¿Metro o Monorriel?

Por Miguel Liberato

El debate sobre cómo debe expandirse el sistema de transporte masivo en el Gran Santo Domingo, si continuar la apuesta por el metro subterráneo o avanzar hacia soluciones elevadas como el monorriel, no es nuevo.

En 1986, desde las páginas del desaparecido vespertino La Noticia, aborde el tema en una serie de artículos escritos en mi condición de especialista en puentes y túneles.

Casi cuatro décadas después, la ciudad y la tecnología han cambiado, pero las preguntas esenciales persisten con relación a qué solución ofrece mayor eficiencia urbana, sostenibilidad financiera y coherencia técnica?

El Gran Santo Domingo enfrenta una realidad innegable caracterizada por una densidad creciente en sus corredores principales, congestión crónica en ejes troncales, expansión periférica acelerada y una red vial que ya muestra señales claras de saturación.

En este contexto, la discusión sobre si apostar por metro tradicional o monorriel no puede reducirse a comparaciones superficiales de costos o tiempos de construcción, pues lo que está en juego es el modelo de ciudad.

La capital dominicana es una metrópoli en expansión con fuertes concentraciones de población y actividad económica en determinados corredores, que también enfrenta limitaciones severas de espacio vial en zonas consolidadas.

En transporte masivo, la solución debe responder a la demanda proyectada, no a la coyuntura política del momento.

El metro convencional permite trenes largos, frecuencias altas y una capacidad significativamente superior, ya que se diseña para absorber incrementos sostenidos de demanda y funcionar como columna vertebral de una red metropolitana.

El monorriel, en cambio, es eficiente para demandas medias, pero presenta limitaciones estructurales para escalar en contextos de crecimiento acelerado y apostar por una tecnología que pueda quedar corta en dos décadas implica asumir el riesgo de duplicar infraestructura en el futuro.

La historia de muchas capitales demuestra que el subdimensionamiento inicial termina siendo más costoso que la inversión adecuada desde el principio.

Una gran urbe no puede permitirse soluciones fragmentadas ya que normalmente requiere de interoperabilidad, estándares probados y flexibilidad para expansión.

El metro ofrece integración natural entre líneas, posibilidad de trazados subterráneos, elevados o mixtos y compatibilidad tecnológica ampliamente validada a nivel internacional.

El monorriel, por su configuración técnica, suele operar como sistema más aislado y las ampliaciones o integraciones pueden resultar más complejas y costosas.

Si el objetivo es consolidar una red metropolitana que articule Distrito Nacional, Santo Domingo Este, Norte y Oeste con visión de largo plazo, la coherencia tecnológica es esencial.

El metro subterráneo o mixto reduce interferencia visual, minimiza barreras urbanas y preserva la continuidad del paisaje, mientras que el monorriel elevado, aunque ocupa menos suelo directo, introduce una estructura dominante que puede generar fragmentación espacial.

Es cierto que el monorriel puede implicar una inversión inicial menor, pero la evaluación estratégica no puede limitarse al presupuesto de construcción.

El Gran Santo Domingo no necesita una discusión basada en percepciones, sino una planificación con visión metropolitana en la que una decisión que se tome hoy definirá si en el 2046 tendremos una red capaz de sostener el crecimiento o un sistema que deba ser replanteado bajo presión.

La movilidad, al final, no es solo transporte, sino una estructura urbana, competitividad económica y calidad de vida, que conforman una ecuación en la que el factor prudencia técnica debe prevalecer sobre la improvisación.

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