La arrabalización de los cementerios capitalinos
Guarionex Rosa
La arrabalización de los cementerios del Distrito Nacional producto del descuido y bandidaje que lo rodea, especialmente el Cristo Redentor, no es el único problema que confronta la alcaldía del municipio, sino también el problema de la recogida de la basura.
Mientras en el Cristo Redentor los llamados “piperos” rompen los panteones para llevarse cualquier cosa de valor y pernoctar en ellos a consumir drogas, en algunos casos porque son indigentes sin hogar, el otro gran problema es lo que antes llamaban limpieza y ornato.
Parece que a las obras de civilización hechas durante los gobiernos del doctor Balaguer, el Cristo Redentor en los 12 años y la avenida Cayetano Germosén, durante los 10 últimos años de su largo mandato de 22, le ha tocado la peor parte del desorden de la ciudad.
Balaguer y sus arquitectos concibieron el cementerio Cristo Redentor como una obra monumental en momentos en que la capital clamaba por un nuevo camposanto porque el Cementerio Nacional ubicado en la Máximo Gómez estaba lleno y el cabildo era inoperante.
Se escogió el extenso terreno que ocupa el Cristo Redentor y se le dotó para su ingreso, de una avenida surcada para la siembra de cipreses y pinos criollos, los primeros una representación de la inmortalidad según la creencia cristiana. Balaguer apartó su lote para ser sepultado allí.
El Cristo Redentor fue respetado hasta que llegaron los síndicos del Partido Revolucionario Dominicano, PRD, que permitieron que los “compañeritos” y comerciantes inescrupulosos que llegaron a arrebatar terrenos destruyeran sin piedad la foresta. A la depredación se unió la extendida administración del alcalde Roberto Salcedo, quien ganó una y otra y otra vez con apoyo del PLD, con cuyas candidaturas presidenciales se benefició del arrastre. A la llegada del alcalde Collado se puso fin a ese desgobierno municipal con la pavimentación de las vías y la supresión de un cobro de peaje por servicios que un coronel policial había dispuesto. De ese largo período nefasto no se recuerdan obras de gran dimensión que no sean el parque de la avenida Kennedy con Abraham Lincoln, que el pueblo en su inagotable capacidad de burlarse de la brutalidad de sus negreros, le llamó “zooberto”, en honor a los monstruosos animales y al creativo de ese entuerto.
La avenida Cayetano Germosén fue concebida para completar el complejo urbanístico del Parque Mirador y permitió la puesta en valor de las cuevas que se extienden en buena parte de esa vía que une la avenida Winston Churchill con la avenida Luperón. Hoy, la que fuera una bella avenida para cortar camino hacia los barrios del Mirador Sur y muchos otros sectores de esa parte de la ciudad, es un vertedero al cual los residentes acuden con un pañuelo en la boca para soportar el mal olor y espantar las moscas, mientras botan la basura. A una ciudad que no recoge la basura y que vive en el arrabal, malamente se le puede llamar capital.
Las autoridades del cementerio Cristo Redentor se quejan de que la falta de una verja perimetral que impida el acceso de maleantes al recinto ha sido el problema. La realidad es que esa verja debió construirse hace mucho tiempo, ya que con los arbitrios que recibe ese y otros cabildos por sus servicios, se pueden mantener los recintos en orden.
Quizás lo que hace falta es que, si con los ayuntamientos de la capital no pueden mantenerse limpios y bien atendidos, se cree una Dirección de Cementerios y se libere al ADN de esa responsabilidad de mantener los recintos en condición. El sector privado que ha venido a la competencia en los últimos tiempos, le está quitando el negocio al sector público.
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