Estados Unidos, Venezuela y el poderío que nunca fue secreto

 Lo que para muchos era un chisme de sobremesa política acaba de coronarse como uno de esos momentos que los historiadores mañana escribirán con tipografía de neón: Estados Unidos decidió que  América Latina le pertenecía de facto, y se puso a reclamarla como si fuese un bien perdido en la mudanza. Así, con un estilo tan directo como sus tuits matutinos, la administración de Donald Trump ejecutó una operación militar en Venezuela que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, llevándolos a juicio en Nueva York bajo cargos federales.

Si usted pensaba que la influencia estadounidense en el continente era sutil, diplomática y suave como una brisa de verano, piénselo otra vez. Hace años que Washington gobierna desde las sombras —lo que los manuales llaman “política exterior pragmática”— pero esta vez fue frontal, en vivo y con transmisión mundial. Bombardeos, fuerzas especiales, y un presidente fuera de su país: la receta estadounidense para “democracia” se ha cocinado a fuego real.

El pretexto perfecto

Claro, no vamos a resumir esto como si fuese una novela de espías de los años 80. La narrativa oficial es que Maduro y su entorno son parte de una red de tráfico de drogas y terrorismo. Punto. Eso justificó que fuerzas estadounidenses entraran en Caracas, bombardearan posiciones clave y extraigan al líder venezolano para enfrentar cargos en un tribunal federal en Nueva York.

Pero si uno escarba un poco más —con cuidado, porque siempre hay tierra debajo de la alfombra— se encuentra con que Estados Unidos no solo quería justicia por narcotráfico: también fue explícito al decir que “administra” el país hasta una transición segura, y que quería acceso al petróleo venezolano y sus activos.

La autodeterminación, ¿qué era eso?

Aquí viene lo jugoso: mientras en discursos diplomáticos se habla de autodeterminación de los pueblos, en la práctica Washington parece leer esos conceptos como si fueran opcionales, tipo menú infantil. Por un lado, se condena la falta de legitimidad democrática en Venezuela. Por el otro, se invade, se captura sin orden del Consejo de Seguridad de la ONU, y se plantea gobernar un país soberano hasta que convenga.

Si esto no es una contradicción de manual, ¿qué lo es? La paradoja es que muchos gobiernos y opinadores en la Organización de Estados Americanos (OEA) expresan su deseo de que Venezuela retome el camino democrático, pero también critican la invasión directa de Estados Unidos. O sea: sí, queremos democracia, pero no así. Y eso, querido lector, es como pedir que la lluvia moje solo a los demás.

Delcy Rodríguez: ¿títere o gobernante?

Mientras tanto, en Caracas, la vicepresidenta Delcy Rodríguez fue proclamada por la Suprema Tribunal de Justicia como presidenta encargada tras la operación estadounidense. Según medios internacionales, habría comunicado a Washington que haría lo que se necesite para mantener estabilidad.

¿Esto es soberanía? ¿O es simplemente la versión local del famoso “haz lo que tengas que hacer para mantener el orden… y la economía funcionando”? Lo gracioso —si acaso esta tragedia tuviera algo de humor negro— es que se habla de independencia política mientras se negocia cada movimiento con la potencia que acaba de capturar a su mandatario.

¿Y la oposición?

Entre tanto, voces como la de María Corina Machado, líder opositora venezolana, claman por elecciones libres y rechazan la presidencia interina de Rodríguez. Machado aparece como una figura que podría representar la transición democrática que muchos piden —incluso se habla de encuentros inminentes con Trump en la Casa Blanca—, pero el mensaje sigue siendo nebuloso en medio de la intervención.

Si el objetivo es una auténtica democracia, resulta llamativo que la primera acción haya sido militar, no electoral.

Nicaragua y Honduras, en la misma línea

En Nicaragua, la reciente liberación de un grupo de presos políticos y el aparente inicio de un proceso de apertura obedecen, en gran medida, a las presiones ejercidas por la Casa Blanca y la comunidad internacional a través de sanciones económicas y diplomáticas. El régimen de Daniel Ortega, acostumbrado a la represión sistemática de la disidencia, ha tenido que ceder parcialmente ante un entorno de creciente aislamiento, debilitamiento interno y el objetivo de mitigar medidas punitivas estadounidenses que han afectado sectores clave de su economía.

 La influencia de Washington se percibe no solo en la exigencia de liberaciones, sino en la expectativa de que Nicaragua adopte reformas que garanticen mayores libertades políticas y respeto a los derechos humanos, aunque persisten dudas sobre la profundidad y sinceridad de estos cambios.

En Honduras, la advertencia directa de la Casa Blanca de no propiciar el desconocimiento de los resultados de las elecciones recientes expuso el peso de Estados Unidos en la política interna de este país centroamericano.

Las declaraciones de la administración estadounidense dejaron claro que cualquier intento de alterar el veredicto electoral, como lo solicitó la presidenta Xiomara Castro, sería mal visto y podría tener consecuencias negativas en la relación bilateral y en la cooperación económica y de seguridad.

 Esto subraya la capacidad de Washington para influir en la estabilidad democrática regional, posicionándose como un actor que, con su poder diplomático y económico, condiciona las decisiones de gobiernos aliados o cercanos, en un contexto donde el respeto a los procesos electorales se ha convertido en un eje estratégico de su política exterior hemisférica.

 ¿gendarme o salvador?

La región hoy es un collage de intereses: Estados Unidos presionando, gobiernos divididos, opositores con sus propias agendas y poblaciones con esperanzas mixtas. En el epicentro, Venezuela está gobernada por una figura instalada tras una operación extranjera, mientras su líder está en un penal estadounidense enfrentando cargos federales.

Si la intención era devolver la democracia al pueblo venezolano, alguien debería explicar por qué la receta fue un bombardeo, no una mesa de diálogo; y por qué el poder temporal quedó en manos de quien dijo “haré lo necesario”, no de quien ganó —o al menos fue proclamado ganador— en las urnas.

América Latina, por ahora, observa desconcertada. Una democracia, en apariencia derrotada por otro tipo de democracia (la de los misiles), mientras los conceptos de soberanía y autodeterminación siguen siendo más retórica que práctica. Y todo esto —oh sorpresa— con Estados Unidos, de nuevo, ejerciendo su tradicional rol de “gendarme” hemisférico, quizá más preocupado por el petróleo que por las urnas.

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