Crecimiento en riesgo: límites de la política económica en 2026
Ramón Núñez Ramírez
Predecir el desempeño de la economía dominicana se ha vuelto cada vez más complejo, sobre todo cuando se parte de escenarios excesivamente optimistas. Una muestra clara fue 2025: las autoridades revisaron en siete ocasiones la proyección de crecimiento, desde 4.75% hasta 2.5%.
Al cierre del año, el producto apenas habría crecido en torno a 2.2%, el registro más bajo desde la crisis financiera global de 2009, excluyendo el año pandémico de 2020. La inflación se acercó peligrosamente al techo del rango meta, al situarse en 4.95%, con un aumento particularmente severo en alimentos y bebidas no alcohólicas (8.2%). A ello se sumó una marcada volatilidad cambiaria, la mayor en dos décadas, solo superada por la observada en 2020.
De cara a 2026, el Gobierno enfrentará severas restricciones fiscales. Las necesidades financieras ascienden a RD$401.7 mil millones (4.6% del PIB), mientras que el pago de intereses alcanzará RD$324.2 mil millones (3.7% del PIB), equivalente a un alarmante 26% de los ingresos tributarios. En este contexto, cualquier aumento de la recaudación solo podrá provenir de mejoras en la eficiencia, ya que una reforma fiscal luce políticamente inviable tras el escándalo del Senasa y el elevado costo de los subsidios generalizados.
Por su parte, el Banco Central deberá actuar con extrema cautela en el uso de medidas excepcionales de liquidez, tal como recomendó el Directorio del FMI en su Informe del Artículo IV, a fin de fortalecer el mecanismo de transmisión de la política monetaria. Las inyecciones de liquidez de 2024 y 2025 no lograron reducir de manera significativa la tasa activa promedio ponderada ni estimular la actividad económica; por el contrario, contribuyeron a la volatilidad cambiaria y terminaron haciendo más rentable el arbitraje cambiario que la inversión productiva.
Aunque el Banco Central atribuyó la volatilidad a una menor intervención en el mercado, si el propio FMI clasifica el régimen cambiario dominicano como de flotación, con mayor razón deben evitarse inyecciones de liquidez excesivas y cambios bruscos en la postura monetaria para no repetir episodios de inestabilidad cambiaria en 2026.
El entorno externo tampoco ofrece demasiados alivios. La incertidumbre global podría intensificarse por los efectos geopolíticos derivados de la situación en Venezuela, Irán y las crecientes fricciones de Estados Unidos con Rusia y China.
Entre los pocos factores positivos destacan los precios internacionales. Si el petróleo West Texas, crudo de referencia para el país, se mantiene en el rango de US$55–60 por barril, y el oro por encima de US$4,000 la onza troy, servirían de soporte tanto al presupuesto como a la balanza de pagos.
Asimismo, si la Reserva Federal continúa reduciendo su tasa de política sin reavivar presiones inflacionarias, ello abriría espacio para que el Banco Central profundice la reducción de tasas, especialmente la activa, ampliando el acceso al crédito hipotecario.
No obstante, a nivel interno persiste una debilidad estructural: el gasto de capital presupuestado para 2026 asciende a RD$215.2 mil millones, apenas 2.4% del PIB y 13.2% del gasto total, un nivel insuficiente incluso para el mantenimiento de la infraestructura existente.
En consecuencia, si el Gobierno no logra elevar y ejecutar el gasto de capital al menos hasta 4.0% del PIB, y si las autoridades monetarias no consiguen controlar la volatilidad cambiaria, factor clave para la confianza de los inversionistas, resultará muy difícil que la economía crezca en 2026 por encima de un rango de 3.0% a 3.5%.
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