El desprecio de España a Trump me ha vuelto patriota

Por Paco Cerdà

Cerdà es periodista y escritor. Su libro Presentes ha recibido el Premio Nacional de Narrativa.

The New York Times

Siempre me han repelido las banderas. Nunca he cantado un himno nacional. Hablo catalán, una de las lenguas minoritarias de España. Y en el próximo Mundial animaré a los Países Bajos, no a España, porque me maravilla su historia de poéticas derrotas. Nadie me acusaría de patriota.

Sin embargo, la semana pasada, cuando escuché al presidente Donald Trump decir que España es un aliado terrible y que no tiene nada que Estados Unidos necesite, cuando vi que el líder del llamado mundo libre amenazaba con cortar todo comercio con España, sentí un extraño orgullo de ser español. Hay algo épico en sufrir la furia de un tirano, especialmente cuando esa furia brota de negarse a ser su vasallo.

El gobierno español ha desatado la indignación de Trump después de que nuestro presidente, Pedro Sánchez, anunciara que no permitiría a Estados Unidos utilizar las bases militares operadas conjuntamente en su guerra contra Irán. Esas bases han sido de uso estadounidense desde 1953, cuando España estaba aislada del mundo bajo la dictadura del general Francisco Franco. En esa época se selló un vergonzoso pacto entre nuestros países: España cedió a Estados Unidos el uso de las bases militares en su territorio a cambio de dinero y lo que en esencia fue el reconocimiento diplomático de un régimen sangriento y represor.

Hay que entender lo que eso significó para los españoles que vivieron bajo el régimen de Franco: Estados Unidos ayudó a liberar parte de Europa de las cadenas del fascismo en 1945, pero la liberación terminó en los Pirineos. Tan solo ocho años después del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el país que defendía el sufragio universal, la libertad y los derechos abrazó al dictador español (al fin y al cabo, era anticomunista). El presidente Dwight Eisenhower encubrió así la dictadura franquista y España aceptó ser un peón estadounidense. Algunos no hemos olvidado ese fracaso moral de la Guerra Fría.

Ahora, casi tres cuartos de siglo después, esas mismas bases militares que legitimaron a un tirano español nos han puesto en la mira de un matón grotesco que exige que el resto del mundo se arrodille ante su dedo.

Esta vez España ha dicho no.

No soy ingenuo. Es muy posible que el presidente Sánchez haya contemplado otras variables más allá de los valores, la legalidad y el humanismo al adoptar esta valiente postura. A medida que su posición política interna se ha debilitado, seguramente también está buscando el favor del electorado.

Con todo, sigo pensando que España ha dicho no. No a la guerra, y no a ese miedo contagioso, paralizante y adulador que Trump intenta —con tanto éxito— inocular, tanto en su propio país como en el extranjero.

Nosotros, los europeos, que tanto supimos matarnos en el mundo de ayer, estamos obligados a mostrar fortaleza moral ante los intentos de Trump de destruir el orden multilateral. Sin miedo a la extorsión. Sin la indignidad de vender nuestros valores a cambio de un comercio más ventajoso. Es obsceno someterse a esa ecuación.

Estos días, estuve leyendo sobre la historia de los brigadistas estadounidenses que llegaron a mi país para luchar junto a los republicanos contra el fascismo durante la guerra civil española. No dejo de pensar en una carta conmovedora que encontré. La escribió desde España un joven judío neoyorquino de 23 años, Hyman (Chaim) Katz, a su madre. Katz era voluntario del Batallón Abraham Lincoln.

“He venido a España porque sentí que lo tenía que hacer”, escribió a finales de 1937. A continuación enumeró los problemas de Europa: el ascenso de Benito Mussolini en Italia y de Adolf Hitler en Alemania, el avance del fascismo y el antisemitismo por todo el continente. Escribió que estaba en España porque se sentía atraído por la lucha, por la necesidad de enfrentarse a esas fuerzas mientras pudiera, porque podía. “¿Acaso merecería yo la ayuda de otros cuando me sobrevengan los problemas, si negara la ayuda a quien hoy la necesita?”.

Tres meses después, el 3 de marzo de 1938, Katz murió en el campo de batalla de Belchite, una zona árida de España cerca de la ciudad de Zaragoza. El campo de batalla donde cayó permanece como una ruina y un monumento que todavía hoy recuerdan las cicatrices de nuestra Guerra Civil.

He visto una fotografía de Katz, y en ella veo el verdadero rostro de la guerra, tantas veces oculto por las banderas y la furia. Veo en sus jóvenes rasgos los rostros de todos los hijos e hijas que murieron, jóvenes y viejos, y, detrás de ellos, las madres destrozadas, los rostros que atormentan cada guerra. Veo también el horror de las niñas aplastadas bajo una escuela en lo que una vez fue Persia. Veo las vidas perdidas de tantos civiles que mueren en las guerras, por las decisiones de tiranos, a lo largo de la historia.

Hay momentos en los que vale la pena tragarse el miedo. Hay momentos en los que el heroísmo reside en decir no. Como el joven Katz le escribió a su madre: a veces es lo que hay que hacer.

The New York Times

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