El retorno geopolítico del Caribe: de región periférica a espacio de competencia estratégica
Juan Temístocles Montás
Durante más de tres décadas, el Caribe funcionó como una región geopolíticamente estable y periférica para las grandes potencias. Pero, en los últimos años, esa condición ha cambiado de manera sustantiva producto del aumento de las tensiones entre Estados Unidos y China, la problemática de Venezuela, la creciente importancia de las rutas marítimas del Atlántico occidental y la presencia de nuevos actores extrarregionales. Estos elementos han redefinido la relevancia del Caribe dentro del sistema internacional.
Conviene recordar que el Caribe ocupa un lugar central en la geografía del comercio marítimo mundial. Su posición intermedia entre los dos mayores polos económicos del hemisferio —América del Norte y América del Sur—, y entre los océanos Atlántico y Pacífico, lo convierte en espacio decisivo para las rutas comerciales globales. Estimaciones de la UNCTAD (2024) establecen que cerca del 12% del comercio marítimo mundial transita por el Caribe, considerando tanto los flujos que cruzan el Canal de Panamá, como aquellos que se desvían por los corredores atlánticos del norte y del sur.
Más allá del Canal, el sistema logístico caribeño se articula en torno a una densa red de puertos, canales y estrechos naturales que operan como puntos de transbordo, redistribución o paso obligado. Estos nodos constituyen verdaderos “chokepoints” geoeconómicos, cuyo control o perturbación puede alterar significativamente el comercio global.
La región funciona como un puente marítimo entre el Atlántico y el Pacífico, y entre el Norte y el Sur, articulado en varios corredores estratégicos: 1) Eje Atlántico Norte, integrado por Florida–Bahamas–Puerto Rico; 2) Eje Central, que comprende Panamá–Jamaica–República Dominicana; y 3) Eje Sur, conformado por Colombia–Venezuela–Trinidad y Tobago.
Para comprender la magnitud del cambio actual, conviene recordar lo ocurrido a inicios de los años sesenta. En plena Guerra Fría, el Caribe era la frontera inmediata entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Tras la Revolución de 1959, Cuba se alineó con Moscú, convirtiéndose en un enclave soviético a apenas 150 kilómetros de Florida. La instalación de misiles balísticos soviéticos en la isla desató la Crisis de los Misiles de 1962, el episodio más peligroso de la confrontación bipolar que puso al mundo al borde de una guerra nuclear.
Aunque el contexto actual difiere en intensidad y naturaleza, la región vuelve a ubicarse dentro de una dinámica de rivalidad entre potencias. Después de tres décadas de marginalidad estratégica (1990–2020), el Caribe reaparece como escenario relevante debido a la creciente competencia entre Estados Unidos y China; el prolongado colapso político-institucional de Venezuela; la presencia y alianzas de Rusia e Irán en Caracas; y los intereses globales ligados a flujos marítimos, energía, telecomunicaciones y puertos estratégicos.
En este marco, el Caribe es militarizado, aunque sin un equivalente directo al despliegue nuclear de 1962. Según analistas, la actual presencia estadounidense constituye “la mayor militarización del Caribe desde la invasión de Granada en 1983” y, en volumen operativo, “la más significativa desde la Crisis del Caribe”.
El argumento oficial del gobierno estadounidense para justificar el amplio despliegue naval en aguas caribeñas es la lucha contra el narcotráfico. Pero, la evidencia técnica revela una contradicción fundamental: entre el 70% y el 90% de la cocaína que llega a Estados Unidos ingresa por la ruta del Pacífico Oriental, pasando por México y Centroamérica. Las incautaciones marítimas en el Caribe representan una proporción mucho menor del flujo total. Los propios informes del Comando Sur de Estados Unidos durante más de una década han señalado que la ruta caribeña es secundaria frente al “Eastern Pacific Transit Zone”.
Esto indica que el despliegue militar estadounidense no se explica únicamente por la lucha antidrogas y responde, más bien, a motivaciones estratégicas vinculadas a la competencia global, a la presión sobre el régimen de Nicolás Maduro y a la necesidad percibida por Washington de reafirmar su liderazgo en el hemisferio.
Queda claro que la región ha dejado de ser un “lago tranquilo” para convertirse nuevamente en un espacio donde convergen intereses militares, rivalidades geopolíticas, presiones diplomáticas y riesgos potenciales para los países del Caribe.
Para la República Dominicana, esta nueva realidad geopolítica exige una estrategia que evite quedar atrapado en la lógica de confrontación entre grandes potencias y que garantice que los intereses nacionales no se vean comprometidos en medio de este escenario regional en transformación.

