podido lograr una unidad monolítica entre los grandes partidos.
¿Qué nuevo diseño organizacional podría reemplazar al actual para defenestrar los actuales entuertos? Las leyes de partidos (No.33-18) y electoral (No.20-23) son piezas que establecen y regulan el actual diseño y, en consecuencia, no se le puede pedir a ellas un modelo alternativo. Se requiere pensar “fuera del cajón” para buscar un reemplazo digno (y hasta acudir a la IA para que nos ayude a encontrarlo). De ahí que una reconfiguración del sistema político deba abordarse con la vehemencia de una guerra santa. Lo que se necesita no son parchos a las leyes del sistema político vigente sino una conceptualización nueva que redima la misión de los partidos y la encamine hacia el altruismo patriótico. Sin que se necesite una brújula ideológica revolucionaria es posible lograr esa reconfiguración en el marco del régimen democrático y economía de mercado que predomina actualmente.
La premisa fundamental del nuevo modelo debe ser el altruismo patriótico. En consonancia con tal objetivo el nuevo modelo debe concentrarse en establecer un esquema de participación electoral de los partidos en el que las propuestas de solución a los problemas nacionales sean la base de la competencia por el poder. Atrás debe quedar el cansado expediente de la critica destructiva contra el gobierno de turno y las rebatiñas entre las diferentes organizaciones políticas. Los partidos deben, como primer paso, dedicarse a generar propuestas de solución que compitan entre si y que, al final, sean las mejores las que eventualmente adopte el colectivo del sistema político.
Engarzado en un calendario electoral adecuado, por ejemplo, los partidos deberían generar, mediante los procesos internaos que elijan, propuestas de solución para diez problemáticas de desarrollo principales. (Como prueba piloto, pretender que las hagan sobre las temáticas de los 23 ministerios existentes complicaría demasiado el proceso.) La Junta Central Electoral recibiría las propuestas y procedería a someterlas a la consideración de dos instancias: primero la de un grupo de cinco expertos en la materia de que se trate –refrendada la selección por los tres principales partidos– y luego al electorado general a través de votaciones digitales (como se hace en Estonia). En cada temática el electorado escogería la propuesta predilecta entre las presentadas por los partidos, pero la boleta de votación indicaría la propuesta recomendada por los expertos. El elector conocería esa solución y la contrastaría con la de cada partido hasta elegir la que más le atraiga.
De tal manera que gobernaría entonces aquel o aquellos partidos que han recibido el mayor endoso de los votantes. Es decir, el ganador de las elecciones sería el partido a quien los votantes le hayan aprobado la mayoria de las propuestas de solución a los problemas. La alternativa seria un gobierno colegiado entre los tres partidos de mayor votación, dividiendo los ministerios de acuerdo con las aprobaciones que provengan de los votantes. Si un partido ganó el mayor endoso en materia de salud y educación, por ejemplo, a ese partido se le asignaría la responsabilidad por los ministerios correspondientes. Por supuesto, su gestión observaría la limitación vigente en cuanto al periodo de gobierno.
Con la reconfiguración propuesta los partidos podrían recobrar su dignidad y la confianza del electorado. El esquema aquí propuesto destierra el afán de lucro como motivación principal de la participación política partidaria. Impondría a los partidos el deber de ejercer el altruismo patriótico sin dejar de aspirar a la conducción de los asuntos nacionales. Así los partidos cumplirían con la función sacrosanta de proveer una tutela del desarrollo nacional que se base en soluciones y no en las diatribas políticas. La IA está ahí ahora para ayudarnos a fortalecer nuestra democracia con un sistema electoral que avance nuestro desarrollo.
