Concluye un cuarto de siglo
Flavio Darío Espinal
Acaba de concluir no sólo un año y un lustro, sino también un cuarto de siglo, el primer gran tramo del siglo XXI. El cierre de este ciclo y el comienzo de uno nuevo ha quedado marcado por una redefinición profunda, aunque todavía sin saber si será duradera, del papel de Estados Unidos en el mundo y sus relaciones con sus aliados occidentales, respecto de los cuales ha tomado distancia, algo que tal vez nadie pudo anticipar uno o dos años atrás. Esta reorientación de la política exterior de Estados Unidos impactará, sin duda, a América Latina y el Caribe, región que ha pasado a ocupar un lugar prioritario desde el punto de vista geopolítico y militar sin que esta constituya un factor de peso en el escenario internacional más allá de los problemas que causan el tráfico de drogas y los movimientos migratorios, los cuales, hay que decir, no son privativos de los países latinoamericanos y caribeños. Está por verse cómo estos cambios afectarán a la República Dominicana, un país que – para bien- se ha integrado fuertemente a Estados Unidos, con el que fortaleció sus relaciones en este primer cuarto del siglo XXI con la entrada en vigor del DR- CAFTA, al tiempo que estrechó sus lazos en múltiples ámbitos económicos, sociales y culturales.
En lo que respecta a nuestro país, cuando los historiadores vean en retrospectiva lo que ha representado este primer cuarto del siglo XXI seguro que su balance será positivo. Para ponerlo en términos simples: nada que ver con el primer cuarto del siglo XX, período caracterizado por la inestabilidad política, la lucha entre caudillos, la violencia política, la desarticulación social y el intervencionismo extranjero, todo lo cual sirvió de antesala a una larga y cruel dictadura que llegó hasta el inicio de la década de los sesenta.
En cambio, el primer cuarto del siglo XXI ha representado para la República Dominicana un período de estabilidad en lo político, lo económico y lo social, sin desdeñar los retos que persisten en estos tres ámbitos. En este tiempo ha habido elecciones libres, alternabilidad en el poder y reformas en diferentes ámbitos institucionales que han apuntalado la democracia, aunque hay problemas y carencias institucionales que van generando preocupantes insatisfacciones en amplios segmentos de la sociedad. Lo mismo puede decirse sobre el aspecto económico: aunque el ciclo empezó con una crisis bancaria cuyo costo representó alrededor del veinte por ciento del Producto Interno Bruto, uno de los rescates financieros más caros en el mundo en términos proporcionales, la economía dominicana mostró capacidad de crecimiento y de adaptación ante amenazas externas, a la vez que desarrolló una diversificación que resulta sorprendente para su tamaño. La estabilidad macroeconómica, en la que el Banco Central ha jugado un papel clave, ha sido asumida como un objetivo irrenunciable, si bien hay amenazas que requieren ser enfrentadas. Y en cuanto a lo social, aunque persisten serios problemas de pobreza y desigualdad, no se han producido sacudimientos sociales similares a los que han tenido lugar en algunos países latinoamericanos en tiempos recientes y en nuestro propio país en otros tiempos.
En este cuarto de siglo, cada partido político en el poder ha hecho su contribución. Como suele decirse, cada ejercicio gubernamental ha tenido sus luces y sus sombras, aunque las primeras son más que las segundas, a pesar de que en los debates políticos cotidianos predominen, como sucede en la conflictividad propia de la política, las críticas y las recriminaciones mutuas. No obstante, lo cierto es que lo que tenemos hoy es el resultado de una acumulación de logros que sorprende a visitantes y a observadores extranjeros. Sólo el tiempo pondrá en perspectiva las cosas y permitirá apreciar los avances -y, por qué no, también los retrocesos- de cada gestión gubernamental. En este contexto, el adanismo como discurso político (nada nunca se hizo igual, todo es un récord histórico), muy presente en estos tiempos, resulta desconectado de la realidad e ineficaz políticamente hablando.
Un factor clave en el éxito de la sociedad dominicana en el primer cuarto del siglo XXI ha sido la moderación de la clase política. Hemos tenido líderes centristas que han respetado la democracia y ninguno se ha ido a los extremos, ya sea de derecha o de izquierda. Esto frustra a quienes desean cambios más radicales, pero la experiencia muestra que los movimientos políticos pendulares no suelen ser beneficiosos para las sociedades. La clase política ha mostrado también una capacidad de lograr acomodos y acuerdos en coyunturas críticas, lo que ha permitido mantenernos en el cauce de la institucionalidad democrática.
Esto no quiere decir que no se requieran reformas. El desencanto con la política y la falta de confianza en las instituciones está en aumento, como ha sucedido en otros países. Garantizar la estabilidad política, la gobernabilidad y el funcionamiento eficaz de las instituciones democráticas es una responsabilidad colectiva, pero principalmente de la clase política que es la que ostenta la representación ciudadana. Un colapso de la credibilidad en los partidos, en los políticos y en las instituciones crea un terreno fértil para candidatos populistas extrapartidos que siempre terminan haciendo más daño que bien. Es necesario pensar en nuevas reformas políticas que trasciendan lo jurídico formal e impacten la conducta de los actores políticos y el quehacer cotidiano de la política en sentido general.
Es necesario también emprender reformas en el ámbito económico para fortalecer la fiscalidad del Estado, hacer la economía cada vez más competitiva y reducir el clientelismo político. La reforma fiscal fracasada del año pasado no puede convertirse en excusa para no abordar de nuevo esta cuestión, pues hay un consenso, al menos, de que hay problemas que resolver, aunque no haya acuerdos sobre cómo hacerlo. Lo mismo debe decirse con respecto al ámbito social. Fortalecer la salud, la educación y la infraestructura social en general es una tarea de primer orden en el corto, mediano y largo plazos.
Podemos mirar hacia atrás este primer cuarto del siglo XXI con satisfacción, pero sin una complacencia excesiva que nos impida ver la realidad con sus problemas y desafíos. De igual modo, debemos ver hacia adelante con la confianza de que podemos avanzar como lo hemos hecho antes, pero con la conciencia de que el éxito no está garantizado de antemano ni que este depende sólo de la buena fortuna, sino de decisiones y acciones por parte del liderazgo político de las cuales depende que el país tome uno u otro rumbo.
Diario Libre

