El truco de Trump para desarmar la democracia estadounidense
Por Lydia Polgreen
The New York Times
Columnista de Opinión
Unos 10 minutos después de la asombrosa conferencia de prensa en la que el presidente Donald Trump celebró la operación relámpago para secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, Trump se embarcó en una divagación sobre el éxito de las tropas estadounidenses que patrullan las calles de las ciudades estadounidenses.
“Solo tengo que felicitar a nuestros militares”, dijo, mencionando por nombre al secretario de Defensa, Pete Hegseth. “El trabajo que han hecho, ya sea en Washington DC, donde tenemos una ciudad totalmente segura cuando era una de las ciudades más inseguras del mundo, francamente, y ahora no tenemos delitos en Washington DC”.
Para un oyente ocasional, estas podrían parecer las divagaciones somnolientas del hombre de más edad que ha asumido la presidencia. Pero para mí, su énfasis en los despliegues internos del ejército estadounidense, especialmente en el contexto de una acción militar exterior, cristalizó el sello más escalofriante de la segunda presidencia de Trump: la fusión sin fisuras de la política interior y exterior, que pasa por alto el sistema constitucional de gobierno de Estados Unidos para asumir un poder prácticamente ilimitado y sin control.
En el último año, el gobierno de Trump ha afirmado repetidamente una interpretación excepcionalmente expansiva del poder del presidente para actuar en el ámbito nacional contra las amenazas extranjeras. Al revestir las acciones de Trump con el ropaje de la seguridad nacional, el gobierno las ha protegido de la supervisión del Congreso o del poder judicial.
¿Aranceles? No había necesidad de acudir al Congreso porque el presidente está respondiendo a una emergencia económica internacional. ¿Deportación de migrantes sin el debido proceso? Necesaria, bajo la autoridad del presidente, para detener una invasión extranjera. ¿Despliegue de soldados federales en suelo estadounidense? Necesario para proteger a la patria de personas que el presidente ha determinado que son intrusos sin ley. En teoría, el Congreso puede poner freno a estos abusos de poder, y muchos tribunales han fallado en contra de Trump. Pero en la práctica, él ha sobrepasado ampliamente estos controles sin ningún problema.
Ahora, con el asalto a Caracas, Trump ha conseguido el equivalente en el extranjero. La destitución de Maduro no fue el tipo de acto que requiere invocar poderes de guerra o notificar al Congreso, argumentó el gobierno; fue simplemente una operación interna de aplicación de la ley en el extranjero, ayudada por el ejército y directamente bajo el ámbito del poder ejecutivo. En la interpretación de Trump de la presidencia imperial, prácticamente cualquier actividad en el extranjero puede transformarse en un asunto interno. Y todas las actividades domésticas pueden vincularse de algún modo a la seguridad nacional amenazada por el extranjero. Es un pequeño truco para destruir el régimen constitucional y democrático.
Las aventuras en el extranjero siempre han regresado en contra del frente interno. Existe incluso un término para esto: “el búmeran imperial”. Describe cómo el ejercicio violento del poder sobre otras naciones acaba regresando a casa en forma de represión interna y erosión democrática. Ahora está ocurriendo a la inversa. El derrocamiento del cruel dictador de Venezuela no es solo un ejemplo del resurgimiento del imperialismo estadounidense o de la destrucción de los últimos restos del derecho internacional y del orden basado en normas. Es también una extraordinaria demostración de cómo Trump está derrumbando los binarios cruciales de la Constitución estadounidense: entre la aplicación de la ley y la acción militar, entre el poder ejecutivo y el legislativo y, sobre todo, entre el exterior y el interior.
Trump no tiene ideología más allá de su propio poder, del mismo modo que no tiene un sentido de Estados Unidos como objeto más allá de su propia persona. En sus manos, el búmeran imperial se ha transformado en una banda de Möbius, una superficie en la que el interior y el exterior no tienen distinción significativa y forman un bucle sin fin. En esta vertiginosa disolución de los límites, hay poco que pueda frenar su hambre de poder ilimitado. Con los recursos de la nación más rica del mundo y el ejército más poderoso a su disposición, Trump reclama una licencia sin fronteras para volverse contra sus supuestos enemigos. Eso debería aterrorizarnos a todos.
Desde sus primeros días como candidato presidencial en 2015, Trump ha declarado su oposición a los enredos del exterior. Reiteró esta postura en su campaña de 2024 prometiendo una política exterior de “Estados Unidos primero”. Estados Unidos ya no impondría la democracia ni arbitraría sangrientas luchas campales en rincones distantes del planeta. Los contribuyentes estadounidenses ya no pagarían la factura de defender a aliados que supuestamente se aprovechaban de ellos, como los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. El compromiso de Estados Unidos con los ideales del orden de posguerra que ayudó a crear y lideró durante décadas pasaría a un segundo plano en favor de un cálculo estrecho y obstinado de los intereses del país.
