Acabo de regresar de China. No estamos ganando
Por Steven Rattner
Rattner, colaborador habitual de la sección de Opinión, fue asesor del secretario del Tesoro en el gobierno de Barack Obama.
The New York Times
Hace unas semanas, en Nueva York, estaba sentado en una cena organizada para debatir sobre el comercio estadounidense cuando la conversación giró rápidamente hacia China. Expertos bien acreditados adoptaron posturas opuestas: algunos apoyaban las posturas fuertes y agresivas del presidente Donald Trump, mientras que otros abogaban por un enfoque menos conflictivo y más convencional.
No soy un experto en comercio, pero durante años he invertido en China y acababa de regresar de una visita que duró una semana. Finalmente, reuní valor y sugerí que ninguno de los dos enfoques funcionaría. China es un rival demasiado formidable —además de una potencia manufacturera fundamental— como para ser frenada por la diplomacia o por un cambio agresivo de política. La única solución real es poner orden en nuestra casa y vencer a China en su propio juego.
La necesidad de hacerlo no hace más que aumentar, porque la conmoción del primer año de mandato de Trump ha hecho retroceder a Estados Unidos. Además de la fabricación, China está amenazando la preeminencia de Estados Unidos en una serie de sectores de rápido crecimiento, como la inteligencia artificial y el desarrollo de fármacos. Mientras Tump ha intentado recortar nuestro gasto en funciones gubernamentales importantes como la investigación básica, China las ha convertido en prioridades nacionales.
El progreso de China en inteligencia artificial (IA) ha sido asombroso. Aunque sigue estando por detrás de Estados Unidos en cuanto a chips semiconductores de vanguardia, China tiene abundancia de otro ingrediente clave del éxito de la IA: la energía. Tiene más del doble de nuestra capacidad de generación, y algunos de sus centros de datos pagan la mitad que los nuestros por la energía.
Eso le ha ayudado a desarrollar productos como Manus con una velocidad excepcional. Se trata de un agente de IA con un rendimiento que rivaliza con el de ChatGPT, y que fue vendido a Meta por más de 2000 millones de dólares poco después de mi visita.
El capital humano es un ingrediente clave del éxito de China. Me reuní con innumerables jóvenes empresarios cuya energía e inteligencia igualaban al menos a las de sus homólogos de Silicon Valley, incluido un multimillonario que aún duerme en su oficina.
A pesar de todas las bravatas arancelarias de Trump, no estamos ganando esta guerra comercial. El gigante asiático sigue siendo el mayor exportador del mundo, y su superávit comercial alcanzó la cifra récord de 1,2 billones de dólares el año pasado. Ese aumento global sugiere que muchos productos chinos simplemente pasan por países intermediarios antes de llegar a tierra estadounidense. Con aranceles o sin ellos, todo el mundo necesita productos chinos.
Pensemos en los coches. Durante mi viaje, visité Xiaomi, un fabricante de celulares y productos electrónicos que anunció su entrada en el sector de los vehículos eléctricos hace apenas cinco años. En unas instalaciones casi desprovistas de seres humanos, enormes criaturas mecánicas que parecían dinosaurios robóticos instalaban sin esfuerzo los paneles de aluminio en su sitio mientras los coches avanzaban por la línea. En el vestíbulo había un deportivo amarillo que podría confundirse fácilmente con un Porsche.
Visité una empresa de robótica donde lo que parecían juguetes infantiles de plástico correteaban por el suelo, demostrando el progreso de la empresa hacia la construcción de humanoides que podrían sustituir a los humanos en determinadas tareas. (En 2024, China instaló casi nueve veces más robots industriales que Estados Unidos).
Después de una visita, el director ejecutivo de Ford, Jim Farley, declaró el verano pasado que la tecnología de los vehículos de China era “muy superior” a la de los modelos estadounidenses y describió el progreso chino como “lo más aleccionador que he visto nunca”. Casualmente —o no—, Ford detuvo hace poco la producción de su camioneta eléctrica F-150 y amortizó por 19.500 millones de dólares sus esfuerzos en materia de vehículos eléctricos.
Luego está el desarrollo de fármacos. Hace solo unos años, China seguía concediendo licencias para muchos de sus productos farmacéuticos a empresas extranjeras. Ahora licencia más fármacos a otros países que los que licencia de ellos, y ha superado a Estados Unidos en número de ensayos clínicos.
Por supuesto, China aún enfrenta desafíos. Las consecuencias de una burbuja inmobiliaria que sigue desinflándose continúan su propagación. En parte como consecuencia de eso, los consumidores aún no han abierto sus billeteras. Con la ralentización del crecimiento, el desempleo juvenil aumentó hasta casi el 20 por ciento (y solo ha retrocedido ligeramente). La inversión ha caído.
Todo ello se suma al hecho de que existen dos economías chinas: una economía nacional aletargada y el coloso que domina la industria manufacturera mundial al tiempo que progresa extraordinariamente en campos de rápido crecimiento y orientados a la tecnología, que durante mucho tiempo han estado liderados por Estados Unidos.
China ha logrado este éxito en parte gracias a su modelo de capitalismo dirigido por el Estado. Cuando el gobierno se dio cuenta de que estaba perdiendo la carrera de la inteligencia artificial, dejó claro que ponerse al día era una prioridad nacional y lo respaldó con dinero, exenciones normativas y el desarrollo de enormes cantidades de capacidad de generación de electricidad. Y ahora podemos ver los resultados.
Competir con China será difícil en las mejores circunstancias. Está claro que tenemos que replantearnos nuestra política industrial: la forma en que podemos desplegar los recursos de nuestro gobierno para apoyar industrias de importancia estratégica, que es nuestra versión del capitalismo dirigido por el Estado. Desafortunadamente, las políticas incoherentes del gobierno de Trump están creando una serie de circunstancias realmente malas.
Para empezar, necesitamos revertir los recortes que Trump ha hecho a las inversiones en ciencia y otras áreas.
Y aunque soy muy escéptico sobre la capacidad de un gobierno democrático para elegir a los ganadores, ya no podemos permitirnos el lujo de dejar a Washington al margen. En particular, deberíamos enfocarnos en las industrias del futuro, muchas de ellas relacionadas con la tecnología, y disminuir el énfasis de Trump en la fabricación tradicional de doblado de metales. Por ejemplo, gracias a la Ley de Chips y Ciencia aprobada bajo la presidencia de Joe Biden, se están construyendo enormes fábricas de semiconductores en Arizona y otros lugares.
La reorientación del gobierno va más allá del gasto. Carecemos de minerales críticos no porque sean raros, sino porque es muy difícil conseguir permisos para nuevas minas e instalaciones de procesamiento. Seguro que podemos encontrar la manera de desarrollar nuestras capacidades mineras sin comprometer unas normas medioambientales razonables.
Lo que Trump debería aprender —como todos los demás— es que no vamos a vencer a China si imponemos aranceles o intentamos negociar acuerdos comerciales que China probablemente violaría. (Es importante señalar que una política industrial sólida no significa tomar participaciones en empresas o exigir regalías, como ha estado haciendo el gobierno de Trump).
Para superar a China hay que empezar en casa, hay que poner en orden nuestra propia economía, un reto que también debería motivar a Trump a replantearse una amplia gama de sus políticas.
The New York Times

