No es Trump. Es Estados Unidos

Por Lydia Polgreen

Columnista de Opinión

Como muchos otros estadounidenses, en estos tiempos sombríos he oscilado entre dos polos emocionales. En algunos momentos, me digo a mí misma que Donald Trump es una figura singularmente malévola que se ha apoderado de hilos del poder que ningún presidente anterior se había atrevido a tomar. El relato no detiene la violencia estatal en las calles ni las operaciones militares ilegales en el extranjero. Sin embargo, tiene su consuelo. Una vez que Trump desaparezca de escena —como exigen las leyes de la naturaleza, si no las de la política— podrá suceder algún tipo de restauración del proyecto democrático y constitucional estadounidense.

En los días más oscuros, me encuentro recurriendo a una historia más profunda: que Trump es el cumplimiento de lo que Estados Unidos siempre ha sido, una nación autosatisfecha, a la que sus mitos sobre la providencia y el excepcionalismo le dan licencia para hacer lo que quiera. Después de todo, Trump no surgió de la nada. Sus dos victorias se forjaron gracias a las decisiones tomadas por los estadounidenses y por los líderes que eligieron. Si no hubiera existido, la historia habría inventado a alguien como él. Esta explicación ofrece su propio alivio. Al menos es algo que una mente racional puede comprender.

Esta oscilación puede sentirse como un latigazo cervical. La derrota de Trump en 2020, las intervenciones de los tribunales para bloquear algunas de sus maniobras más descaradas y la perspectiva de un triunfo demócrata en las elecciones de mitad de mandato sostienen la teoría de la aberración. Pero otros acontecimientos —el triunfo de Trump en las urnas en 2024, la sumisión casi total del Partido Republicano a su voluntad y la concesión por parte de la Corte Suprema de una enorme inmunidad a Trump por actos potencialmente delictivos cometidos como presidente— sugieren lo contrario.

La guerra en Irán ha hecho añicos este binario. Es, sin duda, el producto de la imprudencia única de Trump, que se zambulle sin miramientos en un conflicto que sus predecesores habían hecho bien en evitar. Sin embargo, también es el final lógico de décadas de historia estadounidense: la adicción del país a la hechicería tecnológica para librar guerras a distancia, la creencia cegada de que podía dar forma a los acontecimientos en lugares lejanos por la fuerza, el constante debilitamiento de los límites constitucionales a la presidencia.

¿Trump es un fenómeno de la historia o su cumplimiento, es una aberración o una culminación? La respuesta, seguramente, es ambas cosas. Pero en el transcurso de su presidencia, Trump ha revelado un mal mucho más antiguo: la fe inquebrantable de Estados Unidos en su capacidad para moldear el mundo a su gusto, indiferente a lo que otros puedan querer y supremamente seguro de que su plan es el correcto. Más allá de Trump, es a esta mentalidad desfiguradora a la que debemos enfrentarnos los estadounidenses.

En diciembre de 1952, un erudito escocés llamado Denis Brogan publicó un ensayo notable titulado “La ilusión de la omnipotencia estadounidense”. Escrito cuando Estados Unidos emergía como la potencia preeminente del mundo, Brogan diagnosticó un rasgo peculiar de la mente estadounidense. Estados Unidos, alimentado por sus mitos e inquebrantablemente seguro de su visión del mundo, no podía ver la dificultad, y mucho menos la derrota, como una razón para cuestionar sus objetivos. El fracaso nunca se produjo por la fuerza o el poder de los rivales. Llegó, en cambio, a través de la torpeza y la traición.

“A muchos estadounidenses, me parece, les resulta inconcebible que una política estadounidense, anunciada y llevada a cabo por el gobierno estadounidense, actuando con el apoyo del pueblo estadounidense, no tenga éxito inmediato”, escribió Brogan. “Si no lo hace, esto, piensan, debe deberse a la estupidez o a la traición”. Observador admirativo pero astuto del país, Brogan captó algo esencial. Estados Unidos, en su propia imaginación, nunca podía fracasar; solo otros podían hacerle fracasar.

