La amarga experiencia de los venezolanos

Hubo un tiempo —sí, aunque ahora parezca ciencia ficción— en que los venezolanos se hartaron de sus partidos tradicionales: adecos y copeyanos. Un bipartidismo imperfecto, sí, con desigualdades, inseguridad, y corrupción (como casi toda democracia en la región), pero con elecciones reales, libertad de expresión y alternancia de poder. Tenían problemas, como todos, pero también petróleo y democracia. No es poca cosa.

Durante la era dorada de los petrodólares, Venezuela se convirtió en el sueño caribeño: economía pujante, empleo, dólares por doquier y hasta una suerte de destino migratorio para miles de latinoamericanos y caribeños, incluyendo dominicanos. ¿Quién diría que años después serían ellos los que cruzarían fronteras, ríos y selvas, buscando el mismo sueño en reversa?

Pero claro, llegó la corrupción rampante, la desconexión con el pueblo, el hartazgo. Y en ese caldo apareció un hombre de boina roja y verbo encendido que, aunque acababa de fracasar en un golpe de Estado, fue recibido como un mesías con botas: Hugo Chávez.

El redentor con uniforme

Chávez prometió acabar con la corrupción, distribuir la riqueza, convertir a Venezuela en la potencia que merecía ser. Sonaba bien. Tan bien que fue elegido democráticamente en el año 1998. Pero como suele ocurrir con los redentores de izquierda o derecha: el discurso era progresista, pero el plan era perpetuarse.

Desde su llegada, Chávez aplicó un método poco novedoso pero siempre efectivo: estatizar, controlar, polarizar, callar. La economía empezó a tambalearse, pero no importaba, porque aún había petróleo y aplausos. Años después, cuando la realidad ya era difícil de maquillar, llegó el heredero menos iluminado de la historia: Nicolás Maduro.

Del populismo al populacho

Maduro, el hombre que bailaba salsa mientras su pueblo hacía fila para comprar papel higiénico, convirtió la agonía chavista en una tragedia abierta. El país con las mayores reservas de petróleo del mundo pasó a tener la inflación más alta del planeta, desabastecimiento crónico, y más de siete millones de ciudadanos huyendo por aire, mar o selva.

Pero no importaba: con el control del poder electoral, judicial y militar, Maduro se reeligió una y otra vez, como quien firma sus propias notas del colegio. Su última gran hazaña fue en julio de 2024, cuando se autoproclamó ganador de unas elecciones en las que, según actas reales, el candidato opositor Edmundo González Urrutia había obtenido el 70% de los votos. Pero el Consejo Nacional Electoral, propiedad exclusiva del chavismo, le concedió a Maduro el trofeo. Sin vergüenza, sin pruebas, sin pudor.

El asalto (literal) al poder

Fue entonces que entró en escena el nuevo sheriff del hemisferio: Donald Trump, presidente de Estados Unidos versión 2.0. Trump, con el olfato más puesto en el petróleo que en la democracia, identificó al narcoestado venezolano como blanco estratégico y ejecutó una operación que Hollywood envidiaría: el “espectacular asalto” al búnker donde Maduro y su esposa Celia se refugiaban.

Resultado: ambos arrestados y trasladados a una cárcel federal en EE. UU., y los venezolanos —especialmente los del exilio— estallaron en júbilo. “¡Cayó Maduro, vuelve la democracia!”, gritaban con la fe renovada… por unas 48 horas.

De la dictadura al protectorado

Porque el drama venezolano, como toda buena telenovela, no acaba con la caída del villano. El régimen chavista sigue ahí, solo sin Chávez ni Maduro. Ahora con Delcy Rodríguez como presidenta interina de facto, secundada por su hermano Jorge, Diosdado Cabello y otros nombres del club del poder.

¿La condición de Trump para no “ir más lejos”? Simple: “Dame acceso total a la industria petrolera”. O sea, de dictadura a protectorado. De «exprópiese» a «entréguese». La soberanía convertida en ficha de trueque geopolítico.

¿Y María Corina?

Para añadir sal a la herida democrática, Trump descarta a María Corina Machado, la líder opositora que galvanizó a la ciudadanía y cuyo partido ganó limpiamente las elecciones. Según él, “no tiene condiciones ni credibilidad para presidir” Venezuela. La democracia, al parecer, ahora se mide en parámetros desconocidos por el propio pueblo que vota.

La “transición democrática” que promete Trump no tiene fecha, ni hoja de ruta, solo la vaga promesa de que ocurrirá “cuando las condiciones lo permitan”. ¿Cuáles condiciones? ¿Quién las decide? Silencio.

Una lección (¿aprendida?) para América Latina

El caso venezolano es un espejo incómodo para toda la región. Porque lo cierto es que muchos pueblos, desesperados por cambiar lo malo, terminan apostando por lo peor, y cuando por fin creen haber salido de la pesadilla, descubren que han despertado en otra. Distinta, pero igual de inquietante.

Hoy, Venezuela no sabe a ciencia cierta qué futuro le espera: ¿un gobierno militar en la sombra? ¿Un protectorado petrolero? ¿Una nueva democracia tutelada?

Lo único claro es que, después de tantos años de dolor, exilio y fractura nacional, los venezolanos merecen algo más que una salida decorativa. Y que en América Latina deberíamos grabarnos esta historia como advertencia: no todo lo que brilla es revolución… ni toda intervención es salvación.

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