Lógica geopolítica -en la Casa Blanca- del inquilino y sus visitantes
Por Fernando Ferran
“La paz no debe significar la rendición de Ucrania, dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, en la Casa Blanca hoy (24 de febrero de 2025), en el tercer aniversario de la invasión rusa.”
“Macron elogió a Trump durante una conferencia de prensa conjunta, pero también buscó alejar a Estados Unidos de una posición negociadora que se inclina a favor de Rusia.”
“Macron interrumpió a Trump para aclarar que Europa ha dado ayuda financiera real a Ucrania, después de que Trump dijera que el dinero era solo un préstamo y que ‘ellos recuperarán su dinero’.”
“Sí, pero: la posición de Estados Unidos no parece estar cambiando.”
“Estados Unidos votó hoy en contra de una resolución de la ONU que condena la invasión rusa de Ucrania, poniéndose del lado de Moscú y otros países no democráticos como Corea del Norte, Bielorrusia y Sudán.”
¿Qué relación tiene esa nota de prensa, justo en estos días, con lo advertido en el título de este escrito? Mi respuesta, ni más ni menos que la clave para entender, con alta probabilidad, el tipo de razonamiento prevaleciente en los inquilinos y visitantes a la Casa Blanca. Para explicarlo, me valgo de un ejemplo digno de Aristóteles, el Estagirita, o de su fiel émulo, Tomás, el de Aquino.
En el reino animal existe el ciempiés, es decir, un artrópodo de la clase Chilopoda, dentro del filo Arthropoda, que no es un insecto, sino un miriápodo, como los milpiés. Como seguramente hemos visto, se caracterizan por su cuerpo segmentado, con un par de patas por segmento, y su capacidad para moverse rápidamente. Son depredadores y tienen veneno en sus colmillos para inmovilizar a sus presas.
Solo para fines ilustrativos, supongamos que en el mundo hay una plaga o varias plagas de esos artrópodos. La pregunta de rigor es cómo, los espectadores, logran entender y concebir a dichos miriápodos.
Existen dos formas lógicas de abordar ese aprendizaje. Una, comenzar a considerar -de forma más o menos detallada cada segmento de su cuerpo; eso es, percatarse de sus anillos o legendarios cien pies, uno a uno. La otra, relativamente más simplista, no agotarse o perderse en ese conteo sinfín y cernir al ciempiés como lo que es, un ciempiés, aun cuando sea desconociendo o mintiendo al referirse a la particularidad de cada una de esas extremidades.
En el primer caso, de tan realista y cartesiano que uno pretende ser se pierde en el camino y olvida cernir la unidad del animal -que es más que todas las patas por reales que estas sean-. Y, en el caso inverso, de tan osado que se es prescinde de las patas que dan crédito al animal concebido como tal.
Medidas compensatorias
En definitiva, respectivamente, se trata de asumir las partes, antes que el todo, o de esgrimir el todo, en vez las partes. Lógicamente, ambos razonamientos hablan de lo mismo, y tienen su respectivo fundamento. No obstante, el primero zahiere el simplismo del otro pues, ridículamente, es incapaz de ver la corporeidad del animal; y este último, se asombra de la ingenuidad de aquel: ni siquiera sabe de qué habla en sus desvaríos enredado entre tantas patas.
He ahí, en su esencia, la lógica geopolítica que predomina hoy día. Para los más agudos, se abren tantos frentes como patas del miriápodo, y surge la duda de si llegarán a fraguar la figura del ciempiés, léase bien: de una nueva civilización igual o superior a la que está por quedar atrás. Para los más idealistas, predomina la figura del movimiento rápido y, por eso, subestiman al depredador venenoso.
En ese contexto, dejo constancia de lo que en lo sucesivo asumo antes de concluir: cada lector en particular sabrá, mejor que yo, explicar por qué la irreconciliable divergencia lógica de aquellas dos percepciones, la de Trump y la de Macron. Ambas están, respectivamente, acreditadas, una por lo que tiene que ser y la otra por lo que es y puede ser comprobado.
Debido a esa suposición, puedo finalizar advirtiendo algo obvio, aunque, desde el punto de vista hermenéutico, esencial.
Antes de emitir un juicio acerca de esos y otros tantos actores presidenciales alineados con una u otra lógica geopolítica, como diría Lope de Vega, en “el gran teatro del mundo”, conviene discernir lo siguiente. Primero, cuáles recitan el libreto de la “paz eterna” de Kant, subyacente -a modo de motor inmóvil de la utopía platónica o del ideal igualitario de raigambre asiática- del “conflicto de civilizaciones” de Huntington, en un lado del escenario. Y, segundo, del otro lado del mismo tablado, qué parlantes adoptan el parlamento -propio al “saber absoluto” hegeliano o al apocalipsis bíblico-, traspuesto en “el fin de la historia” de Fukuyama.
En cualquier hipótesis, lo incuestionable es que, a partir de ahora, en aquella casa pintada de blanco, acaban de clausurar un ciclo figurado bajo una lógica concebida bajo el imperativo del deber ser y, al mismo tiempo, inicia una era gloriosa en la que todo está por ser concebido y ejecutado.
Mientras Chronos da riendas sueltas al desfile de comparsas, características a esta época del año, en lo que el hacha va y viene, los habitantes de “la Ciudad de Dios”, descendientes históricos de Caín, como escribió san Agustín de Hipona, seguiremos, razonablemente descontentos o tan campantes como siempre, “en el mismo trayecto del sol”.
ACENTO