La reforma de 1985 y la unificación cambiaria blindaron al país de las crisis externas
Hugo Guiliani Cury
En la historia económica de la República Dominicana hay decisiones que corrigen el rumbo, y otras que redefinen el sistema. La reforma monetaria y cambiaria de 1985 pertenece a esta última categoría.
En agosto de 1982 México se declaró insolvente y declaró al mundo que no podía pagar su deuda externa. En ese mismo mes asumió el poder el presidente Salvador Jorge Blanco en República Dominicana. La situación en México repercutió en toda América Latina, incluyendo a nuestro país.
Esto fue el inicio de la llamada “década perdida” en América Latina. Entre agosto 1982-83 las autoridades políticas y económicas debatieron sobre los diferentes escenarios y tomaron algunas medidas paliativas entre ellas las adoptadas en abril de 1984 que causaron la “poblada de abril 1984” donde la ciudad de Santo Domingo se convirtió en un campo de batalla con cientos de muertos y más de mil heridos. Estas afectaron mayormente los precios de los productos básicos que más incidían en la clase media y las de menor ingreso. El gobierno del presidente Jorge Blanco colapsó a lo interno y estuvo al borde de un golpe de estado. A nivel internacional fue aislado por los organismos internacionales y por su principal socio político y económico, los Estados Unidos. Es frente a esas decisiones que Jorge Blanco se ve precisado a realizar cambios en su gabinete económico y en su política económica.
Es dentro de esta situación que meses después entró a formar parte del gobierno primero como ministro de finanzas y en noviembre 1984 como Gobernador del Banco Central y jefe del Gabinete Económico. El país enfrentaba una enorme crisis no solo económica y política sino también de credibilidad a lo interno y externo. Las recaudaciones del fisco se habían caído. Apenas tenía para cubrir los gastos corrientes del gobierno.
Mientras que en el lado monetario y cambiario tenía graves problemas. En el lado externo los bancos y organismos internacionales paralizaron los desembolsos y nosotros también. Uno de ellos de carácter estructural era como sostener un tipo de cambio artificial, que estaba anclado a una paridad insostenible. Durante décadas nuestros gobiernos se habían negado a reconocer la realidad del mercado y asumir el costo político de un fuerte ajuste económico que devaluará el peso dominicano.
El 23 de enero de 1985 fue el día que elegí para adoptar las históricas resoluciones de la Junta Monetaria que transformaron el sistema monetario y cambiario del país. La más importante fue la unificación cambiaria y la adopción de un esquema de flotación administrada que marcaron un punto de inflexión. No se trató simplemente de una devaluación, sino de la creación de un nuevo mecanismo de absorción de choques externos. A partir de ese momento, el tipo de cambio dejó de ser un símbolo político y pasó a ser un instrumento económico.
Ese cambio fue determinante. En lugar de agotar reservas internacionales defendiendo una paridad ficticia, el país permitió que el tipo de cambio actuara como amortiguador. La depreciación inicial del peso y posterior apreciación absorbió parte del impacto de la crisis externa, facilitó el ajuste del sector real y evitó un colapso sistémico. Debido a la coherencia de las medidas que aún siendo muy fuertes evitaron afectar los ingresos de las clase media y baja.
La diferencia es fundamental: el ajuste no desapareció, pero acabó con el desorden monetario y cambiario que teníamos y que nadie se atrevía a enfrentar.
Ese mismo mecanismo ha sido puesto a prueba en múltiples ocasiones.
Durante la crisis bancaria de 2003,cuando el tipo de cambio absorbió gran parte del desequilibrio, evitando una ruptura del sistema externo. En la crisis financiera global de 2008, permitió ajustes graduales sin crisis cambiaria. Y en los recientes choques derivados de alzas en los precios del petróleo y tensiones geopolíticas, ha vuelto a operar como válvula de escape.
Sin esa reforma, el país habría enfrentado episodios recurrentes de crisis abruptas, pérdida de reservas y posibles defaults desordenados. Con ella, ha logrado algo más difícil: navegar crisis sin colapsar.
Sin embargo, este modelo no está exento de limitaciones. La transmisión de inflación importada, especialmente en economías dependientes del petróleo, y la insuficiente transformación productiva han limitado los beneficios de la competitividad cambiaria. El tipo de cambio ha funcionado como amortiguador, pero no como motor pleno de desarrollo.
La lección, por tanto, es que la reforma de 1985 creó resiliencia, pero no garantizó prosperidad. El equipo económico del 1985-86 conocía eso pero el tiempo era el limitante principal que tenían para poder iniciar el proceso de reformas estructurales. No obstante en 18 meses se logró estabilidad y la unificación cambiaria en 2.80 pesos por dólar. Igualmente un crecimiento económico de 3% y una de las mejores renegociaciones de la deuda externa en el hemisferio. Esos resultados económicos condujeron también a que el país pudiera realizar unas elecciones democráticas en mayo de 1986.
Su legado es incuestionable.
La economía dominicana no evitó las dificultades pero aprendió a sobrevivir las crisis externas. La realidad es que desde 1985, los choques externos ya no destruyen el sistema: se procesan dentro de él. Ese es el marco que hoy tenemos y que nos protege de una eventual crisis por la guerra en Oriente Medio, siempre y cuando el gobierno actual adopte medidas que sean las que demanda la presente situación.
Listín Diario

