El 2028 ya empezó… aunque falten años

En la República Dominicana el tiempo político no se mide en calendarios, sino en reuniones, encuestas filtradas y apretones de mano que se dan “por casualidad”. Aunque las elecciones presidenciales de 2028 todavía están lejos, en la práctica ya comenzaron. Las municipales —esas que vienen antes y que deberían importar— generan el mismo entusiasmo que una promesa de campaña sin fecha ni presupuesto: casi ninguno. Aun así, se insiste en llamarlas “el termómetro”, aunque nadie se tome la molestia de mirarlo cuando marca fiebre.
Aquí no se descansa de la política. Este es un país donde la campaña es permanente, una condición casi climática. Y en ese escenario, tres partidos se reparten el protagonismo: el Partido Revolucionario Moderno (PRM), la Fuerza del Pueblo (FP) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Tres fuerzas políticas, tres agendas distintas, pero un mismo hábito: empezar la carrera temprano y tropezar antes de la meta.
El PRM: dos figuras y una ventaja llamada poder

En el partido de gobierno hay aspirantes como hay discursos: de sobra. Pero seamos serios, o al menos intentémoslo. La pelea real se concentra entre dos figuras. De un lado, el ministro de Turismo, David Collado, siempre bien posicionado, siempre en modo presidenciable. Del otro, la alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, a quien todavía muchos presentan con el subtítulo obligatorio de “la hija de Hipólito Mejía”, como si en política dominicana los apellidos no abrieran puertas… y memorias.
El PRM juega con una ventaja que no aparece en las encuestas, pero decide elecciones: el poder. Gobernar da visibilidad, margen de error y la tranquilidad de saber que no hay que apresurarse. Puede darse el lujo de esperar, medir y dejar que otros se desesperen. Mientras la oposición se desgasta, el oficialismo contempla, administra y, de paso, sonríe.
El PLD: crecer sin identificar liderazgo

El PLD es un caso digno de análisis clínico. Las encuestas dicen que crece como partido, pero crecer sin liderazgo claro es como inflar un globo sin nudo: tarde o temprano se desinfla. Su principal problema sigue intacto y sin solución a la vista: no tiene candidato presidencial definido ni una figura que conecte con el electorado más allá de su militancia histórica.
Los nombres que han salido al ruedo no generan entusiasmo ni ruido. Mientras tanto, el partido habla de “construir perfiles”, como si el país estuviera esperando un proyecto académico y no una figura política con calle, discurso y capacidad de arrastre. En la política dominicana, la indefinición no es prudencia: es desventaja. Y el tiempo, ese que no perdona, sigue corriendo.
Fuerza del Pueblo: candidato fijo, ventaja desigual

En la Fuerza del Pueblo no hay misterio ni suspenso. Todo el mundo asume que el candidato presidencial será Leonel Fernández. Aunque las encuestas coqueteen con su hijo, Omar Fernández, la percepción popular es clara: la boleta verde tiene dueño desde hace rato.
Leonel recorre el país como si la campaña ya estuviera oficialmente abierta, juramenta dirigentes, promete y marca territorio. Se mueve con la confianza de quien sabe que no tiene competencia interna real y que la ley electoral, con todas sus incongruencias, le permite adelantarse sin mayores consecuencias. Mientras tanto, el PLD todavía está pensando y el PRM sigue mirando.
Oposición dividida: el mejor aliado del gobierno
Aquí está el punto neurálgico del panorama político actual: la oposición no solo está fragmentada, está enfrentada. El mensaje enviado por el expresidente Danilo Medina a Leonel tras las juramentaciones recientes —incluida la del exsenador José del Castillo Saviñón en Barahona— no fue precisamente conciliador. Y por si quedaban dudas, Leonel repitió la escena en Santiago, dejando claro que la ruptura no es coyuntural: es estructural.
No hay vasos comunicantes entre el PLD y la Fuerza del Pueblo. No hay puentes, ni señales de entendimiento, ni voluntad de bajar el tono. Se vigilan, se provocan y se restan votos potenciales, mientras el PRM agradece en silencio el espectáculo.
Expectativas y final
El escenario rumbo al 2028 es más claro de lo que muchos quieren admitir. Una oposición dividida, enfrascada en pleitos internos y cuentas pendientes, frente a un partido de gobierno que observa con paciencia y ventaja. Aquí no aplica el viejo dicho de que “Dios los cría y el diablo los junta”. En la política dominicana, parece más acertado decir que el diablo los cría… y el gobierno agradece que nunca se pongan de acuerdo.
Mientras tanto, el país sigue en campaña permanente, mirando al 2028 como quien ve una película ya conocida, esperando —una vez más— que esta vez el final sea distinto.

