El ascenso y caída de “El Mencho”, el capo invisible que reinventó el poder del narco en México
Guadalajara, Jalisco, 22 Feb. — Durante años, la imagen pública de Nemesio Oseguera Cervantes fue casi inexistente. Apenas tres fotografías circulaban en los archivos oficiales: retratos granulados tomados por la DEA a principios de los años noventa, cuando era un joven migrante sin papeles detenido en Estados Unidos por posesión de marihuana y, más tarde, por vender heroína a agentes encubiertos en un bar de San Francisco.
Después de cumplir condena y ser deportado varias veces, regresó definitivamente a México. A partir de entonces, su rastro visual se desvaneció mientras su figura se agigantaba en las sombras hasta convertirse en el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), la organización criminal más poderosa y expansiva del país.
El diario El País, de España, ha reconstruido a lo largo de los años la trayectoria de quien llegó a ser considerado por Washington “uno de los líderes criminales transnacionales más peligrosos del mundo”.
Este domingo, la muerte de Oseguera en un operativo federal puso fin a una persecución que se extendió por más de una década y que estuvo marcada por episodios de violencia extrema, propaganda armada y desafíos abiertos al Estado mexicano.
De migrante irregular a sicario
La historia de Oseguera comienza en Aguililla, Michoacán, una región agrícola donde la amapola y la marihuana han sido durante décadas parte de la economía informal. Hijo de campesinos humildes, cruzó la frontera siendo apenas un adolescente.
En California trabajó en oficios precarios y cayó pronto en actividades ilícitas. Las detenciones y deportaciones fueron constantes, pero siempre encontraba la forma de regresar.
Tras cumplir una condena en Estados Unidos, decidió asentarse en México. Fue entonces cuando inició su carrera en el mundo del narcotráfico como sicario al servicio de una facción vinculada al Cártel de Sinaloa, el histórico conglomerado criminal que durante años dominó el tráfico de drogas hacia el norte.
Su ascenso fue rápido y calculado. En 2009 traicionó a su entonces jefe en el llamado Cártel del Milenio para alinearse con una estructura sinaloense de mayor peso. De esa recomposición nació en 2010 el CJNG, inicialmente como brazo armado del poder sinaloense en el occidente del país. Sin embargo, la nueva organización pronto desarrollaría autonomía propia y un estilo distintivo.
La carta de presentación: los 35 cuerpos en Veracruz
El 20 de septiembre de 2011 marcó un antes y un después. A plena luz del día, seis camionetas bloquearon una vía en Boca del Río, Veracruz, una de las zonas turísticas más concurridas del estado. De sus interiores fueron arrojados 35 cadáveres.
Según las mantas firmadas por el grupo, las víctimas pertenecían a Los Zetas, organización rival formada por exmilitares de élite. El mensaje era inequívoco: el CJNG había llegado para disputar el control territorial con una violencia espectacular.
A partir de entonces, Oseguera fue conocido como uno de los “matazetas”. Aquella acción lo catapultó al escenario nacional y evidenció un nuevo modelo de narcotráfico que combinaba propaganda, terror y cálculo estratégico.
Ruptura con Sinaloa y consolidación del CJNG
La alianza con el Cártel de Sinaloa no sobrevivió mucho tiempo. Tras la muerte de Ignacio Coronel, figura clave de esa organización, Oseguera fue acusado nuevamente de traición. El CJNG rompió definitivamente con sus antiguos aliados y emprendió una expansión agresiva por territorios disputados.
Mientras las autoridades federales concentraban esfuerzos en desarticular a Sinaloa, Los Zetas o los Caballeros Templarios, el CJNG ocupó los vacíos de poder. Aprendió de cada rival: del Pacífico heredó la negociación política; de Los Zetas, la violencia como herramienta de intimidación; de los grupos michoacanos, la propaganda comunitaria y la diversificación hacia drogas sintéticas como la metanfetamina.



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Uno de los rasgos más distintivos del CJNG fue su estructura descentralizada, casi como una franquicia criminal. Bajo una misma marca operaban células regionales que gestionaban no solo el tráfico de drogas, sino también la extorsión, el secuestro y el robo de combustibles.
En redes sociales comenzaron a difundirse videos de comandos uniformados con equipo paramilitar, camionetas blindadas artesanalmente y fusiles de alto calibre, jurando lealtad al “Señor de los Gallos”, apodo derivado de la afición de Oseguera por las peleas de gallos.
