La trinchera

El visitante que nadie espera con tranquilidad

Cada vez que se anuncia la llegada de una misión técnica del Fondo Monetario Internacional (FMI) a República Dominicana, más de uno siente un escalofrío. No importa cuántas veces se repita que se trata de una visita rutinaria, de seguimiento o de simple intercambio técnico. El FMI tiene esa peculiar capacidad de provocar nerviosismo antes incluso de emitir una sola recomendación. Como diría una apreciada amiga: “el horno no está para galletitas”.

Esta vez la delegación ya inició reuniones con el gobernador del Banco Central, Héctor Valdez Albizu, y el ministro de Hacienda, Magín Díaz, acompañados de sus respectivos equipos técnicos. No está del todo claro si se trata de una misión vinculada al tradicional Artículo IV del convenio con el organismo o de una modalidad denominada Staff Visit, una visita de trabajo con objetivos más específicos. Pero más allá de la etiqueta, el contexto internacional obliga a prestar atención.

Optimismo oficial versus realidad fiscal

El escenario global está marcado por la incertidumbre económica derivada de las tensiones geopolíticas en Medio Oriente. La prolongación del conflicto y las dudas sobre un eventual cese al fuego mantienen en permanente volatilidad los precios internacionales del petróleo, una variable especialmente sensible para economías importadoras de energía como la dominicana.

Frente a ese panorama, las autoridades han optado por presentar la mejor cara posible. El gobernador del Banco Central destacó ante la misión el crecimiento interanual de 4 % registrado durante los primeros cuatro meses del año, insistiendo además en la ya conocida resiliencia de la economía dominicana.

Y ciertamente hay números que respaldan parte de ese optimismo. Sectores como la minería han contribuido significativamente al crecimiento. Aunque resulta inevitable señalar una contradicción llamativa: mientras se exhibe la minería como locomotora económica, simultáneamente se suspenden proyectos de exploración como el yacimiento de Los Romero, en San Juan de la Maguana, una decisión que limita precisamente el desarrollo futuro de ese sector.

La fotografía económica, además, tiene zonas menos favorecedoras que suelen aparecer en letra pequeña.

Las cifras que también verá el Fondo

Sería ingenuo pensar que la misión del FMI solo escuchará los indicadores positivos. Los técnicos del organismo tienen la incómoda costumbre de revisar también aquello que los discursos oficiales prefieren mencionar de pasada.

Por ejemplo, la inflación interanual alcanzó 5.11 % en abril, reflejando presiones que todavía no terminan de disiparse. Más preocupante aún es el peso de la deuda pública consolidada, que ya supera los 82 mil millones de dólares, equivalente a más de 61 % del Producto Interno Bruto.

A ello se suma un problema crónico que parece inmune a cualquier tratamiento: el sector eléctrico. Durante los primeros cuatro meses del año, el subsidio eléctrico ya ronda los 50 mil millones de pesos, después de haber superado los 105 mil millones durante 2025.

Como si fuera poco, el conflicto entre Estados Unidos e Irán ha obligado al Gobierno a destinar recursos adicionales para evitar aumentos más pronunciados en los combustibles. El subsidio acumulado ya supera ampliamente las partidas originalmente contempladas en el presupuesto, sobrepasando los 18 mil millones de pesos.

No son cifras menores. Son precisamente los números que suelen encender las alarmas de los organismos financieros internacionales.

El fantasma de la reforma fiscal

La misión sostendrá reuniones con autoridades, empresarios y otros actores económicos antes de emitir sus conclusiones. Y si la experiencia sirve de guía, el libreto es conocido: primero llegan los elogios al crecimiento, luego aparecen las observaciones sobre sostenibilidad fiscal y finalmente resurgen las recomendaciones sobre reformas estructurales.

Entre ellas, la madre de todas las controversias: la reforma fiscal.

Los rumores sobre una posible iniciativa gubernamental vuelven a circular. No sería la primera vez. En al menos tres ocasiones recientes el Gobierno ha evaluado impulsar cambios tributarios de amplio alcance, pero ha terminado retrocediendo ante la presión social y política.

Sin embargo, el margen de maniobra parece cada vez más estrecho. La necesidad de recursos continúa creciendo mientras las fuentes tradicionales de financiamiento muestran señales de agotamiento. El elevado peso de la deuda limita la capacidad de seguir recurriendo al endeudamiento externo como solución permanente.

Los caminos que quedan

La gran interrogante es qué alternativas tiene realmente el país.

Las opciones no son infinitas. Mantener subsidios crecientes, aumentar deuda y posponer reformas puede resultar políticamente cómodo en el corto plazo, pero económicamente costoso a mediano plazo. Por otro lado, impulsar una reforma fiscal sin construir consensos sociales podría generar un rechazo similar al observado en intentos anteriores.

Existe una tercera vía, aunque requiere voluntad política: mejorar la calidad del gasto público, combatir con mayor eficacia la evasión fiscal, racionalizar subsidios y priorizar inversiones que generen crecimiento sostenible.

La visita del FMI no implica necesariamente una crisis inminente. Pero tampoco debería interpretarse como una simple formalidad burocrática. Cuando el Fondo se sienta a revisar números, suele estar buscando respuestas a preguntas que tarde o temprano el país también tendrá que responder.

Y en esta ocasión, más que crecimiento, la discusión parece girar alrededor de algo mucho más importante: quién pagará la factura de los desequilibrios acumulados.

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