La geopolítica sin escrúpulos

La ciudad de Miami acaba de ser escenario de la llamada Cumbre Escudo de las Américas, convocada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, con la participación de una docena de jefes de Estado latinoamericanos. Entre ellos, por supuesto, el dominicano Luis Abinader, quien compartió mesa y discursos con colegas que van desde el siempre estridente Javier Milei, de Argentina, hasta otros mandatarios de la región.
La agenda oficial —esa que se redacta con tinta diplomática y frases cuidadosamente calibradas— incluía temas que, naturalmente, interesan al gigante del norte: la lucha contra el narcotráfico, la seguridad regional, el comercio y, aunque no se mencionó con demasiada claridad en el programa, el pequeño detalle de contener el avance de China en el continente. Nada extraordinario. Nada que no se haya escuchado en cien cumbres anteriores.
Hasta ahí, todo en orden.
La sorpresa —o quizás la no sorpresa— llegó con el discurso del anfitrión.
Resulta que todos los presidentes presentes en esa reunión, desde Milei hasta Abinader, no han reconocido los resultados de las frustradas elecciones venezolanas en las que el Consejo Nacional Electoral proclamó a Nicolás Maduro como ganador, prolongando —según esa versión— su mandato por otros seis años.
Pero la historia tomó un giro cinematográfico cuando Maduro y su esposa fueron arrestados el 3 de diciembre en una operación relámpago del ejército estadounidense, y hoy guardan prisión en una cárcel de Nueva York. Aquello fue celebrado por buena parte del mundo democrático, y sobre todo por más de siete millones de venezolanos en el exilio, quienes pensaron que, por fin, Venezuela iniciaría su retorno a la democracia.
Ingenuos.
Porque el nuevo libreto parece ser otro.

En la cumbre del 7 de marzo, Trump decidió aprovechar el escenario para aclarar el panorama geopolítico sin rodeos: Estados Unidos apoya sin reservas al gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela y, de paso, anunció que al régimen cubano le quedan “sus últimos momentos de vida”.
Uno imagina las caras de los doce presidentes sentados en esa sala. Probablemente más de uno tuvo que guardar cuidadosamente en el bolsillo los discursos que traía preparados sobre democracia y elecciones libres en Venezuela.
Recuerdo que, tras el arresto de Maduro, República Dominicana reiteró su postura firme: no reconocer al régimen surgido de las cuestionadas elecciones del 28 de julio de 2024. Una declaración impecable en el papel.
Pero la realidad —esa obstinada maestra— empezó a moverse en otra dirección.
Reabrimos la embajada en Caracas.
Designamos embajador y cónsul.
Restablecimos el espacio aéreo con Venezuela.
Y no sería extraño que, en algún momento cercano, terminemos reconociendo oficialmente al gobierno de facto encabezado por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello.

Porque así funciona la política internacional: principios en el discurso, pragmatismo en los hechos.
Trump, fiel a su estilo directo —y a su escasa paciencia para los rodeos diplomáticos— no disimuló demasiado las razones de este nuevo entusiasmo con Caracas.
Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del planeta.
Y justo ahora Estados Unidos está en guerra con Irán.
Casualidades de la geopolítica.
Pero el petróleo no es el único tesoro. También están los minerales estratégicos, en especial el oro. Trump lo dijo sin complejos en su discurso: Venezuela tiene muchísimo oro y Washington ya levantó el bloqueo para su explotación y comercialización.
Por si quedaban dudas, el secretario del Interior estadounidense visitó esta semana Caracas —entre sonrisas y apretones de manos— con Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. Al concluir el encuentro anunció que Estados Unidos prepara la lista de empresas norteamericanas que invertirán en la minería venezolana.
Como puede verse, todo está servido con mantel largo y copas de cristal.
Quién lo diría.
Los mismos que durante años se proclamaron feroces antiimperialistas, los guardianes de la soberanía venezolana frente al “imperio”, ahora se han convertido en facilitadores entusiastas de los negocios de ese mismo imperio.
Un giro ideológico digno de estudio… o de comedia.

La oposición venezolana tendrá que esperar.
Los millones de venezolanos en el exilio también.
Tal vez algún día, desde la Casa Blanca, alguien le sugiera a Delcy Rodríguez bajar un poco el tono represivo y permitir el regreso de sus compatriotas.
Quién sabe.
Mientras tanto, los países que participaron en la cumbre del Escudo de las Américas probablemente terminarán, tarde o temprano, bailando en el mismo salón diplomático con Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello.
Porque la geopolítica de estos tiempos ya no se esconde detrás de cortinas diplomáticas.
Ahora se practica a plena luz del día, sin pudor y sin demasiados escrúpulos.
La nueva doctrina parece sencilla:
Primero mis intereses.
Segundo mis intereses.
Y tercero… también mis intereses.
Bienvenidos al nuevo orden mundial!!!!!