Trump también prometió ser un presidente de la paz y promocionó una imagen de duro negociador. Desde que asumió el cargo, se ha atribuido el mérito de poner fin a más de media decena de conflagraciones, entre ellas una escaramuza entre India y Pakistán, el prolongado conflicto congoleño y la centenaria disputa territorial entre Tailandia y Camboya. Su papel en todos estos conflictos es, cuando menos, cuestionable, y ninguno se ha resuelto definitivamente, desde luego no la guerra en Gaza, donde el alto el fuego persiste solo de nombre y no se han dado más pasos hacia una paz duradera. En lo que respecta a poner fin a la guerra de Rusia en Ucrania, Trump no ha conseguido nada, a pesar de sus halagos a Vladimir Putin.
A pesar de todas sus aspiraciones pacifistas, Trump ha recurrido a la fuerza. Su segundo mandato se ha caracterizado por amenazas agresivas y actos de violencia militar contra objetivos extranjeros, llevados a cabo sin informar al Congreso y mucho menos sin solicitar su aprobación previa. En menos de un año, su gobierno ha bombardeado siete países, más que en todo su primer mandato. Entre los objetivos no solo figuran enemigos acérrimos como Irán y Venezuela, sino también un país amigo, Nigeria, sobre el que el gobierno lanzó misiles Tomahawk –supuestamente para atacar a militantes del Estado Islámico– el día de Navidad.
Pero el ataque contra Venezuela es algo totalmente distinto en escala, alcance y descarada ilegalidad. En él participó una fuerza de extracción militar –más de 150 aviones que apoyaban a la Fuerza Delta y a los Rangers del ejército, actuando sobre la base de información obtenida por espías estadounidenses– que operó en clara violación del derecho internacional y mató a decenas de personas, entre ellas algunos civiles. Sin embargo, parece que la actuación de Trump en Venezuela carece esencialmente de sustento ideológico. Parece que se ha desvivido por marginar a María Corina Machado, la líder de la oposición cuyo partido parecía haber ganado las últimas elecciones presidenciales por mucho. En cambio, el gobierno parece perfectamente dispuesto a trabajar con lo que queda del régimen de Maduro a pesar de sus declaraciones socialistas.
Trump podría simplemente querer quedarse con el petróleo de Venezuela, por supuesto. El martes anunció que había extraído de Venezuela un tributo inmediato de millones de barriles de crudo. También habría exigido que el gobierno cortara todo lazo con China, Rusia, Irán y Cuba y se asociara exclusivamente con Estados Unidos en la producción de petróleo. Sin embargo, el mundo se encuentra en medio de un exceso de petróleo, y explotar las reservas de Venezuela requerirá decenas de miles de millones de dólares de inversión durante la próxima década o más. Además, Estados Unidos ya es el primer productor mundial de petróleo; los 30 a 50 millones de barriles que Trump ha exigido equivalen a solo unos pocos días de producción petrolera estadounidense. Incluso en el extremo superior, eso equivale a unos 3000 millones de dólares a precios actuales.
La política también es claramente una motivación. La operación de Venezuela ofrece un ejemplo clásico de intercambio de favores políticos, con un pequeño detalle para las élites dispares de la coalición de Trump. Para los neoconservadores exiliados desde hace tiempo, existe la emoción de derrocar a un enemigo socialista declarado. Para los fanáticos antiinmigración, está la esperanza de la rápida expulsión de los migrantes venezolanos. Para los magnates de las industrias petrolera y militar, existe la promesa de lucrativas oportunidades de negocio.
Pero no hay nada para los estadounidenses de a pie. Venezuela ya estaba arruinada y muy endeudada. Y a pesar del espectacular éxito de la operación militar y la aparente habilidad para cooptar al decapitado régimen venezolano, no es difícil vislumbrar un atolladero en el horizonte. El país, con sus paramilitares armados leales al chavismo y una élite de seguridad que se resiste al vasallaje, podría convertirse rápidamente en un sumidero de sangre y tesoro estadounidenses. Trump está claramente más interesado en atender a sus partidarios que a los ciudadanos a los que fue elegido para servir.
Todas las razones anteriores son necesarias, como dicen los filósofos, pero no suficientes. Trump se ha rodeado de funcionarios que, o bien son recipientes vacíos para su ambición –Pam Bondi, Hegseth, JD Vance–, o bien son ideólogos superpoderosos cuyas agendas se alinean con la sed de poder personal de Trump, como Marco Rubio y el fanático Stephen Miller. Sean cuales sean sus motivos, todos están alineados para entregar a Trump el premio final: un poder ilimitado e incontrolado que puede ejercer en cualquier lugar que elija, desde las calles de Chicago hasta el palacio presidencial de Caracas.
