La Historia de un Barrio que Despertó
Por Milton Olivo
Durante muchos años, el barrio de los Tres Brazos en Santo Domingo Este, Costa del Faro parecía condenado al abandono. Cada mañana, decenas de hombres y mujeres salían temprano en busca de trabajo. Algunos regresaban con buenas noticias, pero la mayoría volvía con la misma respuesta:
—No hay vacantes.
Los jóvenes pasaban largas horas sentados en las esquinas hablando de marcharse del país porque no encontraban oportunidades. Las madres hacían milagros para alimentar a sus familias, mientras los pequeños negocios luchaban por sobrevivir.
Una tarde, don Rafael, un viejo maestro del barrio, reunió a varios vecinos en el parque.
—Todos los días hablamos de lo que nos falta —dijo—, pero nunca hablamos de lo que tenemos.
Los presentes se miraron extrañados.
—¿Y qué tenemos? —preguntó Juana, propietaria de una pequeña cafetería.
—Tenemos manos para trabajar, ideas para emprender y una comunidad llena de talento.
Algunos sonrieron con incredulidad. Sin embargo, aquella conversación sembró una semilla. Los vecinos comenzaron a reunirse cada semana.
Descubrieron que Pedro sabía reparar motores. María elaboraba dulces exquisitos. Ana confeccionaba uniformes escolares. Luis dominaba el diseño gráfico. Don Ramón cultivaba vegetales en el patio de su casa.
Poco a poco comprendieron que la riqueza no estaba lejos. La riqueza estaba entre ellos. Decidieron organizar una feria comunitaria para vender productos y servicios del barrio.
La primera fue pequeña. Pero ocurrió algo inesperado. Los vecinos comenzaron a comprarle a los vecinos. Los dulces de María se agotaron. Los uniformes de Ana recibieron numerosos pedidos. Pedro abrió un pequeño taller. Juana empezó a vender más café y alimentos. Y la mayoría comenzó a producir alimentos en sus patios y balcones y azoteas.
Cada negocio que crecía generaba nuevos clientes para los demás. Lo que comenzó como una feria terminó convirtiéndose en una red de emprendedores.
Meses después, lograron crear un fondo comunitario para apoyar nuevas iniciativas. Con ese apoyo nació una panadería. Luego una pequeña fábrica de muebles. Después una empresa de reciclaje. Más tarde un centro de capacitación técnica para jóvenes.
Los empleos comenzaron a multiplicarse. Las familias mejoraron sus ingresos. Los jóvenes dejaron de pensar en irse y comenzaron a pensar en construir. Los negocios prosperaron. Las calles se llenaron de actividad. La esperanza regresó al barrio.
Años después, cuando periodistas y visitantes llegaban para conocer el secreto del éxito de Los Tres Brazos, siempre hacían la misma pregunta:
—¿Cuál fue la gran inversión que transformó este lugar?
Y don Rafael, ya con el cabello completamente blanco, respondía sonriendo:
—La mayor inversión fue creer en nosotros mismos.
Porque los empleos nacieron cuando las personas decidieron producir. Los ingresos crecieron cuando comenzaron a emprender. Los emprendedores florecieron cuando recibieron apoyo.
Y los pequeños negocios prosperaron cuando la comunidad entendió que el desarrollo no llega de afuera hacia adentro. El desarrollo comienza cuando un pueblo descubre el tesoro que siempre ha llevado dentro.
Y ese tesoro son sus propias personas.
*El autor es escritor, pre candidato a la Secretaria General Nacional –PRM