En su lucha contra el comunismo mundial durante la Guerra Fría, el país tuvo varias oportunidades de hacer gala de ese reflejo. Cuando los comunistas insurgentes de China triunfaron, escribió Brogan, se entendió ampliamente como resultado de la torpeza o la traición estadounidense. China, una civilización vasta y milenaria, era vista como algo que Estados Unidos debía ganar o perder. Ese fracaso contribuyó a dar lugar a la paranoia del macartismo. Corea, Vietnam y más desastres encubiertos fueron pólvora adicional para la recriminación, mucho después de que el senador se fuera. El fracaso solo podía venir de la traición interna, una idea que paradójicamente reforzaba la ilusión de omnipotencia.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, Estados Unidos tuvo la oportunidad de experimentar todo el peso de su poderío. Había derrotado al imperio del mal y se erigía en solitario como la nación más poderosa que el mundo había conocido jamás, con sus antiguos defectos plegados a una historia de éxito. La rápida y decisiva victoria de Estados Unidos en la guerra del Golfo ese año fue una muestra de la destreza militar de la superpotencia. Estados Unidos se convertiría en el policía del mundo, poniendo a sus soldados en la línea de fuego para proteger un orden basado en normas que dirigía.

Sin embargo, no tardó en resurgir el viejo patrón del fracaso seguido de la recriminación. Estados Unidos persuadió a una China en rápido crecimiento para que liberalizara aún más su economía, confiando en que se convertiría en algo más parecido a Estados Unidos: una sociedad abierta y libre. Cuando esta táctica produjo el choque chino, vaciando la industria manufacturera estadounidense a medida que China se hacía más rica, más poderosa y más autocrática, los estadounidenses lloraban la traición de sus líderes políticos. China y sus líderes apenas aparecían en la narración.

Entonces llegó el 11 de septiembre de 2001, haciendo añicos la ficción de la invulnerabilidad estadounidense a los ataques. Hubo muchos culpables. Sin embargo, George W. Bush transformó la grave herida en un poder extraordinario. Llevó a Estados Unidos a la guerra en Afganistán e Irak con un plan absurdo para convertirlos en democracias liberales. Su gestión argumentó que en Irak, un país sin ningún papel en el ataque a Estados Unidos, la crisis era tan urgente que se podía abandonar el papel constitucionalmente obligatorio del Congreso en la declaración de guerra. Después del 11 de septiembre, las propias restricciones al poder presidencial fueron identificadas como traidoras potenciales y eliminadas.

No funcionó, por supuesto. Las guerras se prolongaron y derivaron en la muerte de miles de militares estadounidenses y de cientos de miles de afganos e iraquíes. Afganistán está hoy gobernado por el mismo movimiento que dio cobijo a Osama bin Laden, los talibanes. Irak es una nación extremadamente frágil y dividida. La guerra desestabilizó gravemente Medio Oriente y dio lugar a nuevos y temibles grupos terroristas como el Estado Islámico y desencadenó una violenta guerra civil en Siria.

La elección en 2008 de Barack Obama, un crítico de las guerras posteriores al 11-S, parecía ser un momento de ajuste de cuentas con las ilusiones estadounidenses. Pero Obama pronto se vio empantanado en los conflictos y, para colmo, por una crisis financiera mundial. A pesar de sus amagos de humildad estadounidense en el mundo, abrazó muchos de los poderes desmesurados que heredó para librar guerras de alta tecnología en lugares distantes con poca supervisión. Estados Unidos siguió actuando sin límites.

Subiendo a la escena nacional tras estas catástrofes, Trump recurrió a un viejo cuento estadounidense. Las élites de Estados Unidos habían traicionado al pueblo estadounidense, declaró. Toda la vida de Trump fue un ensayo general para este momento: siempre imponiendo su voluntad, zafándose de los apuros, sin rendir cuentas nunca, nacido en tercera base y creyendo que había bateado un triple. Era la encarnación de la ilusión estadounidense de la omnipotencia.

