Cuba, entre la esperanza y el miedo tras la captura de Maduro
Por Yoani Sánchez
Sánchez es periodista y activista por la libertad de expresión en Cuba.
The New York Times
Cuando los primeros mensajes sobre la captura de Nicolás Maduro comenzaron a circular en La Habana —entrecortados, contradictorios, enviados por WhatsApp antes de que llegaran a los medios oficiales— la reacción fue una mezcla de esperanza y temor. ¿Va a cambiar algo aquí?, se preguntaban muchos en la cola del pan, en la parada del ómnibus o bajo la luz amarillenta de una lámpara recargable en medio de un apagón. La caída de un aliado estratégico de Cuba no se lee en la isla como un acontecimiento lejano, sino como una onda expansiva que nos alcanza de lleno.
La pregunta más frecuente que escuchan mis colegas del sitio de noticias 14ymedio, el cual dirijo, es sobre qué pasará con el petróleo venezolano, del que tanto depende Cuba. La angustia concreta de no saber si mañana habrá corriente, si el refrigerador volverá a apagarse, si el transporte público, ya raquítico, terminará de colapsar se ha adueñado de muchos cubanos. En los mercados, en los parques y en los pasillos de los edificios, el comentario se repite con la misma cadencia resignada: “Si se acaba el petróleo, esto se pone todavía peor”.
No es simple paranoia. En el cuarto trimestre de 2025, Venezuela envió a Cuba alrededor de 35.000 barriles de crudo al día. Aunque esa cifra no alcanza para mantener la isla iluminada, la industria funcionando y el transporte fluyendo, sí es una tabla de salvación para sostener los engranajes esenciales del sistema. Perder ese suministro, o verlo reducido drásticamente, sería un golpe severo para una economía exhausta, escasa de divisas y cada vez más limitada por las sanciones estadounidenses. Ya un bloqueo estadounidense de barcos petroleros ha cortado parte del suministro, y Donald Trump declaró recientemente que Venezuela no enviaría “más petróleo ni dinero” a Cuba.
Es cierto que La Habana no depende únicamente de Caracas. México ha mantenido envíos de combustible, Rusia aparece intermitentemente como salvavidas y tenemos petróleo local de baja calidad. Pero nadie se engaña. El régimen cubano siempre ha tenido clara su jerarquía de necesidades. Si hay que elegir entre mantener las luces encendidas en un hospital o garantizar combustible para las patrullas policiales, la balanza se inclinará sin vacilación hacia el mantenimiento del control de la sociedad. Primero se apagará una ciudad entera antes que el cuartel general de la seguridad del Estado.
Por eso, lo que se respira ahora en Cuba no es euforia sino una inquietud expectante. Hay quien ve en la captura estadounidenses de Maduro una chispa capaz de encender algo largamente contenido. “Si el dictador venezolano cayó, ¿por qué no caerá el castrismo?”, me preguntó un joven amigo que no ha conocido otro sistema político en su vida.
En sectores opositores y en la diáspora, lo ocurrido en Venezuela también se interpreta como una señal de que lo inamovible puede moverse. Trump impulsó ese sentimiento al decir, refiriéndose al gobierno de Cuba: “Les recomiendo encarecidamente que lleguen a un acuerdo, antes de que sea demasiado tarde”.
Pero ese deseo tropieza con una realidad incómoda: tras 67 años del mismo régimen y con un éxodo masivo que se ha llevado a los más inconformes, Cuba no cuenta con una oposición interna articulada, capaz de disputar el poder en el corto plazo.
La disidencia ha sido en buena medida desmantelada con represión y destierro. Sus líderes están en prisión, en el exilio o sometidos a un hostigamiento constante. La emigración ha vaciado al país de buena parte de los posibles manifestantes de una revuelta popular al estilo de la ocurrida el 11 de julio de 2021. El miedo, aunque más erosionado que antes, sigue siendo un factor de contención poderoso en un país con casi 1000 presos políticos.
El régimen ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir a cataclismos mayores, como la desaparición de la Unión Soviética y la pérdida abrupta de casi todo su comercio exterior en la década de 1990. Cuando se siente contra las cuerdas, radicaliza su discurso público, apela al nacionalismo, afila las consignas antiimperialistas y, si acaso, hace algunas tímidas reformas económicas que sirvan como válvula de escape a la presión social. Una amnistía de presos políticos, tras algún acuerdo con el Vaticano o España, también le permite comprar tiempo.
Sin embargo, Cuba ahora es muy diferente de lo que era en aquellos años tras el fin de la Unión Soviética. No hay un Fidel Castro capaz de convertir la penuria en épica, ni un relato ideológico que seduzca a las nuevas generaciones. El liderazgo del Partido Comunista está desconectado de la gente y es profundamente impopular. Miguel Díaz-Canel carece del carisma y la capacidad de movilización de la sociedad en momentos de crisis.
La captura de Maduro ha dejado, además, en evidencia, que las tropas cubanas no son invencibles, como asegura el discurso oficial. La muerte de 32 cubanos que, según el gobierno de Cuba, fallecieron y la rapidez con que Washington extrajo a Maduro han sido un duro revés para la imagen de los cuerpos de seguridad del castrismo. Hacia el interior de la isla, es un fracaso que tiene una fuerte carga simbólica y que resta fuerza al régimen en su tarea de atemorizar a la gente común.
Las próximas semanas serán claves. Si el chavismo logra reorganizarse bajo la vicepresidenta de Maduro y actual presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y Venezuela mantiene los compromisos energéticos con La Habana, el régimen cubano tendrá un respiro. Si, en cambio, las negociaciones entre Caracas y Washington implican un corte del suministro petrolero a la isla y el fin de las misiones médicas cubanas —una de las principales fuentes de divisas de Cuba— en Venezuela, la fragilidad del sistema se hará aún más visible. Esa debilidad no garantiza un cambio, pero puede crear fracturas visibles en el poder y las grietas, en regímenes cerrados, son siempre muy peligrosas para su sobrevivencia.
Por estos días, en las calles de Cuba no se habla de revolución ni de transición. Se habla de sobrevivir. Pero, por primera vez en mucho tiempo, esa supervivencia viene acompañada de una pregunta que ya no suena del todo ingenua: ¿y si esta vez sí? No es una esperanza desbordada. Es algo más frágil y real: la sensación de que el futuro, por fin, dejó de estar completamente clausurado.
The New York Times