El desafío frontal al Estado
La expansión del CJNG estuvo acompañada por enfrentamientos directos con las fuerzas de seguridad. En 2015, tras la muerte de un operador cercano al capo, el grupo emboscó a un convoy militar en Jalisco, dejando 15 soldados muertos. Días después, un helicóptero del Ejército fue derribado con un lanzacohetes durante un operativo en la sierra.
Ese mismo año comenzaron las investigaciones formales que apuntaban a Oseguera como líder máximo. Hasta entonces, su nombre apenas figuraba en expedientes. Los primeros indicios surgieron en pesquisas por homicidios locales y desapariciones, pero pronto se ampliaron hacia el lavado de dinero.
Restaurantes, inmobiliarias y empresas fachada servían para blanquear ganancias ilícitas. Informes judiciales citados por El País detallaron incluso planes para reclutar a jóvenes universitarios de Derecho y Contaduría mediante becas, integrándolos luego a la estructura financiera del grupo.
Atentados y represalias
La violencia del CJNG alcanzó un nuevo nivel en junio de 2020. Ese mes, un comando de 28 sicarios emboscó en Ciudad de México al entonces jefe de la policía capitalina, Omar García Harfuch.
Durante cuatro minutos dispararon más de cien balas de fusiles de asalto en una de las zonas más exclusivas de la capital. Harfuch sobrevivió, pero el atentado evidenció la capacidad operativa del grupo en el corazón político del país.
La extradición de Rubén Oseguera, “El Menchito”, hijo del capo, generó nuevas represalias. En Colima, un juez vinculado al proceso fue asesinado a tiros en su domicilio. Ese mismo año, el exgobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, fue ejecutado en un baño de bar en Puerto Vallarta, un crimen que diversas líneas de investigación vincularon al CJNG.
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Cada ofensiva contra el círculo cercano de Oseguera desataba bloqueos carreteros y ataques coordinados. Las ciudades quedaban paralizadas por vehículos incendiados y carreteras clausuradas con camiones atravesados, una táctica que buscaba saturar la capacidad de respuesta del Estado.
El cerco familiar
En los últimos años, la estrategia de Estados Unidos se centró en asfixiar al líder a través de su entorno familiar. Su hermano Antonio Oseguera, conocido como “Tony Montana”, fue detenido en 2022 y extraditado recientemente.
“El Menchito” fue declarado culpable de narcotráfico en una corte federal en Washington. Su yerno, Cristian Fernando Gutiérrez, apodado “El Guacho”, fue arrestado en California tras fingir su propia muerte.
Solo quedaba en libertad su esposa, Rosalinda González Valencia, “La Jefa”, pieza clave del engranaje financiero. Perteneciente a la familia Valencia, también conocida como “Los Cuinis”, aportó al CJNG redes económicas consolidadas. Ambos se conocieron en California en los años noventa y se casaron a su regreso a México, consolidando una alianza que fusionó ambición operativa y capital criminal.
El mito del hombre invisible
La ausencia de fotografías recientes alimentó el mito. Se decía que padecía una enfermedad renal y que contaba con un hospital clandestino en la sierra entre Michoacán y Jalisco. Su perfil bajo contrastaba con la ostentación de otros capos.
No había mansiones exhibidas en redes ni corridos que lo glorificaran abiertamente en los primeros años. Su poder se medía en territorios controlados y en la rapidez con la que podía desatar el caos.
La recompensa de 15 millones de dólares ofrecida por Estados Unidos lo convirtió en el objetivo prioritario de la DEA. Sin embargo, su captura eludió a las autoridades durante años, fortaleciendo su aura de intocable.
La caída y el futuro incierto
La muerte de Oseguera, confirmada este domingo tras un operativo federal en Jalisco, abre una etapa incierta. Analistas citados por El País advierten que la fragmentación del liderazgo puede derivar en disputas internas y nuevas olas de violencia, como ocurrió tras la captura de otros grandes capos mexicanos.
El CJNG deja tras de sí una estructura extendida por gran parte del territorio mexicano y con ramificaciones en Estados Unidos. Su modelo descentralizado podría facilitar la supervivencia del grupo incluso sin su fundador. Pero también podría acelerar luchas por el control de rutas estratégicas y laboratorios clandestinos.
En las calles de Guadalajara y en los pueblos de la sierra michoacana, la figura de “El Mencho” ya forma parte de la historia criminal contemporánea. De aquel joven migrante retratado en tres fotografías borrosas queda la memoria de un liderazgo que redefinió las reglas del narcotráfico en México. Su muerte cierra un capítulo, pero no necesariamente la historia de la organización que construyó.

