¿El fin de la paz más larga?
Por Juan Temístocles Montás
Graham Allison, politólogo estadounidense y autor del libro Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?, y James A. Winnefeld, Jr., almirante retirado de la Armada estadounidense que presidió la Junta Asesora de Inteligencia del presidente entre 2022 y 2025, publicaron el 24 de noviembre pasado en Foreign Affairs un artículo titulado ¿El fin de la paz más larga? Uno de los mayores logros de la historia está en peligro. En él advierten que el prolongado periodo sin guerras entre grandes potencias —al que llaman “la paz más larga” desde 1945— se encuentra hoy bajo seria amenaza debido a la intensificación de la competencia estratégica global, en particular entre Estados Unidos y China.
Allison y Winnefeld destacan que las últimas ocho décadas constituyen el periodo más prolongado sin confrontaciones militares directas entre grandes potencias desde tiempos del Imperio Romano. Subrayan además que este periodo de estabilidad emergió tras dos guerras mundiales catastróficas, tan destructivas que los historiadores tuvieron que crear una nueva categoría para describirlas. La magnitud de esa devastación moldeó un orden internacional diseñado explícitamente para impedir que semejante tragedia se repitiera.
Los autores identifican cuatro pilares que hicieron posible esta anomalía histórica: 1) la disuasión nuclear, que elevó drásticamente los costos de una guerra entre grandes potencias; 2) el equilibrio de poder, que redujo incentivos para agresiones directas; 3) la interdependencia económica y la globalización, que convirtieron el comercio y las cadenas de suministro en mecanismos de estabilidad; y 4) la proliferación de instituciones multilaterales y normas internacionales, que penalizan la agresión interestatal y promueven la resolución pacífica de disputas.
El artículo señala que, antes de su muerte en 2023, Kissinger advirtió repetidamente que esta paz no debía darse por garantizada. Según él, era improbable que la humanidad alcanzara un siglo completo sin un conflicto entre grandes potencias. Siguiendo esa advertencia, Allison y Winnefeld identifican cinco factores históricos que suelen preceder el colapso violento de un ciclo geopolítico que hoy amenazan la estabilidad mundial.
El primer factor es la amnesia histórica. Las sucesivas generaciones de adultos estadounidenses —incluidos los oficiales militares en servicio— no tienen experiencia directa con los horrores de una guerra mayor. Muchos consideran “impensable” un conflicto entre grandes potencias, cuando en realidad su incredulidad responde menos a la realidad histórica y más a los límites de su imaginación.
El segundo factor es el ascenso de un competidor estratégico. El vertiginoso crecimiento de China desafía la primacía estadounidense y reproduce la dinámica que Tucídides describió entre una potencia emergente y otra establecida, dinámica que históricamente ha derivado con frecuencia en confrontación.
El tercer factor es el debilitamiento relativo del predominio económico estadounidense. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos representaba cerca del 50 % del PIB mundial; hoy equivale solo a una séptima parte. Este desplazamiento del poder económico ha dado paso a un mundo crecientemente multipolar, donde varios estados actúan con mayor autonomía dentro de sus esferas de influencia.
El cuarto factor es la extralimitación militar. Cuando una potencia se dispersa en conflictos periféricos, su capacidad para disuadir o responder a rivales mayores se deteriora. Los autores argumentan que las prolongadas intervenciones estadounidenses desviaron recursos y atención estratégica, debilitando su preparación frente a adversarios más sofisticados.
El quinto y más preocupante factor es la polarización interna. La división política extrema dentro de una potencia establecida paraliza la toma de decisiones estratégicas, erosiona la credibilidad internacional y reduce su capacidad de actuar con coherencia en crisis globales. Según los autores, este es precisamente el desafío que enfrenta hoy Estados Unidos.
Allison y Winnefeld cierran su análisis con tres advertencias estratégicas que, a la luz de los acontecimientos recientes, adquieren un significado aún más inquietante.
Primero, si la paz entre grandes potencias se rompe —o si una de ellas actúa abiertamente al margen de las normas que ella misma promovió— el costo será extraordinariamente alto en todos los órdenes.
Segundo, los gobiernos deben abandonar la ilusión de que la paz se preserva por simple continuidad histórica. La gestión activa del riesgo de conflicto no es una opción, sino una necesidad urgente.
Y tercero, la prevención activa sigue siendo el único camino racional para evitar una escalada sistémica. Pero esa prevención pierde sentido si quienes diseñaron el orden internacional dejan de creer en él.

