Cristianos y política: más allá del templo
Por Anthony Franco Montero
Durante años se nos ha hecho creer que la fe y la política no deben mezclarse. Que los cristianos deben limitarse al templo, al púlpito y a la oración, mientras otros se encargan de dirigir los asuntos públicos. Pero esa idea no solo es equivocada; también ha resultado peligrosa para nuestra sociedad.
La política, nos guste o no, nos involucra a todos. No existe el ser humano apolítico. Cada opinión, cada voto y cada decisión ciudadana es una forma de participar en la vida pública. Sin embargo, paradójicamente, muchos de los que están llamados a ser ejemplo de integridad y valores prefieren mantenerse al margen.
Ahí está el problema.
Mientras los hombres y mujeres de fe se retiran, los corruptos avanzan. Mientras los justos callan, los deshonestos gobiernan. Y luego nos preguntamos por qué aumentan la corrupción, las leyes injustas y el deterioro moral de la nación.
Jesús nos llamó a ser sal y luz de la tierra. Pero la luz no cumple su función escondida dentro de cuatro paredes. La fe no puede reducirse a los domingos ni limitarse al discurso religioso. La verdadera fe transforma, influye y sirve también desde los espacios donde se toman decisiones.
No basta con orar por el país; hay que involucrarse en su destino.
Durante años he conversado con jóvenes emprendedores, profesionales y líderes cristianos que desean servir desde la alcaldía, el Congreso o cualquier posición pública. Muchos tienen vocación, preparación y valores, pero se frenan con el mismo argumento: “el sistema está dañado”. Y sí, el sistema tiene fallas, pero renunciar a participar no lo mejora; lo empeora.
Si los buenos se retiran, los malos ocupan el espacio.
La política no debe ser terreno exclusivo de ambiciosos, corruptos o personas sin principios. Debe ser ejercida por hombres y mujeres de bien, con temor a Dios, compromiso social y vocación de servicio. Gobernar también es una forma de servir.
La Biblia nos ofrece un ejemplo claro en Daniel, quien decidió no contaminarse aun estando dentro del palacio del rey. Participó, influyó y lideró sin renunciar a su integridad. Ese es el modelo: estar dentro del sistema, pero sin perder los valores.
Lo primero que se necesita no es poder, sino carácter. No es ambición, sino integridad.
Nuestro país necesita recuperar la esperanza. Necesita ciudadanos que demuestren que se puede hacer política con honestidad, transparencia y principios.
Por eso hago un llamado a los creyentes a que nos preparemos y participemos activamente en la política. En la República Dominicana ya hemos visto ejemplos de pastores y líderes cristianos que han asumido funciones públicas con responsabilidad. Ahí están casos como el del pastor Milciades Franjul, exsenador y exdiputado por la provincia Peravia, quien además ha servido como director de la Oficina de Enlace entre el Poder Ejecutivo y la comunidad evangélica y como coordinador del Gabinete de Familia; el alcalde de Santo Domingo Este, pastor Dio Astacio; la pastora Altagracia de los Santos, representante de la circunscripción 3 de ese municipio; y la pastora Lidia Pérez, diputada por Puerto Plata, entre otros. Sus trayectorias demuestran que la fe y la gestión pública pueden caminar de la mano.
La pregunta no es si el cristiano debe participar en política. La verdadera pregunta es: ¿podemos darnos el lujo de no hacerlo?
Porque cuando los justos se ausentan, otros deciden por ellos.
Ser luz también es gobernar.
Ser sal también es influir.
Y servir a Dios también implica servir a la sociedad.
La fe no debe quedarse en el templo. Debe caminar por las calles, sentarse en los concejos municipales, legislar en el Congreso y trabajar por el bienestar común. Solo así podremos construir el país justo y digno que anhelamos.