Trump derrumbó la distancia entre su voluntad personal y la voluntad estadounidense, declarando al aceptar la nominación republicana en 2016 que “solo yo puedo arreglarlo”. Al igual que Estados Unidos, Trump no puede fracasar; solo se le puede hacer fracasar. Todo es siempre culpa de los demás. Dotado de las herramientas de la presidencia imperial, considera claramente que Estados Unidos es idéntico a su persona. Desecha toda pretensión de orden constitucional. Sabrá en sus entrañas cuándo se ganan las guerras, ha dicho, y los únicos límites son su propio sentido de la moralidad.

En el Golfo Pérsico, esa ilusión se ha encontrado cara a cara con la realidad material. La esperanza de Trump de un rápido colapso del régimen iraní siempre fue fantasiosa. La geografía se está vengando: el petróleo y el gas que alimentan gran parte de la economía mundial pasan por un estrecho que Irán controla de facto. Una invasión terrestre en su vasto y prohibitivo terreno podría superar con creces el atolladero de Vietnam. El régimen iraní, despiadado tanto con sus vecinos como con su propio pueblo, parece inquebrantable ante los implacables asaltos de Israel y Estados Unidos. Parece atrincherado para una larga guerra.

Sin embargo, Trump parece incapaz de concebir una fuerza inmune al poder omnipotente de Estados Unidos. Y no puede imaginar que una guerra lejana pueda perjudicar a Estados Unidos, bendecido con una tierra pródiga y recursos naturales, separado del mundo atribulado por dos océanos. Pero la escalada de los precios de la gasolina, el aumento de las tasas de interés y la perspectiva de un colapso del mercado bursátil han acabado con cualquier delirio de un espléndido aislamiento de la economía mundial. Si esta guerra se alarga, los estadounidenses sufrirán mucho.

Ya ha habido mucho sufrimiento: más de 58.000 nombres están grabados en el granito negro del monumento conmemorativo de la guerra de Vietnam en Washington. Todavía no existe un memorial nacional para las llamadas guerras eternas, pero más de 7000 estadounidenses murieron sirviendo en ellas. En esas guerras, había al menos un barniz de idealismo estadounidense, por delgado y autoengañoso que pudiera haber sido. Trump ha arrastrado a Estados Unidos a una guerra completamente desvinculada de cualquier pretensión de virtud. Es un ejercicio desnudo de poder sin ningún manto de providencia o superioridad moral. En su descaro, es casi reconfortante.

El teólogo Reinhold Niebuhr, al mismo tiempo que Brogan, publicó un breve libro titulado La ironía en la historia americana. Este libro, uno de los favoritos de Obama, es una llamada a la humildad cristiana en los asuntos mundiales, dirigida a los estadounidenses que malinterpretan su virtud. “El hombre es una criatura irónica porque olvida que no es simplemente un creador sino también una criatura”, escribe Niebuhr.

Esa frase me hizo darme cuenta de la locura de mi propia oscilación: ambas visiones —Trump como aberración o Trump como cumplimiento del relato— tenían a Estados Unidos como protagonista de su propia historia, con el mundo como escenario. Necesitaba un marco más amplio, un compromiso honesto con la historia y la voluntad de admitir que Estados Unidos es, como cualquier otra nación, solo un lugar en el mundo.

Estados Unidos no sabe cómo existir en un mundo que no controla. Desde su creación, Estados Unidos se ha asegurado a sí misma de que era simplemente demasiado grande, demasiado lejana y demasiado ricamente dotada para sufrir consecuencias graves por sus acciones. Pero no habrá forma de escapar al cataclismo de Irán. A su paso, se presenta la oportunidad de reconocer nuestro lugar en un mundo interconectado y vernos a nosotros mismos con claridad. La forma de salir del ciclo del fracaso y la traición es despojarnos de nuestras ilusiones, de una vez por todas.

The New York Times

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