Europa tiene una bazuca. Es hora de usarla

Por Henry J. Farrell

The New York Times

Farrell es profesor de democracia y relaciones internacionales en la Universidad Johns Hopkins.

Desde que Donald Trump empezó a hablar de quitarle Groenlandia a Dinamarca, los dirigentes europeos han albergado la esperanza de que su patente, y corta, capacidad de atención los salve. La amenaza de Trump de imponer aranceles a ocho países europeos podría estar debilitando esas esperanzas.

Cuando los países europeos realizaron un pequeño ejercicio militar en Groenlandia, Trump anunció un castigo económico. Dijo que impondría aranceles nuevos, empezando con el 10 por ciento el 1 de febrero y subiendo al 25 por ciento el 1 de junio, hasta que Dinamarca accediera a venderle Groenlandia a Estados Unidos. Aunque a los europeos les preocupa que las exigencias de Trump representen la destrucción de la OTAN, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha dado a entender que no tienen muchas opciones. “Los líderes europeos entrarán en razón y comprenderán que necesitan estar bajo el paraguas de seguridad estadounidense”, dijo. “¿Qué ocurriría en Ucrania si Estados Unidos retirara su apoyo? Todo se vendría abajo”.

Las amenazas externas pueden aclarar las mentes. Lenta y dolorosamente, los europeos están empezando a comprender su verdadera situación. Estados Unidos afirma que necesita poseer Groenlandia por su seguridad nacional. Ahora se ha vuelto contra Europa, exigiéndole que ceda territorio y gente para satisfacer el capricho de un presidente.

La única manera de preservar la independencia europea es endurecer su respuesta. Para hacerlo bien, Europa necesita incorporar a su pensamiento económico algunas ideas que le resultan ajenas a un continente que prefiere el poder blando a las estrategias de seguridad dura: la disuasión, las amenazas creíbles y el dominio de la escalada.

La sumisión constante ha metido a Europa en un lío. Para salir, Europa necesita comprometerse a no retroceder.

Los compromisos creíbles y los “cables trampa” son los conceptos estratégicos de Thomas Schelling, el economista ganador del Nobel y pensador de seguridad nacional que falleció en 2016. Las ideas de Schelling dieron forma a la estrategia nuclear estadounidense en la Guerra Fría. Para él, las guerras por delegación y las amenazas de ataques con misiles eran el lenguaje brutal con el que la Unión Soviética y Estados Unidos negociaban entre sí, buscando cada uno ventajas políticas y al mismo tiempo evitando la aniquilación nuclear mutua.

Schelling y sus colegas creían que las grandes potencias podían disuadir los ataques con amenazas creíbles de represalias, aunque devolver el golpe resultara difícil o doloroso. La ambigüedad era enemiga de la eficacia: las amenazas debían ser específicas, explícitas y carecer de lagunas que permitieran a quien las lanzaba echarse atrás. Las amenazas más creíbles eran aquellas que quien las formulaba no tenía más remedio que cumplir.

La idea del “dominio de la escalada”, desarrollada por el futurólogo y estratega nuclear Herman Kahn, de la Corporación RAND, tiene un papel crucial a la hora de determinar quién se retracta y quién no. El dominio de la escalada sugiere que si una lucha se intensifica hasta convertirse en una situación de “ojo por ojo”, la potencia más dispuesta a soportar el dolor y seguir respondiendo terminará imponiéndose. Mientras las demás potencias entiendan esto, no buscarán pelea en primer lugar.

Estas ideas podrían haber motivado a los ocho países europeos que realizaron un pequeño ejercicio militar en Groenlandia la semana pasada. Desde luego, no pensaban que su breve expedición pudiera defender un territorio enorme de una incursión militar estadounidense. En lugar de eso, estaban creando lo que Schelling denominó un cable trampa.

Durante la Guerra Fría, Berlín Occidental estaba más de 160 kilómetros dentro de territorio enemigo, y era militarmente indefendible. Schelling sugirió que Estados Unidos estacionara soldados ahí, para que murieran si los soviéticos atacaban. A los dirigentes soviéticos les preocupaba que, si tropezaban con este cable trampa, podrían provocar una guerra nuclear. Prefirieron no arriesgarse.

Del mismo modo, si Estados Unidos invade un territorio que cuenta con el apoyo militar explícito de ocho aliados de la OTAN, tiene que preocuparle que esto precipite una crisis política de escala mucho mayor. La táctica parece haber funcionado: el gobierno de Trump pasó rápidamente de las amenazas militares a las económicas.

Sin embargo, la Unión Europea parece sentirse menos cómoda recurriendo a las estrategias de Schelling cuando se trata de la guerra económica. Los gobiernos europeos llevan casi una década titubeando a la hora de enfrentar a Trump. Sin embargo, disponen de un cable trampa económico, aunque imperfecto, si logran ponerse de acuerdo para usarlo: el llamado instrumento anticoerción, o bazuca comercial, como muchos le dicen.