Los primeros informes sobre el desprecio de Trump hacia Machado se centraban en su ira por el hecho de que ella hubiera ganado el Premio Nobel de la Paz, que él consideraba era suyo, y que ella no lo hubiera rechazado como acto de lealtad. Informes posteriores han desvelado objeciones más sustanciales a la entrega del poder a una aliada ideológica de extrema derecha; Machado no parece haber tenido ningún plan real para gobernar Venezuela. Aun así, parece que el despecho personal desempeñó algún papel en la decisión de Trump sobre el momento del derrocamiento de Maduro: al parecer, le molestaron los bailes de Maduro en recientes apariciones públicas, que Trump consideró como una imitación de sus propios pasos de baile. Puede que eso fuera la gota que colmó el vaso.
Trump es un hombre vanidoso y mezquino, y es fácil atribuir motivos psicológicos a sus acciones. Pero es una locura suponer que las exigencias de su ego se verán satisfechas por victorias simbólicas. La repulsión y el deseo son dos caras de la misma moneda, y está claro que Trump codicia el tipo de poder irresponsable del que disfrutaba Maduro: enriquecer a su familia y a sus compinches, intimidar a los oponentes políticos, amordazar a la prensa, inundar las calles de su país con hombres armados que cumplen sus órdenes. Trump ha conseguido hacer algo de todo esto. No cabe duda de que pretende hacer más.
Pero Maduro consiguió lo único que, por ahora, se le ha escapado a Trump: anuló los resultados de unas elecciones y se mantuvo en el poder a pesar del rotundo rechazo de su pueblo. Mientras el Partido Republicano se enfrenta a un tsunami de oposición en las elecciones intermedias de este año, me estremezco al pensar cómo decidirá Trump ostentar su recién descubierto músculo en casa y en el extranjero, y cómo eso podría influir en la libertad e imparcialidad de esas contiendas. El hecho de que esta semana también se haya celebrado el aniversario del 6 de enero, el intento fallido de Trump de aferrarse al poder, me parece casi demasiado inoportuno.
El pasado domingo por la noche, me acerqué al tribunal federal de Manhattan donde Maduro comparecería al día siguiente para enfrentarse por primera vez a la justicia estadounidense. Quería hablar con los exiliados venezolanos que se habían reunido allí, envueltos en su bandera nacional, para celebrar su destitución. El ambiente era de júbilo, pero en todas las conversaciones había un dejo de incertidumbre. Trump había denigrado a su heroína, Machado, y se estaba acercando a la presidenta interina, Delcy Rodríguez, una aliada de línea dura de Maduro.
Conocí a un partidario de Machado llamado Franklin Gomez. Había sido periodista disidente y activista local del movimiento conservador de Machado, y obtuvo un escaño en el ayuntamiento de su localidad a los 22 años. Huyó tras ser detenido y torturado por el régimen, primero a Colombia, y luego emprendió un largo viaje por tierra a través del Tapón del Darién hasta la frontera estadounidense, que cruzó en 2022. Tiene pendiente un caso de asilo, pero espera regresar pronto a una Venezuela libre.
“Nunca vine aquí buscando sueños americanos”, me dijo.
Le pregunté si le preocupaban los planes de Trump de apoderarse del petróleo de Venezuela; se mostró sorprendentemente optimista. Ya se lo están llevando Rusia, China y Cuba, dijo, y las ganancias son robadas por un gobierno al que se refiere como una mafia. Las cosas no podían seguir como hasta ahora, y el cambio trae oportunidades. “Solo hace falta devolver la libertad a Venezuela”, dijo. En cuanto al petróleo, “de eso te ocupas más tarde”. Cuánta libertad disfrutará el país, dado que Trump ha declarado que la supervisión estadounidense podría prolongarse durante años, es una pregunta abierta.
Sin embargo, mientras hablaba, me vino a la cabeza un pensamiento ineludible. En los próximos años, ¿podría encontrarme en alguna ciudad extranjera, como periodista disidente en el exilio, celebrando la detención de un presidente de Estados Unidos sin control? Me hubiera burlado de tal sensacionalismo en el pasado. Pero al observar cómo Trump y sus aliados superan lo que antes parecía ser una salvaguarda inexpugnable de la democracia estadounidense, me sorprende el fracaso de mi propia imaginación. Puede suceder aquí. De hecho, ya está sucediendo.
The New York Times

