Los cubanos no han estado luchando por esto

Por María de los Ángeles Torres

Torres ha escrito ampliamente sobre la historia, la política y la cultura cubanas.

Donald Trump es el decimotercer presidente estadounidense consecutivo que busca algún tipo de victoria política en Cuba. Parece creer que ese objetivo está al alcance de la mano: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba”, dijo el lunes.

Cuba se encuentra al borde del colapso económico y está experimentando el mayor éxodo masivo de su historia y la más grave falta de confianza en el gobierno en décadas, lo que ha provocado muestras inusitadas de protesta y desobediencia. A medida que han ido disminuyendo las reservas de petróleo del país, proceso acelerado por el bloqueo petrolero de facto de Estados Unidos, Cuba se ha sumido en una oscuridad periódica, y la familia Castro, que tiene todavía mucho poder, se ha apresurado a sentarse a la mesa de negociaciones con el gobierno de Trump.

A pesar de la posición endeble de Cuba, la Casa Blanca ha descartado, al menos públicamente, un cambio político significativo como objetivo. De hecho, la estrategia del presidente Trump parece depender de que el régimen se mantenga de forma efectiva en el poder, al menos por ahora. Informes recientes indican que el gobierno de Trump pretende que se destituya al presidente Miguel Díaz-Canel, una figura impopular, como condición para avanzar en las negociaciones económicas.

Un acuerdo de este tipo no significaría una apertura política sustantiva. Por el contrario, probablemente permitiría a la familia Castro y a los militares cubanos consolidar su poder a cambio de acatarlo, replicando lo que ha ocurrido en Venezuela desde la captura estadounidense de Nicolás Maduro. También aplastaría las aspiraciones de los cubanos, tanto en el país como en el exilio, quienes han luchado por establecer derechos democráticos en su patria, la supuesta razón de la revolución de 1959.

Hace tiempo que la democracia ha resultado difícil de alcanzar para Cuba. La historia de los dos últimos siglos —a lo largo de los cuales el país ha soportado el colonialismo español, la ocupación estadounidense, una dictadura respaldada por Estados Unidos y un régimen apuntalado por la Unión Soviética— es, en muchos sentidos, la historia de la frecuente subordinación de Cuba a los intereses económicos y políticos de potencias extranjeras.

Ello no ha impedido que los cubanos dentro y fuera del país luchen por la democracia. La historia de mi familia traza esa batalla: mi bisabuelo luchó por liberar de España la tierra que lo vio nacer en la década de 1890; durante años, una plaza de la Santa Clara, una ciudad en el centro de Cuba, lució una pequeña placa metálica con su nombre, Aurelio Vigil. Su hijo, mi abuelo, trabajó para derrocar al dictador Gerardo Machado en la década de 1930. Mis padres, seducidos por las promesas que hizo Fidel Castro de democracia, elecciones y restauración de la Constitución progresista de 1940, apoyaron la lucha revolucionaria contra la dictadura militar de Fulgencio Batista escondiendo rebeldes y armas en nuestra casa.

Pero Castro no cumplió estas promesas. En lugar de ello, militarizó todos los aspectos de la sociedad cubana, y utilizó los pelotones de fusilamiento para eliminar a la disidencia. Muchos miles de personas, incluidos mis padres, se desilusionaron con la revolución y huyeron, a menudo por rutas tortuosas: en avión, en barco, a pie a través de la frontera entre Estados Unidos y México, con visados caducados o sin ellos. Se suponía que nuestro exilio era temporal. Después de todo, volveríamos una vez que el poderoso Estados Unidos hubiera derrocado a Castro. Pero, al igual que las elecciones que había prometido, ese día nunca llegó.

Desde entonces, los cubanos han luchado y huido de la represión a medida que la economía se hundía y el régimen reforzaba su poder. Los militares han ampliado su control sobre la economía, gestionando empresas de inversión extranjera, de turismo, de comercio minorista y de exportación de servicios profesionales como militares y médicos, entre otros.

El gobierno ha sido creativo en su búsqueda de otras fuentes de dinero. En la década de 1970, cuando la Unión Soviética se cansó de pagar la factura de Cuba, La Habana trató de suavizar las relaciones con el gobierno de Carter, y miró hacia las mismas personas que había tachado de enemigos de la revolución: “los gusanos”, o quienes habían huido a Estados Unidos.

Los subsiguientes diálogos con un grupo de exiliados cubanos, en los que participé, llevaron al gobierno a liberar a unos 3600 presos políticos y a permitir que estos, sus familias y otros miles de personas que estuvieron encarceladas por motivos políticos abandonaran el país. A los miembros de la diáspora cubana se les permitió por primera vez visitar a sus familiares en la isla. Esta clase de negociación, aunque solo parcial e imperfecta, ofrecía una visión de lo que podría ser una apertura real más adelante.

Eso no es lo que se ofrece hoy. No se pide a los funcionarios cubanos que hagan concesiones significativas. A cambio de una apertura económica que puede resultar muy lucrativa para las fuerzas armadas, el gobierno quizá tendría que someterse a una modesta remodelación política. Pero su voluntad declarada de permitir las inversiones de Estados Unidos y de miembros de la diáspora cubana y que haya liberado a varios presos políticos no deben confundirse con auténticos compromisos; son gestos superficiales y preventivos realizados por un gobierno que no tiene intención de renunciar al poder. Si las negociaciones continúan por la trayectoria actual, al final el régimen será el mismo que, en el verano de 2021, maltrató y detuvo a miles de manifestantes por pedir libertad de expresión. Este no es un gobierno al que deba confiarse el futuro de Cuba, y mucho menos al que deba otorgar poder el gobierno de Trump.

La Casa Blanca debería condicionar la inversión estadounidense a la realización de reformas políticas verificables, incluida la desvinculación de los militares de la gestión económica del país. Trump también debería negociar salvaguardias para los inversores estadounidenses basadas en prácticas empresariales transparentes, de modo que los dólares estadounidenses no fluyan directamente a los bolsillos de los militares. El régimen de Cuba no debe recibir un salvavidas económico si los presos políticos permanecen en las cárceles o la libertad de expresión sigue restringida.

El gobierno de Cuba es débil y está desesperado; el presidente Trump no necesita ceder el futuro político del país por el breve triunfo de que se alcanzó un acuerdo. La negociación con el gobierno cubano debe basarse no solo en el pragmatismo económico, sino también en políticas que conduzcan a la democratización y desmilitarización del país.

Aceptar menos que eso es dar a entender a los cubanoestadounidenses que su apoyo político no importa, y a los cubanos de la isla que sus aspiraciones de libertad pueden ser objeto de trueque. Si hay algo en lo que probablemente coincidan todos los cubanos del mundo, es que merecemos un acuerdo mejor que el que aparentemente estamos alcanzando.

The New York Times

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