El instrumento se introdujo en 2023, cuando los funcionarios europeos se alarmaron por la creciente amenaza del uso del comercio como arma. Se trata de una plataforma para la guerra económica que permite a los funcionarios de la Unión Europea desplegar cuotas comerciales, negar el acceso a mercados financieros, revocar la propiedad intelectual, prohibir las inversiones e imponer restricciones a la importación y exportación a los países que intenten coaccionar a Europa.

En principio, el instrumento anticoerción es muy poderoso, pero nunca ha sido usado en el campo de batalla económico. Solo puede aplicarse tras investigaciones y consultas, lo que ofrece a los gobiernos europeos la oportunidad de vetar su uso. En el pasado, los Estados miembros más grandes de la UE, como Alemania, han advertido contra su uso para evitar verse arrastrados a conflictos económicos que pudieran perjudicar sus intereses nacionales.

Por ahora, el instrumento anticoerción es menos una bazuca que un petardo mojado. He oído a funcionarios europeos afirmar que su mera existencia basta como elemento disuasorio contra los ataques. Pero la disuasión no funciona así. Si nadie cree que vas a utilizar un arma contra él, nadie la temerá.

El año pasado, un desilusionado funcionario de la Unión Europea comparó en privado el instrumento anticoerción con la Máquina del Juicio Final de Dr. Insólito de Stanley Kubrick. (Schelling fue asesor en esa película). El arma ficticia se activaba automáticamente con un ataque nuclear, pero se mantenía en secreto, lo que hacía inútil su capacidad disuasoria. Los funcionarios europeos, por otra parte, hablan sin cesar del instrumento anticoerción, pero este no logra disuadir porque parecen extraordinariamente reacios a utilizarlo.

Ahora hay un ataque en marcha. Trump está utilizando aranceles y otras amenazas para obligar a Europa a someterse. ¿Y ahora qué?

La Unión Europea está tomando precauciones. Está considerando imponer aranceles por valor de 93.000 millones de euros (unos 109.000 millones de dólares) a Estados Unidos, pero aún no ha decidido ni activado el instrumento anticoerción. Francia ha propuesto utilizarlo, pero la mayoría de los Estados de la UE quieren dialogar con Trump antes de ir más lejos, y el canciller de Alemania ha dicho que cualquier represalia tendría que ser una que “proteja los intereses de Alemania”, que incluyen mantener las exportaciones.

Este es justamente el tipo de situación para el que el instrumento fue diseñado. Europa, sin embargo, parece demasiado tímida para utilizarlo. Bessent se ha burlado de que el arma más contundente de Europa sea el “temido grupo de trabajo europeo”, sugiriendo que nunca llegará a utilizar el instrumento. Europa no parece tener prisa por demostrar que se equivoca.

Si Europa quiere conservar su independencia, tiene que comprometerse a actuar. El instrumento anticoerción, con todos sus defectos, es la mejor opción que tiene Europa. Debería iniciar el proceso para activarlo, y anunciar rápidamente las medidas concretas que impondría.

Dichas medidas podrían incluir revocaciones de la propiedad intelectual que podrían perjudicar a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses. El instrumento anticoerción también permite tomar represalias contra las personas y empresas que actúen en nombre de gobiernos coaccionadores. Los límites de estos instrumentos son difusos y no se han puesto a prueba, pero podrían convertir el amiguismo desenfrenado del gobierno de Trump en un arma contra sí mismo.

Los multimillonarios y las empresas que han enredado sus intereses con los del presidente de pronto podrían descubrir que son vulnerables. Los inversionistas y los entusiastas de las criptomonedas que mueren de ganas de hacerse con los minerales de Groenlandia y establecer su propio gobierno privado ahí podrían descubrir que sus fantasías tienen un precio muy alto.

El riesgo de utilizar el instrumento es que Trump se lance hacia un Armagedón, retirando inmediatamente todo el apoyo a Ucrania. Eso sería un desastre para Europa. También sería un desastre para Estados Unidos y para Trump, ya que los mercados muy probablemente se hundirían y la relación transatlántica se vendría abajo.

La clave para Europa sería mantenerse firme y escalar la situación de manera gradual, respondiendo a la agresión con dosis cuidadosamente calibradas y cada vez mayores, identificando objetivos que resulten incómodos de defender para Trump y dejando abierta una vía de salida para la desescalada.

Europa necesita desplegar su cable trampa si quiere disuadir los ataques de Trump y, posiblemente en el futuro, los de China. Si lo hace, probablemente tendrá la ventaja en las negociaciones. La mayoría de los estadounidenses no están de acuerdo con que Trump intente comprar Groenlandia, y muchos más se oponen a la idea de tomarla por la fuerza. Las fantasías se desinflan rápidamente cuando los costos reales se hacen evidentes, pero es imposible que Europa imponga costos sin asumir riesgos propios.

The New York Times

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