La larga y oscura noche de Venezuela
Por César Pérez
Sobre la captura de Nicolás Maduro en la noche del pasado dos de enero por un grupo militar élite de los EEUU, mucha son las hipótesis sobre qué permitió que fuera una operación quirúrgica, en extremo puntual y precisa, sin una reacción del núcleo duro del régimen que se correspondiese con la gravedad de una acción de esa magnitud. En su suelo y contra su presidente. Se habla de traición y de que esta fue pactada. Sin embargo, todavía falta claridad para establecer conocimiento objetivo sobre el hecho. Pero, sí está claro que con esta operación horrenda y execrable el grupo Trump da un paso más en su estrategia política de desprecio a toda regla para imponer sus designios y que, a pesar del golpe, el régimen no ha colapsado.
La estrategia de los grupos tecnológicos, industriales y financieros que se expresan/guían en la política de Trump, desprecian los principales organismos multilaterales que se fundaron en los primeros años después de la segunda guerra. No les sirven en este escenario geoeconómico y de geopolítica que ha emergido con una China poderosa volcada hacia el mundo. No le sirven a este último país, como tampoco a la Rusia de Putin. En tanto grandes potencias prefieren negociar entre ellos de manera puntual en determinados conflictos. Eso significa que estamos, en un mundo sin regla alguna y las grandes potencias gozan de absoluta discrecionalidad para imponer las suyas. EEUU comete su barbarie en Venezuela y la reacción de organismos como la Unión Europea fue de unas declaraciones descafeinadas y tardías para “exigir” moderación. La ONU, cero incidencias.
La reacción de Rusia y de los chinos ha sido tibia. Pero no estarían al margen de las negociaciones en curso para la llamada transición política en Venezuela, antes o después de la captura de Maduro. Hay que negociar el destino de intereses que esos países tienen invertidos allí. La “normalización” o reacomodo del poder en un país invadido no solo pasa por un pacto con las fuerzas locales para que esta discurra en el sentido de las expectativas del país invasor, sino que, en este caso, pasa por la discutir los intereses todas las partes envueltas. Significa que deben ser considerados los intereses rusos y chinos. Cuba lo perderá todo, se queda sin petróleo. El grupo Trump no solamente quiere el petróleo, sino limitar la presencia de sus concurrentes. Es un tema de geopolítica y geoeconomía.
Nada está claro, todo está en proceso. Al grupo hegemónico en la cúpula del poder venezolano el invasor le ha impuesto una negociación directa porque es necesario en esta etapa para “normalizar” su control sobre país. Pero el referido grupo tiene que negociar entre ellos sus cuotas de poder y el mantenimiento de sus ingentes intereses derivados del saqueo de los bienes públicos, no solamente de PDVSA, perverso objeto del deseo de las grandes compañías norteamericanas, sino de las principales fuentes su enriquecimiento durante más de dos décadas. La cuestión es cómo limitar, reorientar o destruir las redes estructuradas por esos grupos para el negocio de los hidrocarburos. Eso no se modifica de un día para otro y sin el concurso de las partes involucradas.
Los poderes centralizados en una estructura partidaria y burocrática no colapsan de manera abrupta ni mucho menos completa. Las redes de intermediación que establecen los grupos al frente de esas estructuras con la población son extremadamente extensas y potentes, se convierten en parte de la cultura política con continuidad en espacio y tiempo con el nuevo régimen. Quizás ahí radica la razón de la opción de EEUU, al descartar la oposición como sustituto inmediato del madurismo. A la misma que apoyó por décadas para optar por una negociación con los sectores claves del poder establecido y, eventualmente, ir eliminando selectivamente a quienes no se avengan al nuevo orden.
La espesa oscuridad de la larga noche en que ha vivido Venezuela con el madurismo está lejos de despejarse. Es pura ilusión de la oposición y de los millones de venezolanos que han emigrado hacia otros países pensar que a breve plazo tendrán el poder o una cuota de este, tienen ante sí una trágica realidad, porque como lo recordaba Claudia Sheinbaun en su sin medias tintas condena a la violación de la soberanía venezolana: “La historia de América Latina es clara y contundente, la intervención nunca ha traído democracia”. Eso vale para otros continentes y para otras experiencias. Agregaría que la historia registra que algunos regímenes de fuerza e ilegítimos se reciclan a través de configuras que fueron claves en el anterior. Es el caso de la burocracia soviética, corrupta y represiva reciclada por Putin y sus socios oligarcas.
Finalmente, quien ordenó la intervención lo eligió más de 60 millones personas y goza de la simpatía de millones fuera de su país, jefes de estados, figuras políticas relevantes y de una internacional de derecha. En ese sentido, la tragedia de Venezuela no es un simple episodio, es una nuestra del mundo que se está construyendo. Ante ese despropósito, lo único política y moralmente válido es la exigencia de que la transición plantada sea fundamentalmente entre venezolanos y para establecer un sistema realmente democrático.

