Crónica desde las Cuevas del Edén: el despertar de una conciencia política

Por Milton Olivo

Sentado muy temprano en la mañana en el pequeño resort turístico de las Cuevas del Edén, en Santo Domingo Este, observando sus cavernas y baños subterráneos,  el tiempo parecía haberse detenido. La naturaleza imponía su propio ritmo. Los pájaros entonaban su concierto cotidiano, el olor húmedo de la yerba recién bañada por el rocío llenaba el aire, y a lo lejos —como recordatorio de la vida urbana el distante susurro del ruido de los vehículos.

En ese equilibrio, entre la serenidad de la naturaleza y el ruido distante de la ciudad, mi mente regresaba inevitablemente a la reunión de la dirigencia del PRM en que había participado anoche.

Había sido un encuentro singular. No por la formalidad de la convocatoria ni por la cantidad de asistentes —aunque ambas cosas fueron notables— sino por la densidad política y humana que se respiraba en el ambiente. Allí estaba representada, con fuerza casi abrumadora, la dirigencia municipal: presidentes de regiones, de zonas, de frentes sectoriales, etc.

Mientras recordaba las intervenciones, pude percibir, que  con el tiempo, con las batallas ganadas y perdidas, con las decepciones y las esperanzas renovadas, la conciencia política madura

Eso fue precisamente lo que percibí en aquel encuentro: una militancia que comienza a despertar, a tomar conciencia de sí misma y de su responsabilidad histórica.  En medio de aquella conversación colectiva, hubo un momento que marcó el tono de la noche. Fue cuando el alcalde Dio Astacio tomó la palabra.

Sus palabras no fueron el típico discurso de aspiración política. No apelaban al entusiasmo vacío ni a la promesa fácil. Más bien tenían el tono de una confesión y, al mismo tiempo, de una advertencia estratégica.

Sus palabras no eran simplemente una crítica organizativa; era una reflexión sobre el poder político en su sentido más profundo.  Astacio insistía en que la falta de unidad gerencial dentro del partido ha limitado su capacidad de representación dentro del propio gobierno, debilitando así la posibilidad de respaldar a su militancia y a sus dirigentes intermedios.

Pero lo más impactante fue quizás la sinceridad con la que describió una realidad que muchos conocen, aunque pocos dicen en voz alta.  La metáfora era dura, pero certera. Explicó que cada vez que el partido en el municipio necesita autobuses, recursos logísticos o apoyo para actividades políticas, la tradición ha sido mirar hacia el Distrito Nacional, pedir, esperar, depender.

Y entonces planteó una idea que trasciende la coyuntura partidaria y entra en el terreno de la filosofía del poder localLa dignidad política comienza con la autosuficiencia «Nosotros podemos ser autosuficientes», dijo.

En otras palabras, lo que estaba en juego no era solo la dirección municipal de un partido, sino la capacidad de Santo Domingo Este de ejercer su propio peso político dentro de la estructura nacional.

El planteamiento alcanzó su punto más crítico cuando abordó un tema sensible para cualquier organización política: la representación institucional.  En esa frase se resumía una vieja tensión del poder político dominicano: la distancia entre los territorios donde se produce la fuerza electoral y los centros donde se distribuye el poder administrativo.

La solución propuesta por Astacio no era la confrontación, sino la Gerencia política unificadora.   Una gerencia que, según sus palabras, esté enfocada en el cultivo, la defensa y la promoción de los intereses de la sociedad, del partido y su militancia.

Pero también hubo espacio para reflexionar sobre la democracia interna del partido.  En cuanto a la forma de escoger la dirigencia municipal, el espíritu género   Astacio mencionó estudios que indican que el equipo político que encabeza supera el 50% de la simpatía local. Bajo ese escenario, afirmaba, tanto una convención democrática como un consenso organizado conducirían al mismo resultado: el éxito político y la unidad.

Mientras terminaba de recordar estas palabras, los pájaros seguían cantando en las Cuevas del Edén.  Pensé entonces que la política, en su forma más elevada, se parece mucho a ese paisaje:   una mezcla compleja de fuerzas que parecen caóticas —ruidos, voces, intereses— pero que, cuando encuentran armonía, producen algo parecido al equilibrio.

Quizás eso fue lo que presencié anoche: no simplemente una reunión política, sino el inicio de un proceso de maduración colectiva.  Como los vinos viejos.  Porque cuando una militancia despierta, cuando toma conciencia de su fuerza y de su responsabilidad, la política deja de ser una simple disputa por posiciones.

Y comienza a convertirse en un proyecto de dignidad colectiva.

El autor es escritor

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