Ruy Sánchez pinta con palabras a Anna Ajmátova, una poeta en busca de su voz

Ciudad de México, 21 nov (EFE).- Con la sensibilidad de un pintor impresionista, el escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez desvela en su libro más reciente, «El expediente de Anna Ajmátova», la imagen luminosa de una poeta tenaz, perseverante en busca de su voz.

«Es una novela, no solo sobre su lucha contra la adversidad, sino de la lucha de anna por crear su voz, que refuerza su alma y le da la fuerza para soportar lo demás. esa búsqueda de una voz poética es una manera de estar en el mundo», dice este domingo el autor en entrevista a efe.

La obra, editada por el sello Alfaguara, comienza con un acto de honestidad de la agente de policía Vera Tamara Beridze, encargada por Joseph Stalin para vigilar a Anna. La espía siente cómo los sueños de Ajmátova (1889-1966) se meten en los suyos y eso le impide hacer su trabajo.

Poeta frustrado, aunque buen lector de los clásicos de su país, de Honoré de Balzac, Charles Dickens, Víctor Hugo y Émile Zola, antes de convertirse en el déspota que fue, Stalin se aparece en un taller literario. Allí conoce a Anna y queda rendido, pero al leer su poema lo ridiculizan.

Ruy Sánchez cuenta cuando, ya en el poder, el sátrapa manda a asesinar a quienes lo negaron, pero hace una excepción. A la poeta prefiere hostigarla, prohibirle publicar y mantenerla viva para que vea la muerte de sus amigos.

Vera Tamara, que antes apareció en la novela «Los sueños de la serpiente» de Ruy Sánchez, tiene la misión de averiguar cómo logra Anna que la publiquen en el extranjero cuando desde la autoridad se busca ejercer un control absoluto sobre ella. La poeta lo consigue con una burla inteligente que la espía jamás delata.

«Esa historia es bella, una historia de ingenio, es el silencio que habla, pero lo que me importó fue la fuerza poética de adentro para poder hacer eso; no cualquiera lo haría, no cualquiera pensaría que vale la pena correr el riesgo, que en su caso fue grande».

Al liberar el expediente de Anna Ajmátova, Alberto Ruy Sánchez emprende un viaje en el que desvela la personalidad paranoica de Stalin, los detalles del mundo literario de Rusia en los inicios del siglo pasado y capítulos de la vida de la poeta, entre ellos un romance sísmico y fugaz con el artista italiano Amedeo Modigliani.

«Lo que traté en esa sección del libro fue ser fiel al testimonio de Anna sobre Modigliani. Con él y también con su marido (el poeta Nicolai Gumilyov). Ella defiende al hombre tratando de demostrar que no era fácil de ser abusada y que había en ellos, a pesar del machismo, unas cualidades que hacían que ella pudiera crecer», agrega.

La fama de mujeriego y vicioso del pintor se desvanece en el libro. Al lado de Anna, el genio fue un tipo solitario, buen amante, para quien caminar fue una forma de adorarse.

«Ella se empeña en mostrar una figura de Modigliani distinta al mito. Da una imagen de él que es lo que ella vivió durante el mes y pico de la relación y yo soy fiel a eso», confiesa.

Con capítulos cortos, la novela se puede leer a sorbos como quien bebe un café. El libro tiene de ensayo, de poesía y de reportaje, algo usual en un autor desinteresado en los géneros. Al pintar a Anna con su prosa, es posible recordar el cuadro de algún impresionista, esos artistas que experimentan con la luz.

«Ella me pareció una mujer fascinante. Y me pareció ejemplar la rebeldía que fue encarnando, la resistencia, la manera de darle vuelta al ingenio para burlar las prohibiciones», explica.

Hacia el final, la novela muestra el retrato de Anna hecho por Nathan Altman en 1914, que también es portada del libro. Con un vestido largo, azul, con un escote atenuado por dos bandas de tela blanca que adelgazan sus hombros, su cuello largo hace geometría con la clavícula

Ruy Sánchez fue menos cubista con su prosa. Desveló a una mujer luminosa, obsesionada con encontrar su voz poética mientras en el mundo de fuera un abusivo comunista la hostiga y repite lo que años atrás hicieron los fascistas.

«Pareciera ser que tiene que ver con un sistema, pero no es así. Cada uno tiene un síndrome patológico agudo, el autoritario, abusivo, adorado por las masas, lo cual quiere decir que la solución no está en ir de la izquierda a la derecha, sino en no dejarse embrujar por la seducción del autoritario», concluye.

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