Padma Lakshmi: Así podría crearse una nueva clase marginada en EE. UU.
Por Padma Lakshmi
Lakshmi es la creadora y presentadora de America’s Culinary Cup y Taste the Nation, y autora del libro de cocina y memorias Padma’s All American.
Durante los últimos años, mi trabajo me ha llevado por todo el país: a pueblos y ciudades, cocinas y centros comunitarios, donde generaciones de estadounidenses indígenas, negros y migrantes han compartido conmigo sus recetas familiares. Me han cedido afectuosamente un asiento en primera fila para conocer las maneras de preparar los alimentos que dan forma a la cocina y la cultura estadounidenses.
No me he encontrado con una historia única de Estados Unidos, sino con muchas, y todas ellas han evolucionado a medida que los recién llegados a nuestro país heredaban las prácticas de quienes vinieron antes, y traían otras nuevas para añadirlas al tesoro nacional.
En la base de muchos de estos platillos e historias de migrantes —incluida la de mi propia familia— había una tradición centenaria según la cual los niños nacidos aquí son estadounidenses. Esa garantía se llama ciudadanía por derecho de nacimiento y está consagrada en nuestra Constitución desde 1868.
La ciudadanía por derecho de nacimiento proporciona certeza, y esa certeza es lo que impulsa a la gente a invertir en sus comunidades, a innovar y, al final, a crear tradiciones que se convierten en inconfundiblemente estadounidenses.
El miércoles, la Corte Suprema examinó un caso que cuestiona la orden ejecutiva del presidente Donald Trump que pretende poner fin a la ciudadanía por derecho de nacimiento. Está en juego algo más que un caso legal: la ciudadanía por derecho de nacimiento toca el núcleo de la cultura y los valores estadounidenses.
El gobierno de Trump argumenta que no todos los niños nacidos en Estados Unidos deben ser ciudadanos. Según la orden ejecutiva del presidente, a los bebés nacidos en suelo estadounidense después del 19 de febrero de 2025 se les denegaría la ciudadanía al nacer si ninguno de sus progenitores es ciudadano estadounidense o tiene la condición de migrante permanente. El gobierno ha intentado justificar esta orden mediante la caracterización de la ciudadanía por derecho de nacimiento como una laguna jurídica, en lugar de lo que es: una salvaguarda constitucional que ha dado forma a Estados Unidos durante generaciones.
El principio es anterior a la Constitución. Nuestra historia colonial trajo la tradición de los británicos, quienes reconocían que nacer en el suelo de una nación conllevaba la ciudadanía. Más tarde, después de que la vergonzosa decisión sobre Dred Scott de 1857 negara la ciudadanía a estadounidenses negros, la nación luchó una Guerra Civil y corrigió esa injusticia para todos los futuros estadounidenses con la 14.ª Enmienda. Esta, diseñada para reflejar la identidad diversa de Estados Unidos, codificó la ciudadanía por derecho de nacimiento y situó la ciudadanía más allá de los caprichos de cualquier político.
La ley sobre la ciudadanía por derecho de nacimiento es clara, y la mayoría de los estadounidenses la apoyan. Pero Trump se niega a aceptar límites a sus restricciones étnicas y a sus intentos de doblegar la Constitución a su voluntad. Y no reconoce que la ciudadanía por derecho de nacimiento es cultura estadounidense.
La cocina de nuestro país lo demuestra. A menudo trabajo con chefs que mezclan sus recetas ancestrales con alimentos básicos locales para ofrecernos platillos que forjan una cultura para todos nosotros. En Estados Unidos, disfrutamos sabores de todo el mundo precisamente porque la ciudadanía por derecho de nacimiento ha sido la ley de este territorio durante generaciones. He visitado la comunidad nigerianoestadounidense de Houston, donde la especia suya me devolvió al masala de mi propia infancia. He probado la cocina de los refugiados camboyanos, así como la de sus hijos y nietos, en Lowell, Massachusetts. Y he sorbido deliciosos ceviches con cocineros peruanos en el Brooklyn más hípster. Dicho de otro modo: aunque a menudo decimos que algo es tan estadounidense como el pay de manzana, ni las manzanas ni los pays son originarios de este país.
Estados Unidos es interesante y fuerte gracias a los aportes de los migrantes y sus hijos, que se mezclan con los ingredientes de otras culturas y evolucionan con el tiempo, lo que crea a la vez una mezcla de las cocinas del mundo y nuestra propia cultura gastronómica única.
Pizzerías, cafeterías turcas, comida china, puestos de tacos: cada uno de nosotros ha sido parte de la belleza de lo que los migrantes aportan a nuestro país y de los alimentos que sus hijos convierten en los platillos clásicos estadounidenses que amamos.
La garantía de la ciudadanía es la promesa fundamental de Estados Unidos. Si naces aquí, perteneces aquí. Y si sientes que perteneces aquí, estás más motivado para contribuir a nuestra cultura compartida. Me cuesta ver cómo desarmar este rico mosaico beneficiaría de algún modo a los estadounidenses.
Si la Corte Suprema no bloquea esta orden ejecutiva, se crearía un lío de consecuencias jurídicas y logísticas. La confusión sustituiría a la certeza, y se abriría la puerta a la discriminación y a una variedad de normas que regirían el acceso a nuestra sociedad de las personas que no son ciudadanas. Cada año, cientos de miles de niños nacidos en Estados Unidos se verían arrojados a un limbo legal. Y el daño se acumularía. Poner fin a la ciudadanía por derecho de nacimiento crearía una clase marginada permanente de personas que nacieron en el país pero que están privadas de los derechos que proporciona la ciudadanía.
Nunca tuve que preguntarme si mi hija sería reconocida como estadounidense cuando naciera. Me trajeron a Estados Unidos cuando tenía 4 años. Fui a la escuela aquí, trabajé aquí, pagué impuestos aquí, me llevé la mano al corazón todos los días y juré lealtad a la bandera de nuestro país. A los veintitantos, decidí naturalizarme para poder votar y participar plenamente en nuestra democracia. En otras palabras, mi familia no necesitaba la ciudadanía por derecho de nacimiento. De cualquier modo, el nacimiento de mi hija en este suelo completó un camino generacional: construir una familia que contribuya plenamente a la promesa compartida de este país. También significó que sus raíces estaban firmemente plantadas y nunca se cuestionaron.
Cualquier tipo de camino hacia la ciudadanía es largo, costoso y confuso, pero es un camino que mucha gente está dispuesta a tomar para construir su vida aquí.
Me he sentado en mesas de comedores de abuelos, padres, tías y tíos que comparten sus comidas, tradiciones y rituales. Con ellos están las historias de sus viajes y su gratitud a este país por las vidas que sus hijos han forjado como ciudadanos por derecho de nacimiento, y sus muchas y poderosas contribuciones que sirven a nuestra cultura.
La fuerza de Estados Unidos procede de la diversidad a la que hemos dado la bienvenida. La Corte Suprema debe defender lo que garantiza la Constitución. Todos nosotros debemos defender los valores que subyacen a la ciudadanía por derecho de nacimiento: es la esencia de lo que realmente hace grandioso a Estados Unidos.
The New York Times

